Thursday, August 31, 2006

DIARIO DE NY (30-08-2006)

Cansado de ver la realidad desde lejos, de leer sobre personas que no puedo escuchar.

Me voy a New Orleans. Seguiré informando.

Tuesday, August 29, 2006

DIARIO DE NY (28/08/2006)

Que Internet ha cambiado enormemente nuestras vidas es algo tan tópico como cierto. Hace pocos días, el Times dedicaba un par de artículos a una de las páginas más famosas y visitadas del planeta. Se trata de Youtube, un website en el que los que tienen mucho tiempo libre (me cuento entre ellos) cuelgan y ven videos de lo más curiosos, unos vídeos que llegan a los cien millones de unidades por día.

Más allá de la anécdota, es paradigmático ver como algunas de las piezas incluidas en la página han llegado a tener una fama inusitada. Hace pocos días, algún usuario de la página colgó en ella un video del senador republicano George Allen (que aspira a la reelección en noviembre por el estado de VIrginia) en el que, en medio de un meeting, llamaba “macaca” (una especie de mono asiático que es, a su vez, un insulto racista) a un joven representante de su opositor, de origen indio.

El hecho más remarcable –a parte del racismo inexcusable en un senador, por cierto, con explícitas aspiraciones presidenciales- es un hábito que muchos estrategas de campañas electorales han establecido como normal; filmar a sus oponentes esperando un gazapo o un desliz que los ponga en evidencia. El gazapo, colgado en Youtube, deviene prácticamente universal, y –en casos como los de Allen- fatalmente definitivo, a la espera –claro está- de los votantes de Virginia (como dijo el gran John Stewart, ser racista en Virginia también puede ser una ventaja)

Hace pocos días, otro video de Youtube tuvo la misma suerte, ahora por motivos más agradables. Uno de los primeros “nuevos famosos” de la lista Youtube es un chaval llamado Jeong-Hyun Lim, que hace ocho meses colgó un impresionante arreglo para guitarra eléctrica del famoso Canon en Re Mayor de Johann Pachelbel. Un vídeo que ha sido visto por millones de personas y que ha suscitado diversas disquisiciones sobre si alguien tan joven podía tocar con tal maestría la guitarra, al mismo tiempo que muchos han querido aprovecharse de su autoría primeramente anónima.

Internet, por otro lado, también explota situaciones surreales. Otra vez en el Times, hace una semana, un artículo explicaba algo muy curioso que ha sucedido en las páginas de Amazon, el conocido website en el que muchos compramos libros o música de manera compulsiva. No sé por qué ni cómo, llegó a poder comprarse en la página un típico galón de leche Tuscan, un producto (estaremos de acuerdo) sin mucha gracia poética y que –por otro lado- bastante más sencillo de comprar en el supermercado de al lado de casa.

Pues la poesía empezó cuando, en la habitual sección de reviews (comentarios) que acompaña cualquier producto de la página, los comentarios sobre la leche afloraron sin parar. Disquisiciones sobre su gusto, reflexiones sobre su composición química, idas de olla sobre su posible uso erótico...

La cosa puede parecer estúpida, pero no lo es tanto si nos acordamos del sueño de algunos de los artistas más carismáticos del Pop Art; convertir objetos absolutamente banales en auténticas obras de arte o –al menos- objetos susceptibles de análisis estético. Los conservadores dirían que, manque pese, la leche es la leche. Pero conseguir cientos de comentarios de un objeto casual, estarán también de acuerdo, puede llegar a ser la leche…

Monday, August 28, 2006

DIARIO DE NY (27/08/2006)

“Alrededor de la tumba, en un camino del cementerio donde algunos de sus antiguos colegas publicistas de Nueva York, que recordaban su energía y originalidad y le decían a su hija, Nancy, el placer que habían tenido al trabajar con él.”

Así empieza la novela número veintisiete de Philip Roth, el narrador decano y actualmente más interesante de los Estados unidos. Everyman es un cuento sobre la muerte y sus sensaciones en boca de un protagonista innombrado. El origen del título se encuentra en “The Summoning of Everyman” una pieza anónima, inglesa y moralizante del siglo XV. En ésta encontramos al personaje de la muerte llamando a Everyman (un hombre que ha llevado una existencia marcada por el placer y que no está preparado para asumir su final) a convertirse a la fe y la religión salvadora.

