Thursday, September 07, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (05-09-2006)

DIA VI (4-09-2006)

Hora de hacer maletas y preparar los últimos cortes para el reportaje que me ha llevado hasta esta ciudad. Cuando uno está en lugares como New Orleans, se da cuenta de la imposibilidad de responder dialécticamente a ciertas complejidades humanas. Decía Aristóteles con razón, al inicio de la Física, que cualquier discurso –mientras sea racional- tiene una parte estimable en el reino de la verdad. Durante estos días he hablado con mucha gente. Unas personas que, bajo los mismos hechos, destilaban opiniones muy distintas. Todos tienen razón. Su razón no hay buenos ni malos.

Como en todo conflicto, como en toda sociedad, los problemas complejos solamente se pueden explicar con la misma complejidad en las explicaciones. Yo he intentado dar voz a todo el mundo, a sabiendas de que esta noche me sentiré frustrado porque –cosas de la radio- no todo el mundo puede hablar en el reino de los medios. Ya saben, si hablase todo el mundo, al final los medios serían infinitos y no acabaríamos nunca.

Cuando dejo esta ciudad tan horrible, tan desalmada, estéticamente insalvable y humanamente compleja, me asalta ese “Trauma Capote” que tenemos los que nos dedicamos al periodismo, y sabemos que –de un reportaje- bien podría hacerse un libro. Decía un maestro que los mejores libros son los que uno nunca llega a hacer. A mí me gustaría poder dar razón de todas las voces que he escuchado. Todas ellas, insisto, tenían un denominador común; querían ser escuchadas. Cuando leo a posteriori toda la cobertura que los medios han hecho del huracán, echo de menos el eco de la gente.

Cuando vuelvo a Nueva York ya es de noche. Los rascacielos, hoy más que nunca, me producen cierto pavor; tras ver la ciudad fantasma, no puedo sino pensar que ésta también es –en cierta medida, y cuál no- una ciudad hecha de ficciones. Algo que, claro está, ya sabía antes de irme. Pero entiendo también la sinrazón; la sinrazón de la gente que no quería abandonar su casa aun a sabiendas del peligro que corría. Al final, somos quizás la metáfora de las cuatro paredes que nos rodean. Esta es mi casa; estoy en mi casa, y tengo ganas de dormirme en paz.

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