Monday, September 25, 2006

DIARIO DE NY (24-09-2006)


El mundo del arte norteamericano, después de unos tormentosos lustros de crítica indiscriminada del poder, se ha sumido en una siesta intelectual bastante preocupante. No es que piense que el arte tenga su raíz en la crítica del poder, o incluso que toda forma estética sea una forma explícita o implícita de protesta política; sin embargo, la crítica social de hoy en día en el mundo del arte yankee es absolutamente insulsa y superficial. La pasada Bienal del museo Whitney, en la que sus autores repetían robóticamente ideas del pasado, reavivó esta sensación que sume al arte en la nostalgia y en la complacencia con un presente que no admite parcialidades.

El teatro ha sido sin duda la excepción a esa regla; los dramaturgos norteamericanos –muchos de ellos de procedencia extranjera- han pretendido analizar el presente histórico norteamericano con una valentía que les honra. Y digo analizar, porque precisamente –en una idea nuevamente vieja- los autores teatrales opinan que el mero describir la realidad política actual y sus consecuencias es ya una manera de crear una especie de conciencia crítica en la ciudadanía. Describir, en definitiva, sería una manera aproximada de analizar y responder a las demandas del espectador.

Pensaba en todo este embrollo hace unos días, al ver en The Culture Project el estreno de “The Treatment” (El Tratamiento), la última obra de Eve Ensler, autora mundialmente conocida por su exitosa “Los monólogos de la Vagina”. La pieza narra, en diversos episodios breves, la relación entre un excombatiente (sin mencionarlo, evidentemente, provinente de Irak) y su psiquiatra, también oficial militar. Una relación que pasa por la distancia inicial (el hombre, afirma, va a la consulta obligado por su mujer) hacia la previsible y hollywoodiana relación de atracción pasional entre dos personas perdidas y sin porvenir.

Todo narrativamente previsible, en definitiva; incluso unas actuaciones bastante peliculeras. Sin embargo, en un final ciertamente edulcorado (en el que descubrimos que el militar sufre trastornos porque fue inducido a torturar y matar presos de guerra) la psiquiatra exige a su paciente que le diga los nombres de los responsables, de los oficiales que le mandaron hacer tales atrocidades; que los “delate”, por así decirlo, no les dejará impunes. La obra se acaba precisamente con esta súplica, a la que nuestro militar no da un sí ni un no.

La moraleja es clara; en primer lugar, la tortura no solamente es de quien la ejerce (recuerden “La Chaqueta Metálica”) sino también de quien promueve la despersonalización y la impunidad legal ante este fenómeno. Hasta ahí totalmente de acuerdo. El problema es qué debemos hacer a partir de ahora, qué soluciones podemos dar a este análisis con el que se puede o no coincidir, pero que es válido; cuáles serían, en definitiva, las soluciones a esta problemática. Porque, como sabemos, ya hay soldados que han pringado por las torturas en Abu Grahib. Pero de oficiales y superiores (por no hablar de Secretarios de Defensa…) ni rastro.

Esta sigue siendo la asignatura pendiente del teatro americano y de su arte en general. Estamos en una situación –creo- en la que no basta analizar las contradicciones de nuestro tiempo. Hacen falta medidas para que la gente no solamente pueda comprender lo que pasa, sino que también pueda actuar, de manera privada o pública. Pero el intelectual de sofá que piensa el mundo desde su casita, en definitiva, no nos salva de que ahora mismo –en Guantánamo- a alguien, si se me permite la licencia, le estén metiendo un palo de madera por el culo. Y perdonen mi lenguaje, pero las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Wednesday, September 13, 2006

DIARIO DE NY (13/09/2006)


Una noche, otra noche, en el solar del Word Trade Center. Son las cuatro de la madrugada y pensaba que las familias todavía tardarían un poco en llegar. Pero ya hay algunos paseantes, también policías y bomberos, en el memorial de la calle Greenwich. Ante las estatuas que recuerdan la evacuación del solar tras el derrumbe, un sargento aguanta estoicamente la bandera norteamericana.

En la calle Church, delante del enorme agujero, una mujer rezando un rosario sentada en una sillita, con un cartel que parece decir “Never Forget”. Su marido, vestido de bombero y con collarín, la tapa con una bandera estrellada, abrazándola. Un marine con la misma decoración –pero en forma de gorra y chaqueta- llega al lugar, se presenta a la decena de personas que vagamos en la reja del memorial y recita un poema de calidad ínfima ante el abrazo y el aplauso contenido de los presentes.