Contrariamente, el personaje de Roth vive absolutamente pendiente de la muerte, que cobra presencia en diversas e insistentes enfermedades. La obra empieza en un funeral, el del protagonista, pero prosigue en una operación temprana de hernia (en la que nuestro niño ve morir a su compañero de habitación), una apendicitis a los treinta y cuatro, una operación cardiaca a los cincuenta, y una serie de secuelas coronarias insalvables que acaban fatalmente.

En esta ocasión, el personaje de Roth no es un héroe, ni un ciudadano que es portavoz de la conciencia colectiva del país. Su protagonista es un hombre demasiado ordinario, un buen publicista (dejó su atracción por el arte y la pintura para satisfacer a sus padres, más prácticos que él, y así ayudarles en su negocio de joyería), un ser que, bien es cierto, tuvo deslices amorosos que rompieron su vida familiar. Nada nuevo, piensa el protagonista (él no pegaba ni a su mujer ni a sus hijos), que tinta lo aburrido de su vida maldiciéndoles y pimplándose a una modelo jovencita.

Lo importante, en este cuento sobre la muerte, es precisamente un tema al que Roth vuelve constantemente en sus narraciones. El cuerpo, la importancia de lo corporal –de la salud- ante los cambios vitales. Everyman –por culpa de su cuerpo y sus debilidades- llega a odia a la única persona a la que admira, su hermano Howie, un ejecutivo impecablemente perfecto con una salud envidiable. Sus problemas de salud le atan a mujeres extraordinarias en su paciencia; Phoebe, a la que deja inexplicablemente y sin razón para casarse con la joven modelo, y Nancy, su hija, a la que considera un ángel.

Y está también la perdición sexual, que lleva a Everyman a follarse a una secretaria de diecinueve años en su despacho (ante la mirada reprobadora de su jefe) y a pensar obsesivamente en el orificio anal de su modelo. Durante un fin de semana en París con ésta última, su madre muere repentinamente y su mujer, Phoebe, se entera de sus pequeñas aventuras. Unas relaciones que le hacen perder a sus mujeres más valiosas y que desencadenan su tercer matrimonio, con la modelo danesa, una farsa absolutamente consciente que acaba, claro está, en soledad.

La pregunta, después de todo el viaje, sigue en pie y es muy simple; ¿por qué debemos morir? ¿Es la conciencia de nuestra enfermedad y caducidad una mejor preparación para la muerte? Es difícil, ciertamente, contestar a unas preguntas tan negras. Everyman es una buena aproximación para, al menos, enmarcarlas bien; una aproximación breve (182 escuetas páginas) en las que Roth utiliza un estilo seco, directo y conciso.

Cuando Everyman presencia el funeral de sus padre, llega a estremecerse al ver como entierran al cuerpo de su progenitor, notando casi en carnes el polvo que entra en la tumba de éste desde las palas de sus nietos, que lo socavan. Al final de la novela –en sus mejores instantes- el protagonista vuelve al cementerio, en donde habla con uno de los trabajadores que entierran los sarcófagos. Everyman (en una conversación claramente alusiva a la de Yorick con Hamlet) le pregunta si fue él quien enterró a sus padres. La respuesta afirmativa se salda con una propina de cien dólares por los servicios prestados. Si nunca muere, ese empleado también le va a enterrar a él.

La circularidad del libro nos devuelve al primer funeral; hemos vivido una vida normal que se salda con las palabras fantasmagóricas de la madre desde la tumba (“Bien. Has vivido”). Unas palabras con las que Roth, después de The Plot Against America, sigue rindiendo homenaje al americano común, ahora desde la sencillez de una vida monótona, la de un buen hijo de clase media que auspicia el negocio familiar para mayor tranquilidad paterna.

Roth nos explica cada vez mejor los Estados Unidos y ensalza sus valores originales y más simples. Y a servidor, pese a su pedantería y oscurantez, le sigue encantando leerle.

