DIARIO DE NY (25/08/2006)
La palabra que más se repite últimamente en la prensa norteamericana (y, por tanto, en la mundial) es, sin duda alguna, “seguridad”.
Tras las detenciones en Londres (una múltiple acción policial que nos libró de un “mass murder in an unimaginable scale”, en palabras del director de Scotland Yard) la seguridad –o la falta de ésta- vuelve a ser la preocupación primordial del occidente próspero. Sin embargo, lo que muestran los hechos londinenses, de manera descarada, es como el terrorismo contemporáneo ha adoptado una nueva forma de acción, y un nuevo modo de operar, que no nos pueden pasar desapercibidos si queremos entenderlo y combatirlo.
En primer lugar, se acabó ya la imagen prototípica (auspiciada por los gobiernos de occidente, muy interesados en dibujar una imagen “idiotizada” de sus enemigos) de los terroristas como una pandilla de locos aficionados a matar. Sin dejar de condenar acciones como la de Londres, debemos pensar que el terrorismo de hoy en día asume el progreso de la ciencia y sus implicaciones tecnológicas con una naturalidad pasmosa; líquidos explosivos, bombas de tamaño minúsculo, gases químicos, –entre otros avances técnicos de primer orden- muestran que el terrorismo ha asumido plenamente el desplegarse tecnológico de nuestras “sociedades avanzadas” con el objetivo de luchar contra ellas. Se pretende aniquilar el sistema, en otras palabras, con sus propios “regalitos”.
Por otro lado, se acabó también la imagen del terrorista como el portavoz de una clase oprimida, pobre, etc. Como han informado algunos rotativos británicos, muchos de los sospechosos y de los terroristas detenidos en el golpe londinense proceden de un estrato social medio o alto, e incluso algunos han estudiado en universidades británicas. Entre éstos, muchos han abrazado el islamismo como una alternativa filosófica al capitalismo; muerta la ideología comunista (dicen algunos) el islamismo es la única forma globalizada a partir de la cuál los postulados de occidente (la economía liberal, a grandes trazos) puede ser combatida con eficacia. Nuevamente, el enemigo está en nuestras propias aulas.
Curiosamente, parece ser que los gobiernos se resisten a aceptar estos cambios con una tozudez supina. Hablando con muchos neoyorquinos expertos en terrorismo, uno no puede dejar de notar como siempre hay en su discurso una caracterización banal de los grupos terroristas que pretenden atacar a “nuestra cultura”. Me he encontrado más de una vez con periodistas norteamericanos que sostienen que la trama del 11-S no fue un ataque perfectamente planeado por un grupo “solvente”, sino el fruto de un juego de niños, de un conjunto de “amiguetes” que –en definitiva- nunca supieron las consecuencias de sus actos. Sin comentarios.
Pero la cosa, diría servidor, va por otro camino. Y es quizás el desconocimiento de ese nuevo quehacer de los terroristas lo que hace de la seguridad –o de la sensación de inseguridad- algo tan especial y difícil de definir en nuestros tiempos. Porque los americanos se han empezado a dar cuenta de que el enemigo que les pretende matar es mucho más borroso de lo que se temían. Y, ya se sabe, cuando el enemigo es identificable, uno puede dormir tranquilo, porque sabe que –o le matan- o él los matará a ellos. Pero cuando el enemigo es invisible, y está en casa, las paredes tiemblan de otro modo.
Ya no estamos en la época tan benigna en la que los generales dirimían las batallas desde la retaguardia, distribuyendo los soldaditos de plomo a voluntad. Es muy difícil, en definitiva, no saber de qué se tiene miedo ni dónde están las trincheras…

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