Todavía faltan casi cinco horas para la ceremonia en recuerdo a los muertos; algunos compañeros de la prensa toman declaraciones –supongo- para los primeros informativos matinales. La brisa neoyorquina hace días que nos ha obligado a sacar las mantas del armario; empieza el frío, la civilización.

Mientras dormimos, la gente todavía llora. Lloran los familiares de las hasta mil quinientas víctimas que todavía están sin identificar, esparcidas en un estercolero de Staten Island. También lloran las madres que veo pasar y que cuelgan fotos de sus hijos; los padres no lloran, miran hacia el infinito y aguantan a sus mujeres por la cintura. Nos miramos todos y nos reímos, un poquito aliviados.

Este es un mal día para un catalán afincado en Nueva York; hoy solamente puedo conmemorar la llegada de dos aviones asesinos y la posterior gesta y recuperación de mi segunda ciudad o la entrada de las tropas borbónicas en la caída de mi primera. Es una opción que no me entusiasma. Pero hay que estar aquí, aunque no sepamos nada de lo que pasó realmente, aunque la historia y la sangre sean o llegue a ser algún día algo remoto y desconocido; hay que estar aquí. Y estoy aquí.

Friday, September 08, 2006

DIARIO DE NY (07-09-2006)

La realidad norteamericana de esta semana mira hacia atrás, hacia el solar del World Trade Center neoyorquino. El lunes “celebraremos” cinco años del ataque a las Torres gemelas; y un lustro ya empieza a ser suficiente para alejarse del sentimentalismo barato, del recuerdo lagrimoso y de las ceremonias con trompeta y alzamiento de bandera. Los norteamericanos, conscientes de que el 11-S cambió parte de sus vidas en su ámbito cotidiano, empiezan a exigirse el enmarcar ese fenómeno no solamente en su historia particular, sino también en el quehacer político que nos llevará al próximo siglo. Suena difícil, pero lo están intentando.

Hay que mirar hacia atrás, decía antes. En primer lugar, para recordar, es bueno prestar atención a las reacciones globales al atentado de la Torres Gemelas. En los días posteriores a la debacle, la solidaridad con los ciudadanos de Nueva York tuvo una proyección mundial sorprendente; Nueva York, ya se sabe, es una ciudad conocida por todos, que todos teníamos claramente presente en nuestras retinas, cuyos símbolos –aunque turísticos- eran compartidos. Nueva York, decían algunos con cierta ironía, no es Norteamérica; es otra cosa. También hay que decir que muchos, en público o en privado, se alegraron de que –por fin- al monstruo le salieran heridas en la piel…

Paralelamente, muchos países de cultura islámica condenaron con decisión el atentado; el diario Le Monde –en un país no conocido excesivamente por su amor a los yanquis- abrió su portada con el titular “Nous sommes tous Américans” mientras el Corriere della Sera, en su editorial, repetía exactamente este titular, afirmando también que “Nuestras distancias con los EUA ya no pueden existir por más tiempo, porque nuestros valores también están en contra de cualquier forma de terror.” En Bruselas, los aliados de la OTAN resaltaron –quizás por única vez en la historia de la entidad y según el artículo V del Tratado Atlántico Norte- que un ataque a un país aliado era un atentado “contra todos” y que su contestación podría incluir la fuerza armada.

Por otro lado, cuando incluso los más optimistas esperaban una descontrolada reacción bushiana en forma de misiles, nuestro presidente viajó rápidamente a una mezquita de Washington para recordar que los atentados “no representan al Islam; Islam es sinónimo de paz.” En su última campaña electoral, Bush abogó –al menos teóricamente- por un conservadurismo compasivo que intentaría comprender con respeto todas las formas de pensamiento en el mundo. Pero las últimas declaraciones del presidente –insistiendo en el deber de luchar contra el “islamismo fascista”- denotan un cambio de tono que no es nada casual.

Igualmente, aunque todos sabíamos que tal solidaridad con Norteamérica sería transitoria, pocos podían prever que el antiamericanismo llegaría a cotas tan altas. En un libro interesantísimo, Andrew Kohut y Bruce Strokes han intentado buscar las bases del problema que ha llevado a los EUA a un cierto –como ellos mismos le llaman- excepcionalismo político. Uno de los motivos del creciente antiamericanismo que se respira en el mundo, dicen los autores, es la insistencia norteamericana en importar por la fuerza (y de manera evangélica) la democracia a todo el mundo. Sin embargo, una encuesta de Gallup muestra como –después del discurso del Estado de la Nación de G. W. Bush en 2005- solamente un 31% de los ciudadanos americanos encontraban que ésta tuviese que ser su primer interés internacional. Por otro lado, mientras dos de cada tres líderes de los EUA pretenden que el país devenga líder a un nivel internacional, solamente un 10% de los ciudadanos se sienten a gusto con un lideraje unilateral del país.