Sunday, August 27, 2006

DIARIO DE NY (26/08/2006)

Harlem; mi barrio y mi casa. Hoy sábado –ya casi a medianoche- las calles están llenas de vecinos disfrutando del clima benigno que las lluvias han traído a la ciudad. Durante el fin de semana, las familias harlemianas llenan los recovecos del barrio con sus barbacoas y camionetas, de las que abren las puertas para que la música de las radios no me deje dormir en toda la noche; las calles están llenas de niños de piel aceitosa bailando rap (es increíble como danzan estos pillos, con solamente cuatro o cinco años), mientras sus abuelas juegan a cartas y los jóvenes se pelean para impresionar a las chicas más esplendorosas del universo.

Harlem es uno de los barrios más antiguos de Nueva York, y una de las zonas que más culturas diferentes ha sobrevivido a lo largo de la historia. Sus límites teóricos son difíciles de esclarecer; la calle 155 al norte, la 110 al sur, y los dos ríos limitándola a este y oeste. Pero, como dijo hace tiempo el escritor afroamericano Ralph Ellison, “Harlem es cualquier zona del norte en donde se puedan ver negros.” A Harlem, claro está, llegaron primero los holandeses (en 1658) que la llamaron “New Harlem” (Nieuw Haarlem) en honor a la homónima ciudad de su país. Los primeros negros que llegaron a sus tierras, como es evidente, fueron sus esclavos.

Curiosamente, en el sigo XIX Harlem era un lugar tranquilo, lleno de casitas ajardinadas, en el que vivían solamente un centenar de familias. De los holandeses pasó a ingleses y –finalmente, en una época de mayor decadencia- a los obreros irlandeses, hasta que la ciudad de Nueva York la adquirió en 1873. Antes de llegar ese momento (cuando el ferrocarril empezaba a verse en la ciudad), y aunque cueste creerlo, Harlem fue considerada una zona de absoluto lujo; en el barrio, por poner algún ejemplo, estaban los “Polo Grounds” un solar en el que se jugaba al polo y que –tiempo después- llegaría a ser utilizado por los New York Giants para edificar su estadio. Por otro lado, Oscar Hammerstein, un empresario teatral enamorado de la ópera, construyó en Harlem uno de sus teatros líricos; la “Harlem Opera House”, al este de la calle 125.

Pero el metro tardó demasiado en llegar, y el precio de la vivienda fue a la baja. Por aquél entonces, Harlem fue el hogar de los emigrantes judíos de la Europa del Este al final de la Primera Guerra Mundial. Este descenso en el precio, que vaticinaba la llegada de los obreros negros, hizo que muchos landlords de Harlem intentaran luchar contra la llegada masiva de judíos. En muchas de las mansiones harlemianas se podía leer un letrero que rezaba “no queremos perros ni judíos.” Pero la jugada no les funcionó, y los negros –a inicios del XX, y ayudados por almas benignas como el empresario inmobiliario negro Philip Payton Jr.- tintaron todas las calles de su color.

Otro hecho remarcable es que los alquileres, en Harlem, podían llegar a ser igual de baratos que en otras parte de la ciudad. Sin embargo, los agentes inmobiliarios negaban permisos de residencia a las familias negras en otros barrios, viniesen de donde viniesen. Este rechazo tuvo como consecuencia que Harlem deviniese un Geto con todas las de la ley. Por otro lado, los agentes de la propiedad estratificaron sus parcelas convirtiéndolas en SRO (“single room occupancies”), viviendas con una sola habitación que no tenían las mínimas condiciones de higiene y que –muchas veces- eran ocupadas por inmigrantes. Esta situación, que conllevó que Harlem fuera el centro del comercio de drogas en Nueva York, con su consiguiente actividad criminal, no se acabó hasta los noventa, una transformación que ha culminado en algo tan inusual de suceder hace pocos años como que un expresidente del país –en este caso Bill Clinton- tenga su oficina en el número 55 West de la calle 125. De hecho, las protestas en Harlem, hoy en día, se centran en el encarecimiento del barrio. Un encarecimiento –hay que ser justos- que ha sucedido en toda la ciudad, pero que la pobreza anterior de Harlem ha hecho más radical.

