Monday, August 28, 2006

DIARIO DE NY (27/08/2006)

“Alrededor de la tumba, en un camino del cementerio donde algunos de sus antiguos colegas publicistas de Nueva York, que recordaban su energía y originalidad y le decían a su hija, Nancy, el placer que habían tenido al trabajar con él.”

Así empieza la novela número veintisiete de Philip Roth, el narrador decano y actualmente más interesante de los Estados unidos. Everyman es un cuento sobre la muerte y sus sensaciones en boca de un protagonista innombrado. El origen del título se encuentra en “The Summoning of Everyman” una pieza anónima, inglesa y moralizante del siglo XV. En ésta encontramos al personaje de la muerte llamando a Everyman (un hombre que ha llevado una existencia marcada por el placer y que no está preparado para asumir su final) a convertirse a la fe y la religión salvadora.

Contrariamente, el personaje de Roth vive absolutamente pendiente de la muerte, que cobra presencia en diversas e insistentes enfermedades. La obra empieza en un funeral, el del protagonista, pero prosigue en una operación temprana de hernia (en la que nuestro niño ve morir a su compañero de habitación), una apendicitis a los treinta y cuatro, una operación cardiaca a los cincuenta, y una serie de secuelas coronarias insalvables que acaban fatalmente.

En esta ocasión, el personaje de Roth no es un héroe, ni un ciudadano que es portavoz de la conciencia colectiva del país. Su protagonista es un hombre demasiado ordinario, un buen publicista (dejó su atracción por el arte y la pintura para satisfacer a sus padres, más prácticos que él, y así ayudarles en su negocio de joyería), un ser que, bien es cierto, tuvo deslices amorosos que rompieron su vida familiar. Nada nuevo, piensa el protagonista (él no pegaba ni a su mujer ni a sus hijos), que tinta lo aburrido de su vida maldiciéndoles y pimplándose a una modelo jovencita.

Lo importante, en este cuento sobre la muerte, es precisamente un tema al que Roth vuelve constantemente en sus narraciones. El cuerpo, la importancia de lo corporal –de la salud- ante los cambios vitales. Everyman –por culpa de su cuerpo y sus debilidades- llega a odia a la única persona a la que admira, su hermano Howie, un ejecutivo impecablemente perfecto con una salud envidiable. Sus problemas de salud le atan a mujeres extraordinarias en su paciencia; Phoebe, a la que deja inexplicablemente y sin razón para casarse con la joven modelo, y Nancy, su hija, a la que considera un ángel.

Y está también la perdición sexual, que lleva a Everyman a follarse a una secretaria de diecinueve años en su despacho (ante la mirada reprobadora de su jefe) y a pensar obsesivamente en el orificio anal de su modelo. Durante un fin de semana en París con ésta última, su madre muere repentinamente y su mujer, Phoebe, se entera de sus pequeñas aventuras. Unas relaciones que le hacen perder a sus mujeres más valiosas y que desencadenan su tercer matrimonio, con la modelo danesa, una farsa absolutamente consciente que acaba, claro está, en soledad.

La pregunta, después de todo el viaje, sigue en pie y es muy simple; ¿por qué debemos morir? ¿Es la conciencia de nuestra enfermedad y caducidad una mejor preparación para la muerte? Es difícil, ciertamente, contestar a unas preguntas tan negras. Everyman es una buena aproximación para, al menos, enmarcarlas bien; una aproximación breve (182 escuetas páginas) en las que Roth utiliza un estilo seco, directo y conciso.

Cuando Everyman presencia el funeral de sus padre, llega a estremecerse al ver como entierran al cuerpo de su progenitor, notando casi en carnes el polvo que entra en la tumba de éste desde las palas de sus nietos, que lo socavan. Al final de la novela –en sus mejores instantes- el protagonista vuelve al cementerio, en donde habla con uno de los trabajadores que entierran los sarcófagos. Everyman (en una conversación claramente alusiva a la de Yorick con Hamlet) le pregunta si fue él quien enterró a sus padres. La respuesta afirmativa se salda con una propina de cien dólares por los servicios prestados. Si nunca muere, ese empleado también le va a enterrar a él.

La circularidad del libro nos devuelve al primer funeral; hemos vivido una vida normal que se salda con las palabras fantasmagóricas de la madre desde la tumba (“Bien. Has vivido”). Unas palabras con las que Roth, después de The Plot Against America, sigue rindiendo homenaje al americano común, ahora desde la sencillez de una vida monótona, la de un buen hijo de clase media que auspicia el negocio familiar para mayor tranquilidad paterna.

Roth nos explica cada vez mejor los Estados Unidos y ensalza sus valores originales y más simples. Y a servidor, pese a su pedantería y oscurantez, le sigue encantando leerle.

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