Por otro lado, esta misma encuesta muestra que los americanos –pese al prejuicio que afirma su infalibilidad casi papal- se muestran muy críticos con ellos mismos. Un 59% de la población cree que su quehacer político es violento, mientras –en lo que toca al fervor religioso- la mayoría de los americanos destinan sus creencias religiosas a problemas de política interior (el matrimonio homosexual, el aborto, etc.) pero no a asuntos que tocan a la política internacional, un aspecto de la actualidad que a los americanos (sólo hay que ver los telenoticias del país) pasan más bien por alto y tiempo durará.

En este sentido, los norteamericanos son perfectamente conscientes que su unilateralismo daña su imagen exterior. No obstante, y paradójicamente, apoyan a perfiles políticos como el de G.W. Bush, un caso de esquizofrenia que se vio perfectamente reflejado en una encuesta de la revista TIME de hace solo unos días con respecto al problema de las células madre; en ese estudio, dos de cada tres norteamericanos se mostraban contrario al veto presidencial de investigación de embriones con fondos públicos. Paralelamente, el mismo estudio afirmaba que –aun así- la mitad de la ciudadanía daba su apoyo al presidente por la fe que éste tenía en sus convicciones morales. Un caso aparentemente contradictorio que tiene explicación sencilla.

Las contradicciones no cesan; como decía antes, los americanos no acaban de creer en el unilateralismo (les sale muy caro, todo hay que decirlo). Aun así, no han mostrado ningún pudor en dar poderes casi ilimitados a su presidente, un capital político que –una vez ganado, dijo el mandatario justo después de su reelección- no dudaría en utilizar. Y la utilización de ese poder ha tenido resultados que caen bajo el estigma de Guantánamo. Igualmente, bajo Guantánamo se esconde algo más profundo, un estado –como diría el admirado Giorgio Agamben- que instaura el estado de excepción como el estado de normalidad.

Por ello, llegaron los secretos y –claro está- las torturas. Incluso John McCain, uno de los republicanos más conocidos por sus políticas centristas y que fue torturado en el conflicto de Vietnam, llegó a afirmar en un artículo en Newsweek que la tortura podría ser tolerada en el caso que uno pudiese evitar con ello un desastre como el 11-S. Pero estos medios interrogatorios, como hemos visto, no han conseguido sino más odio. No deja de ser curioso, como recuerda Jane Mayer en un excelente artículo del Newyorker de esta semana, que el terrorista que más haya contribuido a la información sobre Al Qaeda haya sido Jamal Ahmed Fado, un antiguo colaborador de Bin Laden al que éste hecho por fraude y que ahora vive de los yanquis. Sus captores no le torturan; llevan años costeándole una vida bastante digna (le pagan incluso caprichos como regalos y bolsos para su mujer) y éste canta que da gusto todos los secretos de las operaciones del enemigo…

Antes hablaba de un capital político que Bush está utilizando basándose en su aceptación como líder. Puede que Bush haya fracasado en sus políticas –el embrollo en Oriente Medio es evidente- pero lo que es innegable es que el bushianismo ha calado fondo en la filosofía del país. Baste un ejemplo aparentemente trivial; hoy en día, cualquier periódico norteamericano tiene en sus páginas una sección dedicada a la “war on terror”, y expresiones como el famoso “eje del mal” forman ya parte del orden del día.

Las palabras son muy importantes, y el vocabulario es la imagen del mundo que debemos tener. En cuanto el futuro, hacer ejercicios de proyección histórica es siempre bastante difícil. Lo intenta, por cierto, esta semana el historiador Niall Ferguson en la revista TIME. En un artículo interesante de historia ficción, el profesor de Harvard admite que –de no ser por la debacle de Irak- las políticas de Bush hubieran sido un triunfo y la gente lo hubiese considerado para siempre “el vengador del 11-S”. Cuando mira al futuro (al pasado, en este cuento de ficción) Ferguson ve como a partir de 2008 los norteamericanos habrían abandonado su influencia en la zona de Oriente Medio. Esta retirada haría que sus enemigos ya no estuviesen tan interesados en atacar ciudades americanas; por otro lado, ello implicaría el control de las zonas petrolíferas del mundo de la mano de Irán y Rusia, lo que implicaría –siempre según la ficción- la necesidad de rearmar tecnológicamente a los EUA y buscar energías alternativas.