Por otro lado, durante los años veinte, Harlem fue el centro de una actividad cultural sin límites (el desplegar del jazz y el rock tuvieron lugar en este barrio); en 1936, Orson Wells produjo aquí una famosa representación de “Macbeth” shakesperiano con actores negros. De esa época datan también la apertura del teatro Apollo, el Lennox Lounge o el New Heritage Repertory Theater… Un desplegar, sin embargo, que se negaba a las clases oprimidas que lo promovieron. Un esplendor, paradójicamente, que contrastaba con las triquiñuelas que algunos de sus habitantes utilizaban para sobrevivir; las más famosas fueron las “rent parties”, unas fiestas que los propietarios de una vivienda organizaban sirviendo licor o alcohol de contrabando que vendían a sus vecinos par así pagar el alquiler.

Pero por lo que Harlem es más conocido –al menos, por los turistas- es por sus incontables iglesias. En el barrio encontramos a los baptistas, metodistas, episcopales o católicos romanos. Las diferencias teológicas entre estas facciones de la iglesia (la creencia en la predestinación del alma, la supresión de algunos rituales canónicos, etc.) es algo que me da la impresión que no afecta mucho a la fe de los conciudadanos. Cada uno, si se me permite la frivolidad, se va a la iglesia que tiene más cerca de casa… y en la que puede bailar y cantar mejor. Como en las películas, vaya…

Como pensarán, Harlem tiene mil espacios que son de mi predilección. A mí, por ejemplo, me encanta pasear desde mi casa –al oeste, en la avenida Adam Calyton Powell Jr.- hasta la parte Este del Barrio, una microciudad poblada por hispanos (predominan los portorriqueños, los “borinqueños”). En esta sección de la ciudad existen restaurantes extraordinarios. Mi favorito, sin lugar a dudas, es el “Cuchifritos Frituras”, un pequeño bar (en la 116 con Lexington) que sirve carne frita a un precio muy módico. Por seis dólares, a uno le sirven medio pollo, plátano frito, lengua y algún zumo de fruta bien fresco (el de coco no está nada mal). Más arriba, en la 158 East de la 119, está el “Sabor Borinqueño”, un magnífico restaurante que sirve unas parrilladas a prueba de profesionales. A la altura de la tercera avenida, otra vez en la 116, hay algunos restaurantes mejicanos muy asequibles (“La Hacienda” tiene un estupendo filete azteca por no más de doce dólares). Para digerir la cena, lo mejor es volver por la calle Lexington hacia la 118. En ese espacio existe un jardín precioso (uno de los solares abandonados que el ayuntamiento compró para los vecinos en lo que se llama el programa “Green Thumb”) en donde día a día los borinqueños se reúnen, beben y bailan… y se dejan ver.

Otra zona magnífica para pasear sigue siendo la calle 116, pero en la zona oeste, entre las avenidas Adam Clayton y Frederick Douglas Boulevard. Esta es una zona habitada por negros que provienen de centroáfrica; la mayoría son senegaleses. En esa calle está uno de mis restaurantes harlemienses favoritos, el Sankho, en el que sirven un plato de cordero (lo llaman Debbe) con arroz y salsa no-preguntes por diez dólares (la única pega es que no sirven alcohol; los senegaleses son islámicos) que es excepcional.

Lo mejor de Harlem, sin embargo, son sus vecinos, esos majaderos anónimos que a servidor le alegran la vida. Cuando llego de viaje a Nueva York me encanta ver, por ejemplo, a Rick –un chiflado que vive en mi escalera que se me presenta cada vez que me ve- y a Manolo (nombre inventado, claro está), el camello del barrio, que siempre vende tabaco (y algo más) justo en frente de mi casa. También Rotenmeyer (ídem), una abuela de mi escalera que nunca me saluda y que, cuando paso por la puerta de entrada de casa –donde ella mata el tiempo todo el día-, musita unas palabras en inglés que (salvo mis numerosos títulos oficiales de ese idioma) no he podido nunca entender, aunque sé que comprenden la palabra “fuck.” Esos son mis compañeros, y esta es –fíjense ustedes- mi casa…


Saturday, August 26, 2006

HABEMUS PILDORAM

El jueves fue uno de aquellos raros días en que la siempre caprichosa actualidad nos deparó una buena noticia.

La “Food and Drug Administration” -el órgano público que regula el consumo de medicinas y alimentación en los Estados Unidos- ha aprobado el permiso de venta de la “píldora del día después”; la medicación se podrá dar, sin receta, a todas las mujeres mayores de dieciocho años (aquellas mujeres que no lleguen a esa edad todavía necesitarán de prescripción médica). La venta, legal a partir de finales de diciembre, solamente podrá realizarse en farmacias y hospitales (el medicamento podrá ser comprado también por los cónyuges); la empresa Woddcliff Park la comercializará en un precio orientativo que oscilará entre los veinte y los cuarenta dólares.

