DIARIO DE NY (05-10-2006)

El concepto de naturaleza parece haber caído últimamente en desgracia y en un cierto olvido; para verlo basta echar una mirada superficial al lenguaje de la ciencia contemporánea, un código de signos cada vez más abstracto y alejado de la realidad sensible; un lenguaje que, en definitiva, parece haberse alejado de la esfera de lo natural para adentrarse en el terreno de las ideas, de los conceptos sublimes o –en cualquier caso- de las partículas invisibles.
Partículas, átomos, galaxias y otras materias –diría yo- en las que creemos sin pensarlo o de cuya existencia nos fiamos con espíritu ingenuo (seres ignorantes somos) de la misma manera con la que algunos creyentes se imaginaban que existía la virgen en la era medieval o en como creen algunos todavía en algo tan absurdo y cutre como los signos del zodiaco o la astrología televisiva.
Contrariamente, la idea de naturaleza como una totalidad e incluso como entidad personal –un concepto que es entera y netamente romántico- ha resurgido con una fuerza bastante persistente en el arte contemporáneo, y especialmente en la fotografía y el cine. Lo pensaba hoy, mientras hincaba el ojo en la nueva trienal del International Photography Center(IPC), un magnífico museo de fotografía que nunca me ha defraudado en sus planteamientos. Por otro lado, el IPC (Sexta Avenida con la calle 43) es de esos museos que me gustan; íntimos, pequeños y asequibles, uno de esos espacios en el que da gusto pasear y que, muy importante, tiene una librería fenomenal (solamente falla algo igualmente importante; la cafetería).
La trienal del IPC, Ecotopia, entronca con este retorno a la temática natural de manera clara. Si en el romanticismo la naturaleza era vista como la unidad orgánica por excelencia (un concepto que se mantiene en artistas como Fontcuberta o Noriko Furunishi), ahora parece ser que ésta ha sufrido un proceso de transformación; la “persona natural”, debido al maltrato que el hombre le ha “regalado” durante siglos, puede convertirse en algo que tome venganza de éste. En ese sentido, muchos artistas ya no solamente representan la naturaleza como algo susceptible de ser contemplado, sino también como algo que temer y que nos puede desbocar...
El hombre, ciertamente, intenta arropar a la naturaleza como un todo a proteger (de ahí el lenguaje ecologista postmoderno) pero ésta –parece ser- ya no es el espejo amable que creían ver nuestros antepasados cuando subían a las montañas a perderse en sus pensamientos. Quizás por ello, intelectuales como Michel Serres (léase su El Contrato Natural) vienen reclamando hace tiempo un nuevo contrato de los hombres con la naturaleza. Cito textualmente al filósofo francés; “Así pues; retorno a la naturaleza. Eso significa: añadir al contrato exclusivamente social un contrato natural de simbiosis y de reciprocidad, en el que nuestra relación con las cosas abandonaría dominio y posesión por la escucha admirativa, la reciprocidad, la contemplación y el respeto, en el que el conocimiento ya no implicaría la propiedad.”
Reflexiones importantes, porque –en un mundo en el que parece ser difícil crear canales de comunicación y lenguajes compartidos por todos- muchos piensan que la naturaleza podría llegar a ser el escondrijo que pudiese volver a hacer una hermandad del género humano. Esto implicaría, a mi modo de ver, no solamente una naturalización del hombre, sino también una humanización de la naturaleza.
He encontrado esta idea reflectada en las películas del director catalán Marc Recha, de quien he podido ver –en Nueva York y en ocasión de su Film Festival y de los actos del Catalan Center- Pau i el seu germà i Dies d’Agost. La aproximación de Recha a este problema –más allá de la impecable y original disposición de sus creaciones- me parece importante; porque, a diferencia de gente como Serres, Recha no se acerca al paisaje de manera melancólica o sentimental, sino afirmando el ligazón que existe entre las historias personales y sus entornos naturales, entre el sentimiento y el paisaje.