Más allá de que la retirada americana de Oriente Medio me parece a todas luces inexplicable, resulta curioso como Ferguson afirma tajantemente que “la Gran Guerra de la Democracia (así llama a los conflictos actuales) no acabaría con una catástrofe que tantos habían temido, sino con el sonido imperceptible de una revolución tecnológica.” Curiosa predicción, estimado colega, siendo precisamente el terrorismo actual una forma de lucha armada absolutamente preparada tecnológicamente; los terroristas, creo yo, ya han hecho su particular revolución tecnológica…

Sea como fuere, los EUA viven –en la actualidad- en una encrucijada bastante salvaje. En primer lugar, han erigido un poder presidencial que se les escapa de las manos. Como decía el tío Hobbes, cuando un pueblo esculpe a un soberano con poderes ilimitados tiene que admitir el uso de esos poderes de manera ilimitada, aunque ello implique que el soberano está fuera de la ley y que éste pueda llegar a obrar contra sus súbditos. Esta es la situación actual en Norteamérica, que es metáfora de aquella paradoja maquiaveliana según la cual el soberano, para mantener la república, debe hacer cosas que van contra la misma. Preguntado por cualquier violación de las reglas del juego legal en América, Bush siempre contesta, automáticamente, que su responsabilidad personal es la conservación de su estado.

Está también el miedo. Las novelas de los escritores norteamericanos ya no hablan de florerillas. Hablan de ciudades que, en cualquier momento, pueden caer y desmoronarse. Los norteamericanos están viendo algo que explicaba muy bien Lacan, quien decía que lo más traumático que puede atravesar el hombre es ver como sus creencias devienen realidad. Ahora los norteamericanos están experimentando todas las “batallitas” que se imaginaron en el cine de los cincuenta. Ya sea en forma de alienígenas o monstruos marinos, los americanos temen que el cielo se les caiga encima de su cabeza. Pero, a diferencia de Astérix, no parecen tener ninguna poción mágica para solucionar sus problemas con los romanos…

Thursday, September 07, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (05-09-2006)

DIA VI (4-09-2006)

Hora de hacer maletas y preparar los últimos cortes para el reportaje que me ha llevado hasta esta ciudad. Cuando uno está en lugares como New Orleans, se da cuenta de la imposibilidad de responder dialécticamente a ciertas complejidades humanas. Decía Aristóteles con razón, al inicio de la Física, que cualquier discurso –mientras sea racional- tiene una parte estimable en el reino de la verdad. Durante estos días he hablado con mucha gente. Unas personas que, bajo los mismos hechos, destilaban opiniones muy distintas. Todos tienen razón. Su razón no hay buenos ni malos.

Como en todo conflicto, como en toda sociedad, los problemas complejos solamente se pueden explicar con la misma complejidad en las explicaciones. Yo he intentado dar voz a todo el mundo, a sabiendas de que esta noche me sentiré frustrado porque –cosas de la radio- no todo el mundo puede hablar en el reino de los medios. Ya saben, si hablase todo el mundo, al final los medios serían infinitos y no acabaríamos nunca.

Cuando dejo esta ciudad tan horrible, tan desalmada, estéticamente insalvable y humanamente compleja, me asalta ese “Trauma Capote” que tenemos los que nos dedicamos al periodismo, y sabemos que –de un reportaje- bien podría hacerse un libro. Decía un maestro que los mejores libros son los que uno nunca llega a hacer. A mí me gustaría poder dar razón de todas las voces que he escuchado. Todas ellas, insisto, tenían un denominador común; querían ser escuchadas. Cuando leo a posteriori toda la cobertura que los medios han hecho del huracán, echo de menos el eco de la gente.

Cuando vuelvo a Nueva York ya es de noche. Los rascacielos, hoy más que nunca, me producen cierto pavor; tras ver la ciudad fantasma, no puedo sino pensar que ésta también es –en cierta medida, y cuál no- una ciudad hecha de ficciones. Algo que, claro está, ya sabía antes de irme. Pero entiendo también la sinrazón; la sinrazón de la gente que no quería abandonar su casa aun a sabiendas del peligro que corría. Al final, somos quizás la metáfora de las cuatro paredes que nos rodean. Esta es mi casa; estoy en mi casa, y tengo ganas de dormirme en paz.