Esta decisión no ha sido fácil; ha tomado más de tres años de intensas negociaciones, unas disputas que –claro está- han tocado el insalvable tema del aborto. Sus detractores argumentan que la píldora representa un “Plan B”, una legalización encubierta de la práctica del aborto. Sus partidarios, por otro lado, la definen como la mejor solución y prevención de lo que se ha tendido últimamente a denominar la “unintended pregnancy” (el embarazo no-intencionado). Curiosamente, el presidente Bush ha respaldado la decisión de los miembros de la F.D.A., una acción que ya ha provocado numerosos enfados en las bases más conservadoras de su partido.

Por otro lado, senadores republicanos como Tom Coburn (Oklahoma) han desestimado la aprobación alegando el peligro de exponer a mujeres jóvenes a una dosis tan alta de hormonas. Por otro lado, es muy interesante el hecho que –más allá de todas las opciones morales, que yo respeto por igual- el argumento de que el “Plan B” favorece el aborto no se aguante ni un segundo. Porque la cantidad de abortos (debidos a la práctica sexual sin protección) es tan enorme en Estados Unidos que la existencia de la píldora, dicen los expertos, no variará ese porcentaje significativamente.

Lo cual nos lleva, evidentemente, al problema de raíz; la ignorancia con la que muchos jóvenes norteamericanos se acercan a la práctica sexual, con un desconocimiento todavía alarmante de las medidas anticonceptivas. No soy de los que piensan que la religión, ni en América ni en el mundo, fomente tal ignorancia; la religión tiene unos preceptos sexuales (la castidad y la fidelidad al cónyuge) que se pueden o no compartir, pero que –en cualquier caso- no fomentan la práctica irresponsable del sexo; más bien fomentan una práctica demasiado escueta del mismo...

Contrariamente, el deber de que la protección sexual devenga materia de estudio depende de los gobiernos; y éstos, sean laicos o de inspiración religiosa, se deben a la optimización de la salud de sus ciudadanos. Hoy, mediante la resolución de la F.D.A, existen nuevos medios para que esa información y optimización llegue a muchos jóvenes y pueda desarrollarse más y mejor. Pero las medicinas no arreglan nada sin un conocimiento previo; y en este caso el conocimiento todavía está muy cojo.

En cualquier caso, una buena noticia se debe disfrutar (a la espera de que, en pocos minutos, nos llegue otra de mala).

Friday, August 25, 2006

DIARIO DE NY (25/08/2006)

La palabra que más se repite últimamente en la prensa norteamericana (y, por tanto, en la mundial) es, sin duda alguna, “seguridad”.

Tras las detenciones en Londres (una múltiple acción policial que nos libró de un “mass murder in an unimaginable scale”, en palabras del director de Scotland Yard) la seguridad –o la falta de ésta- vuelve a ser la preocupación primordial del occidente próspero. Sin embargo, lo que muestran los hechos londinenses, de manera descarada, es como el terrorismo contemporáneo ha adoptado una nueva forma de acción, y un nuevo modo de operar, que no nos pueden pasar desapercibidos si queremos entenderlo y combatirlo.

En primer lugar, se acabó ya la imagen prototípica (auspiciada por los gobiernos de occidente, muy interesados en dibujar una imagen “idiotizada” de sus enemigos) de los terroristas como una pandilla de locos aficionados a matar. Sin dejar de condenar acciones como la de Londres, debemos pensar que el terrorismo de hoy en día asume el progreso de la ciencia y sus implicaciones tecnológicas con una naturalidad pasmosa; líquidos explosivos, bombas de tamaño minúsculo, gases químicos, –entre otros avances técnicos de primer orden- muestran que el terrorismo ha asumido plenamente el desplegarse tecnológico de nuestras “sociedades avanzadas” con el objetivo de luchar contra ellas. Se pretende aniquilar el sistema, en otras palabras, con sus propios “regalitos”.