Quizás, como muestran estas reflexiones, la naturaleza sea –al fin y al cabo- nuestro último refugio. Un refugio que, sin embargo, no es lo suficientemente estúpido para dejarnos que lo aniquilemos…
Partículas, átomos, galaxias y otras materias –diría yo- en las que creemos sin pensarlo o de cuya existencia nos fiamos con espíritu ingenuo (seres ignorantes somos) de la misma manera con la que algunos creyentes se imaginaban que existía la virgen en la era medieval o en como creen algunos todavía en algo tan absurdo y cutre como los signos del zodiaco o la astrología televisiva.
Contrariamente, la idea de naturaleza como una totalidad e incluso como entidad personal –un concepto que es entera y netamente romántico- ha resurgido con una fuerza bastante persistente en el arte contemporáneo, y especialmente en la fotografía y el cine. Lo pensaba hoy, mientras hincaba el ojo en la nueva trienal del International Photography Center(IPC), un magnífico museo de fotografía que nunca me ha defraudado en sus planteamientos. Por otro lado, el IPC (Sexta Avenida con la calle 43) es de esos museos que me gustan; íntimos, pequeños y asequibles, uno de esos espacios en el que da gusto pasear y que, muy importante, tiene una librería fenomenal (solamente falla algo igualmente importante; la cafetería).
La trienal del IPC, Ecotopia, entronca con este retorno a la temática natural de manera clara. Si en el romanticismo la naturaleza era vista como la unidad orgánica por excelencia (un concepto que se mantiene en artistas como Fontcuberta o Noriko Furunishi), ahora parece ser que ésta ha sufrido un proceso de transformación; la “persona natural”, debido al maltrato que el hombre le ha “regalado” durante siglos, puede convertirse en algo que tome venganza de éste. En ese sentido, muchos artistas ya no solamente representan la naturaleza como algo susceptible de ser contemplado, sino también como algo que temer y que nos puede desbocar...
El hombre, ciertamente, intenta arropar a la naturaleza como un todo a proteger (de ahí el lenguaje ecologista postmoderno) pero ésta –parece ser- ya no es el espejo amable que creían ver nuestros antepasados cuando subían a las montañas a perderse en sus pensamientos. Quizás por ello, intelectuales como Michel Serres (léase su El Contrato Natural) vienen reclamando hace tiempo un nuevo contrato de los hombres con la naturaleza. Cito textualmente al filósofo francés; “Así pues; retorno a la naturaleza. Eso significa: añadir al contrato exclusivamente social un contrato natural de simbiosis y de reciprocidad, en el que nuestra relación con las cosas abandonaría dominio y posesión por la escucha admirativa, la reciprocidad, la contemplación y el respeto, en el que el conocimiento ya no implicaría la propiedad.”
Reflexiones importantes, porque –en un mundo en el que parece ser difícil crear canales de comunicación y lenguajes compartidos por todos- muchos piensan que la naturaleza podría llegar a ser el escondrijo que pudiese volver a hacer una hermandad del género humano. Esto implicaría, a mi modo de ver, no solamente una naturalización del hombre, sino también una humanización de la naturaleza.
He encontrado esta idea reflectada en las películas del director catalán Marc Recha, de quien he podido ver –en Nueva York y en ocasión de su Film Festival y de los actos del Catalan Center- Pau i el seu germà i Dies d’Agost. La aproximación de Recha a este problema –más allá de la impecable y original disposición de sus creaciones- me parece importante; porque, a diferencia de gente como Serres, Recha no se acerca al paisaje de manera melancólica o sentimental, sino afirmando el ligazón que existe entre las historias personales y sus entornos naturales, entre el sentimiento y el paisaje.
Quizás, como muestran estas reflexiones, la naturaleza sea –al fin y al cabo- nuestro último refugio. Un refugio que, sin embargo, no es lo suficientemente estúpido para dejarnos que lo aniquilemos…

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