Wednesday, September 06, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (04-09-2006)

DIA V (4-09-2006)

9.00 AM; Mis compatriotas norteamericanos celebran hoy el Labor Day, un día en el que el país –y pasa muy pocas veces- se para completamente. Imposible trabajar, por lo que me dirijo a uno de los espacios históricos de New Orleans, el Algiers, un barrio al que se llega cruzando el Mississipi en un Ferry. En Algiers, la FEMA tiene instalado su campo base, en donde –también en caravanas- viven muchos de sus trabajadores y alguna de la gente que todavía no ha podido volver a sus casas.

Algiers es un barrio muy acogedor, predominantemente blanco pero con familias negras perfectamente integradas en su tejido social. Sus casitas son muy agradables y pocas de ellas fueron destruidas por el huracán, que solamente dejó algunos desperfectos en la zona, causados por el fuerte viento y (eso no lo habíamos mencionado todavía) por la puñetera manía de los norteamericanos –incomprensible en un país como el suyo, con tanta inclemencia de tiempo- de construir a base de madera y plástico.

Paseando por Algiers, veo una pancarta bastante llamativa en un trailer de la FEMA; es una pancarta de soporte para la reelección del alcalde Nagin, un mandatario duramente criticado (aunque reelegido ampliamente hace pocos meses) por su gestión del Katrina y que –pese a ser negro- consiguió su victoria obteniendo el setenta por ciento del voto blanco y solamente el veinte por ciento del de su propia raza.

Del trailer de la FEMA sale, curiosamente, un hombre negro que trabaja para la organización. Es Charles, un expresivo y teatral brother de cuarenta años y miradas histriónicas. Charles no tiene mucha pinta de querer hablar del estado de su ciudad, pero lo que empieza con unos pequeños comentarios monosilábicos se convierte en breve en una de las mejores y más relevantes conversaciones que he podido tener en New Orleans.

En el Lower, vi a muchos negros criticando al alcalde y a la FEMA. Ahora estoy delante de un negro que apoya al alcalde y es trabajador de la organización; quien quiera mejor surte que la mía que la busque. En primer lugar, Charles me aclara uno de los puntos de mayor controversia en lo que toca al proceso de evacuación; a saber, el conocimiento del abasto de la tragedia y el aviso en las evacuaciones. “Lo que pasó en el Lower está muy claro. Yo mismo fui a avisar a los vecinos que se largasen de esa zona. Lo hicimos un día antes de que pasase todo el lío. Un día! Pero la gente no se quiso marchar. Yo me marché de mi casa a Houston y tarde unos días en volver; pero ellos no quisieron hacernos caso, y así les ha ido.”

Como trabajador de la FEMA, es muy difícil que Charles (que habla conmigo largo y tendido pero que, cáspita, no me deja grabarlo) me dé una visión crítica de la entidad que lo emplea. Sin embargo, su visión es más matizada que la de Alberto A. Pillot; “La FEMA es un órgano ejecutivo. Nosotros dependemos de lo que el gobierno federal nos da. ¿Pero qué nos ha dado el gobierno? Ellos hablan de billones de dólares; pero lo cierto es que los recursos que hemos recibido han sido horribles.”

Primer dato importante; falta de dinero. Pero Charles no solamente me hablará hoy de pocos recursos. También tiene otros temas más candentes que contarme; “Mira; una semana después del Katrina, Halliburton (la empresa de la que el vicepresidente Cheney fue directivo) obtuvo un contrato de cuatrocientos millones de dólares para reconstruir la zona. De este dinero, en infraestructuras, nosotros no hemos visto nada. Y cuando digo nada es nada. Todo este dinero se perdió en subcontrataciones. Pero de esto la gente no tiene ni puñetera idea! Y nadie protesta!”

Charles está muy enfadado, es cierto. Y su enfado tiene tintes de amargura. “Yo voté a Bush en las primeras elecciones porque pensaba que tenía una visión buena del país. Pero me equivoqué como tantos. Nosotros procesamos a Clinton por mentirle a su mujer, y este señor –que tanto nos ha mentido- todavía está en la calle. No le volvería a votar ni que me pagasen un millón de dólares. Dijo que daría muchos recursos y que daría mayor cohesión a las administraciones de New Orleans. Y no ha hecho nada por nosotros. Solamente pasearse por aquí con helicóptero.”