Por otro lado, se acabó también la imagen del terrorista como el portavoz de una clase oprimida, pobre, etc. Como han informado algunos rotativos británicos, muchos de los sospechosos y de los terroristas detenidos en el golpe londinense proceden de un estrato social medio o alto, e incluso algunos han estudiado en universidades británicas. Entre éstos, muchos han abrazado el islamismo como una alternativa filosófica al capitalismo; muerta la ideología comunista (dicen algunos) el islamismo es la única forma globalizada a partir de la cuál los postulados de occidente (la economía liberal, a grandes trazos) puede ser combatida con eficacia. Nuevamente, el enemigo está en nuestras propias aulas.

Curiosamente, parece ser que los gobiernos se resisten a aceptar estos cambios con una tozudez supina. Hablando con muchos neoyorquinos expertos en terrorismo, uno no puede dejar de notar como siempre hay en su discurso una caracterización banal de los grupos terroristas que pretenden atacar a “nuestra cultura”. Me he encontrado más de una vez con periodistas norteamericanos que sostienen que la trama del 11-S no fue un ataque perfectamente planeado por un grupo “solvente”, sino el fruto de un juego de niños, de un conjunto de “amiguetes” que –en definitiva- nunca supieron las consecuencias de sus actos. Sin comentarios.

Pero la cosa, diría servidor, va por otro camino. Y es quizás el desconocimiento de ese nuevo quehacer de los terroristas lo que hace de la seguridad –o de la sensación de inseguridad- algo tan especial y difícil de definir en nuestros tiempos. Porque los americanos se han empezado a dar cuenta de que el enemigo que les pretende matar es mucho más borroso de lo que se temían. Y, ya se sabe, cuando el enemigo es identificable, uno puede dormir tranquilo, porque sabe que –o le matan- o él los matará a ellos. Pero cuando el enemigo es invisible, y está en casa, las paredes tiemblan de otro modo.

Ya no estamos en la época tan benigna en la que los generales dirimían las batallas desde la retaguardia, distribuyendo los soldaditos de plomo a voluntad. Es muy difícil, en definitiva, no saber de qué se tiene miedo ni dónde están las trincheras…

Thursday, August 24, 2006

WORLD TRADE CENTER; APOLITICA?

Si hay algo en lo que crítica y público han coincidido, a raíz de la estrena del “World Trade Center” de Oliver Stone, es en su caracterización de “película apolítica”. Stone, siempre según ese prisma, se olvidaría –curiosamente, ante lo que nos muestra su anterior filmografía- de las teorías conspirativas, de la autoría problemática del crimen y de sus causas generales, para adentrarse en la vida –simple y llana- de dos de los policías de la Port Authority Terminal durante el transcurso del día de los atentados.

La tentación de dejarse llevar por las apariencias neutras es fuerte. Al inicio del film, Stone nos salpica con imágenes preciosas de un Manhattan adormecido (una especie de preludio que ya intuimos épico; véase la muerte misteriosa de un viandante en la acera) y con el devenir cotidiano de dos policías que –a altas horas de la madrugada- se disponen a seguir el que parece ser un rutinario día de trabajo.

Algunos detalles de importancia; los dos agentes de la ley viven en las afueras de NY; son, por tanto, producto de los núcleos suburbanos de Norteamérica, aquellos núcleos que –finalmente- salvan a las grandes ciudades. Por otro lado, esta es –no nos engañemos- una historia sobre el poder de la familia (la microunión) como base inalienable de la comunidad política (macrounión).

La cosa podría pintar horrorosa, siendo éstos temas de “lágrima fácil” y de cariz conservador. Pero la evolución de la película no cae plenamente en ello. En primer lugar, “World Trade Center” es una historia de antihéroes, de policías de oficio que no salvan a nadie (al contrario, les salvan a ellos) y que ignoran por completo el infierno en el que se meten cuando abandonan su estación de servicio.

De hecho, la mayor parte de la película sucede en la ultratumba, en medio de los edificios destronados que asfixian las vidas de John McLoughin (Nicholas Cage) y Hill Jimeno (Michael Peña), unos policías a los que su situación (no pueden dormirse; eso aumenta sus probabilidades de morir) les obliga a comunicarse, explicándose así sus vidas.