Ex-votante de Bush, que ahora dispara andanadas contra él. Charles no puede ser más claro; “Mira; lo interesante después de una tragedia que afecta una zona es intentar que las empresas de esa zona participen en la reconstrucción de ese espacio. ¿No crees que eso sería lo sensato? ¿Pues a que no sabes de dónde son las empresas que están construyendo en New Orleans? No lo adivinas? Pues de Texas y de Florida. Lo de Texas ya te lo puedes imaginar. Y lo de Florida… tío, si todavía no sabemos que pasó con cientos de bolsas de votos que se tiraron a la calle! ¿Y el hombre que es responsable de esta vergüenza no puede ser juzgado? Eso es algo terrible para nuestro país!”. Nada que añadir, amigo.

Charles se desfoga a gusto. Cuando le dijo que a mi me parece que el Katrina no ha hecho sino disparar algunos de los problemas que tenía la ciudad, Charles asiente y me ametralla con ejemplos. “Mira, en este mismo barrio, nosotros echamos al último jefe de distrito por incompetente. Votamos a un nuevo equipo de gobierno pensando en que llegarían nuevas caras. ¿Pero te puedes creer que el nuevo jefe se quedó exactamente con las mismas personas? ¿Tu te imaginas que Bush se hubiese quedado con la misma gente que tenía Clinton en su administración?”

Las causas ocultas de New Orleans, para Charles, son muy claras. Y creo que acierta como un gran tirador. “Mira, aquí el problema no es lo material. A mi la FEMA no me soluciona la vida aunque me pague cien mil dólares. Una sociedad no se arregla con cheques. Lo que tienes que hacer es que la gente tenga educación. Yo, gracias a Dios, nací en un barrio en el que pude tener escuelas. Hay muchos niños que no pueden, y que –sin ser su culpa- acaban metiéndose metadona en las calles. Yo los he visto, y he visto a la policía sacándoles de la cárcel al día siguiente. Por qué no intentamos acabar con el comercio de drogas, que es lo que lleva a esos chiquillos al crimen? No, nosotros siempre acabamos con la cabeza metida en la tierra ignorando nuestros problemas.”

Evidentemente, existe un tema que mi contertulio y yo no podemos olvidar. Directo y claro, le pregunto a Charles si existe racismo en New Orleans. “Te seré absolutamente sincero. No existe solamente racismo en New Orleans. La administración federal que nos gobierna es –en un noventa y nueve por ciento- racista. Mira, yo soy miembro de la FEMA y soy una persona de clase media y –creo- de buena apariencia. ¿Pues te puedes cree que cuando iba a los barrios la policía me paraba el coche y no me dejaba pasar sin mostrar mi licencia? Te voy a poner un ejemplo; hace meses, un pobre chico negro, retrasado mental, se paseó por las calles de la ciudad amenazando a la gente. ¿Sabes cuantos policías estuvieron en esa misión? Ochocientos! ¿Sabes lo que pasó cuando decenas de ellos le encontraron y lo rodearon? Simplemente; le machacaron a tiros. Hace pocos días tuvimos un atraco de unos chicos blancos en una casa de por aquí. La policía, en esa ocasión, se esperó dos días a que ellos se entregasen. Y solamente tenían una patrulla ahí metida, para un atraco que se hizo con un coche que golpeó en un escaparate. ¿Y por qué? Pues por el color de la piel, y por nada más.”

Lo que debía ser un paseo turístico más se ha convertido en una de las conversaciones más reveladoras de mi estancia. Charles me ha hablado de una New Orleans que insiste en evitar sus problemas mas básicos; “Somos siete barrios que podríamos aportar mucho a los problemas de los otros; pero no existe ni un comité en el que se reúnan todos los miembros! Ni siquiera existe una coordinación con el resto del estado! Esto es lo que nos está matando; que a ti tu coche o tu casa se te rompa, al final, te da igual; pero estos problemas son los que necesitan un plan. ¿Y como quieres que nuestro presidente tenga un plan si solamente se pasea por aquí en helicóptero?”

Aunque hablamos durante casi una hora, me sabe mal despedirme de Charles. Es un hombre de esos que, al mirarlos, entiendes perfectamente que te están contando no ya la verdad –que es algo que cada día me interesa menos- sino lo que sienten. Charles ha insistido en una idea de la que por desgracia muy poca gente habla en New Orleans. La educación; esas escuelas que me dolieron cuando las pude ver vacías son la clave para que esta ciudad pueda llegar a hacer dialogar unos lenguajes que parecen irreconciliables. Lo decía ya mi amigo Sócrates, y he tenido que venir aquí para recordarlo nuevamente; el peligro siempre está en la ignorancia de los que no saben o en la soberbia de los que creen saber. Hasta aquí tengo que venir para recordarlo…

4.00 PM; Tras la comida, aprovecho la ocasión para verme con una periodista de la zona. En Veterans Boulevard (casi a la altura del aeropuerto en Kennet) me espera Brenda Murphy, editora jefe del periódico “Jambalaya News”, el único periódico en lengua española que hoy se edita en New Orleans. El Jambalaya es una publicación quincenal totalmente gratuita, que vive de sus anunciantes. Con Brenda hablamos de su situación y de la de los hispanos. Está muy contenta porque su periódico tiene lo que debe tener cualquier publicación que se preste; enemigos.

“Lo que necesitamos los hispanos en New Orleans son medios para tener fuerza; cuando tengamos medios podemos presionar a las administraciones.” Brenda, al buscar culpables, también hace recaer las culpas en el gobierno federal. En lo que toca al tema de la raza, realiza una aportación esencial e importante; “Yo te puedo decir que he visto a los hispanos y a los negros marchando juntos en la manifestación que organicé por el primero de Mayo, que fue la primera de la historia de la ciudad. Lo que pasa es que existe una clase dirigente a la que le interesa echar una cortina de humo para que los inmigrantes se peleen y se olviden de reclamar a las administraciones lo que les tienen que reclamar.”

Cuando hablamos del futuro de New Orleans, Brenda me aporta una idea interesante; “en el futuro –afirma- seremos una ciudad muy bella, muy futurista, pero también muy cara; la gente se cree que ahora venir a New Orleans es una ganga, pero los pisos están subiendo por la especulación y no hay recursos de primeras materias; las materias tienen que llegar desde fuera y eso lo encarece todo.” Como otros ciudadanos de New Orleans, Brenda sabe que su ciudad está condenaza a encarecerse y a hacerse más pequeña. Cuando le digo quién se va a forrar en este asunto, me recuerda algo tan fácil como sempiternamente verdadero. “Aquí se va a hacer rico el que tiene más; porque el que tiene dinero siempre lo va a tener más fácil.”

Otra verdad universal del tío Carlitos que debo venir aquí para poder confirmar de nuevo…

1.00 AM; Última noche en la ciudad. Un paseo por el Mississipi, que está desierto. En Alberto’s, uno club roñoso del French Quarter, están acabando un concierto y aprovecho para arrancar mis últimas notas de las calles. Como dice la canción que cierra la noche, “you broke my heart, but it’s alright”. Me has roto el corazón, pero está bien. Como New Orleans. Una ciudad rota, inservible y desierta, pero que debo dejar mañana… y siento lástima; pero está bien…

DIARIO DE NEW ORLEANS (03-09-2006)

DIA IV (03-09-2006)

9.00 AM; Hoy es domingo, y la ciudad está bastante más muerta de lo que ya lleva siendo habitual. Es un buen momento para consultar los papeles que me dio Alberto A. Pillot sobre la cobertura del huracán, vista a ojos de la FEMA. Los papeles se acompañan de un CD con unas cuarenta fotografías de la desgracia. Algunas de ellas son preciosas, en el sentido más estricto de la palabra; el dolor, ya se sabe, puede llegar a ser estéticamente agradable y no estoy descubriendo nada nuevo. Barcos apelotonados en autopistas, barrios inundados… el placer de mirar un bosque como arde. Ya lo saben, todos tenemos a un pirómano metido en los ojos. Al menos el responsable de todo esto, como decían ayer algunos católicos del Lower, no es el hombre sino Dios.

En fin; según la FEMA, la asociación ha recibido casi un millón y medio de solicitudes de recuperación de hogares, para las que se han desembolsado 5.1 billones de dólares (en numeración americana). Sus unidades móviles –los centros llamados DRC- pudieron dar cobijo a casi un millón de ciudadanos necesitados durante y después del Katrina. En esa línea, la organización ha dado a los ciudadanos de New Orleans ochenta mil casas rodantes (caravanas) para asistencia temporal. La conclusión es tajante; hoy en día, solamente treinta y dos familias viven en hoteles o moteles. Parece perfecto.