Y ese es el primer acto de lectura política de la película. Dos hombres que trabajan juntos (uno de ellos, Cage, estuvo ya en el primer atentado de 1993) pero que viven en dos universos alejados. Uno de ellos –y en Hollywood nada es casualidad- es hispano, es un inmigrante de la clase trabajadora norteamericana emergente, una clase que será (si la historia no lo impide) pronto legalizada. Cage, sin embargo, es el norteamericano medio ejemplar, con sus cuatro hijos, a los que –en su tiempo libre- enseña carpintería, etc. Dos clases, en definitiva (la Norteamérica Original y la Nueva) destinadas a entenderse para sobrevivir.

Por otro lado, existe otra connotación importante en la figura de Dave Karnes (Michael Shannon) un consultor que vive en Conneticut. Dave es un exmarine que, el día de los ataques, escucha la llamada divina que le obliga a viajar hasta la ciudad, de noche, cuando los equipos de rescate descansan exhaustos. No hace falta tener mucha intuición para saber que el marine, que tiene -también con intención- pinta de loco y soñador, acabará rescatando a los dos presos “sepultados” en los escombros.

Evidentemente, Stone trata con ironía al exmarine Karnes (como todo soldado loco y mesiánico, el tío parece un paria), pero es ésta una ironía que no exime el cariño que –por ejemplo- el cineasta mostraba por los veteranos de Vietnam. Unos veteranos que –como él mismo- llegaban a su país (recuérdese “Nacido en el Cuatro de Julio”) para buscar sentido a sus vidas.

“Alguien tiene que arreglar este lío”, afirma Karnes al abandonar los escombros y rescatar a los dos policías. Stone, sin embargo, no nos cuenta precisamente qué lío debemos arreglar, como sí hacía en “JFK” o en “Nixon”. Evidentemente, la dicotomía ante este temor es clara. Quizás le mueve la cobardía o –yo me decanto por una segunda intuición- un pensamiento, el norteamericano, que todavía no sabe de cierto cuáles son “sus líos”.

Igualmente, las tesis de Stone parecen ser claras. Aunque el desastre haya sido supino, la solución de Norteamérica se funda en los valores (familia, integración social) que, aparentemente, fundaron la república. Puede ser; pero de momento, la gran república –como en la película- no se atreve a plasmar el choque de los aviones temerarios contra las torres. Por de pronto, de película apolítica nada de nada.

Wednesday, August 23, 2006

HILLARY FOR PRESIDENT?

Hillary Clinton es una de esas maquinas políticas que no deja indiferente a nadie. La senadora demócrata del estado de Nueva York, reciente portada en el semanario Time, prepara incansablemente su más que posible reelección en los comicios de Noviembre. Por otro lado, nadie puede ocultar que Hillary (cuyo equipo, de casi cincuenta personas, ya ha reunido más de treinta y tres millones de dólares en funds) tiene a las presidenciales del 2008 en mente.

Los “síntomas presidenciales” son evidentes; Hillary, antes conocida por su progresismo exacerbado en asuntos tan delicados como la sanidad o el derecho al aborto, ha virado inteligentemente hacia posiciones más centristas en asuntos como la política energética o militar.

Según un estudio de la misma revista, un cincuenta y tres por ciento de los ciudadanos guarda una buena opinión de ella (el nivel más alto en un hipotético candidato demócrata). Sin embargo, las opiniones desfavorables suben a un peligroso cuarenta y cuatro por ciento. En una hipotética contienda con John McCain (el candidato favorito en las líneas republicanas), Hillary sería también la candidata más bien situada, con solamente dos puntos de desventaja respecto al veterano e inteligente político de Arizona. En definitiva, una polaridad que la presenta como una buena líder con sólidas convicciones morales para el electorado demócrata y como una oportunista que cambia sus valores a voluntad a ojos republicanos.

Igualmente, Hillary está jugando sus cartas con inteligencia. Sin virar excesivamente a posiciones anti-bélicas, se ha distanciado de visiones como la de Joe Lieberman, recientemente derrotado en las primarias demócratas de Conneticut, unas elecciones expresamente marcadas por el conflicto en Irak. Por otro lado –en lo que toca al aborto- Hillary se ha alejado últimamente del problema de la legalización para recalcar la desgracia que representa esta práctica para cualquier mujer. Si comparamos su gestión en el senado, siendo menos liberal (en terminología yankee) que Kerry, lo ha sido más que algunos colegas ilustres demócratas como Joe Biden o Evan Bayh. Ejemplos, en definitiva, que marcan una voluntad conciliadora en un país últimamente marcado por el extremismo ideológico.

Pero Hillary, como es imaginable, no llega sola a la aventura. Le acompaña la sombra de un tal Bill Clinton, uno de los presidentes más polémicos de la historia del país; idolatrado en Europa, Clinton representa todo lo que la filosofía bushiana ha pretendido aniquilar. Evidentemente, George W. Bush (recuérdese un pasado de hígado más bien hinchado) no es nadie que pueda ir dando lecciones de buenas maneras. Pero –nos guste o no- la importancia de los valores morales (dicho en plata, religiosos) es hoy en día, en Norteamérica, mucho más determinante que hace seis años. Y Bill Clinton todavía es, en ese sentido, el mujeriego que llevó sus majaderías demasiado lejos.

Por otro lado, la sombra de Bill puede ser mucho más perniciosa; Bill Clinton es uno de esos políticos que puede hacer vibrar un auditorio con un par de frases (no es de extrañar que John Kerry apareciese pocas veces junto a él en su campaña electoral del 2004); es uno de esos divos a los que no se le puede pedir contención, del que no se puede esperar que se sitúe en un segundo plano. En ese sentido, un setenta por ciento de los americanos guardan todavía una buena impresión de su presidencia, un porcentaje que dobla la actual popularidad del presidente Bush. Hillary todavía no tiene ese carisma.

Igualmente, existe un fenómeno que el reportaje de la revista Time, sorprendentemente, no menciona. Evidentemente, y perdón por la perogrullada, Hillary es una mujer, la primera mujer que podría devenir presidenta de la mayor potencia del mundo. ¿Es eso un problema? Pues, seamos realistas, lo es. Y no solamente en lo que atañe al machismo de los hombres, cosa ya habitual. Muchas mujeres a las que pregunto habitualmente por Hillary alaban su gestión e inteligencia aunque –paradójicamente- no ven con buenos ojos que una mujer esté sentada en el despacho oval. Una vez más, y por desgracia, el machismo también es constante en las mujeres.

Sea como fuere, una hipotética contienda entre Hillary Clinton y John McCain me parecería de un calado político incontestable. Dos candidatos preparados, sólidos, moderados y con un nivel de gestión importante darían quizás a este país una credibilidad que –seamos honestos- se merece. Igualmente, y perdónenme la frivolidad, a servidor, el ver de consorte presidencial a un hombre que jugaba a los puritos habanos con sus becarias, le encantaría ¿Se imaginan?

Tuesday, August 22, 2006

Queridos lectores.

Inicio este Blog hoy día 22 de Agosto de 2006. La página consistirá, principalmente, en un Diario que escribiré desde la ciudad de Nueva York, donde actualmente resido y respiro. Por otro lado, salpicaré la pantalla con algunas notas de la actualidad más importante de los EE.UU. (según mi subjetiva opinión, claro está, que de eso se trata). Finalmente, colgaré también algunas referencias a actos culturales, eventos, "openings", conciertos, óperas, o exposiciones importantes a los que tenga la oportunidad de asistir.

Supongo que os habrá sorprendido que un Blog dedicado a Nueva York ("La ciudad que nunca duerme", dice el tópico) se titule precisamente "La Ciudad Dormida", pero -lo creáis o no- Nueva York es una ciudad que descansa día a día; es un enorme animal que –de vez en cuando- llega a perder la conciencia. Si no durmiese, Nueva York no se podría soportar a sí misma; perdería su dulce locura y se convertiría en una insoportable ejemplificación de la esquizofrenia. Que descanse, evidentemente, no quita que –en sus momentos de actividad- tenga un tempo difícilmente igualable.

Nosotros, los que vivimos en la ciudad, también dormimos. Si no, y lamento repetirme, no podríamos soportarnos a nosotros mismos. Algunos, cuando estamos despiertos, escribimos; es un defecto como cualquier otro...

Espero que nuestra relación sea intensa, que me llevéis la contraria a más no poder, y que tengáis paciencia. Las réplicas, claro está, son más que bienvenidas. Ahora, a trabajar.

Hasta la vista