Hablábamos ayer del problema del dinero. FEMA ha dado setecientos veinticinco millones de dólares en ayudas a los pequeños negocios, los comercios de servicios básicos y –algo importante- la lucha contra el desempleo. El huracán, paralelamente, ha hecho a la población más consciente de que debe programar un seguro adecuado para sus viviendas (un seguro que penaliza la declaración de la renta, como me dijo ayer el buen Bruneau); estos seguros parecen haber aumentado, con un total de cuatrocientas dieciocho mil solicitudes de pólizas contra huracanes.

En resumidas cuentas, la FEMA ha donado a Nueva Orleans su segunda mayor cesión de fondos, solamente superada por el 11-S neoyorquino. Unas donaciones que –según el dossier- pretenden “ayudar a las personas a entender su situación actual y entender sus reacciones emocionales.” Una ayuda emocional, dicen, que pretende solucionar el estrés que muchos de los ciudadanos todavía no pueden sobrellevar; “Muchos adultos y residentes en Louisiana están experimentando estrés, ansiedad, depresión, y otros problemas relacionados debido al gran impacto que este huracán tuvo en nuestras vidas.”

En ese sentido, la FEMA tiene un programa de salud mental (el Louisiana Spirit) que permite a los ciudadanos que sufren estrés llamar a un experto/psicólogo que les puede dar visita por teléfono sin abrirles un expediente médico ni registrar su nombre. Parece que la FEMA sabe, en definitiva, que los ciudadanos –o alguno de ellos- no quieren tener muchas relaciones “psiquiátricas” con las organizaciones del departamento de Homeland Security.

Igualmente, las indicaciones de la organización no dejan de tener un punto psicológico (y por tanto, paternalista bastante barato) que me llama la atención; “cualquiera que haya sido afectado en el área del huracán ha sido impactado por el estrés de ser sujeto a la furia del huracán Katrina, aunque lo sepan o no. Adultos y niños pueden estar experimentando una incomodidad general o indisposición después que sus vidas fueran afectadas por el huracán. Hasta escuchar repetidamente los noticieros sobre el huracán puede causar a un individuo sentirse depresivo o “blue”. Es normal sentirse depresivo o ansioso después de un evento traumático. No importa si el sobreviviente es un hombre, mujer o niño, rico o pobre, o de cualquier raza- la depresión, ansiedad, y el estrés no hacen distinción.”

Estrés, depresión… la FEMA, más que una asociación de reparación de desastres, parece haberse convertido en un gabinete psicológico (lo que, dicho sea de paso, certifica un viejo pensamiento mío según el cual la psicología es una arma del poder para amansar la mala leche –ahora lo llaman “estrés”- de la gente que está cabreada). Curioso tiempo el nuestro; parece que hay mucha gente que no puede tener asistencia sanitaria en América (se calcula que un cuarto de la población, siendo optimistas, no tiene seguro médico), pero sin embargo podemos tener asistencia psicológica totalmente gratis; un logro de la asistencia psicológica, vamos.

Sea como sea, la agencia da algunos consejos para aliviar el estrés, unos consejos que no sé como sentarían en barrios como el Lower o en Lakeview. “Tome tiempo cada día para su hijo, limite el tiempo para ver la cobertura de las noticias, comprenda sus miedos, motívelos a hablar y a describir lo que están sintiendo, vuelva a las rutinas diarias (jugar, darse caricias).” Darse caricias, dicen. El problema es que la gente debemos tener cierta disposición para darnos caricias, y que muchos de los niños de los que habla el estudio, claro está, no pueden volver a sus casas ni a escuelas vacías como las que yo he visto con mis propios ojos, queridos amigos.

De los casos que la FEMA describe –en un estilo literario bastante cercano al cine de Hollywood, cierto es- me fío absolutamente. Gente que estuvo durante un tiempo fuera de su casa y que volvió con ayudas de hasta once mil dólares, subvenciones para la decoración, etc. El problema es que este documento no habla en ningún momento de todas las familias que todavía están por venir llegar a esta ciudad y que todavía deben contarse como su población; que treinta y dos familias todavía vivan en hoteles (un número cercano a la nulidad) no conlleva que muchas familias estén viviendo fuera de sus casas cuando su voluntad, sea factible o no –como decía Bruneau ayer- sería otra. Los casos me parecen correctos; el enfoque me parece demasiado pequeño, teniendo en cuenta que la población de New Orleans todavía está fuera de su ciudad.

El documento de la FEMA, insisto, tiene mucho de literario; en la sección que se dedica al Louisiana Family Center, el autor anónimo del dossier, nos explica la historia de Mellisa Austin, una joven madre que perdió a su hija –antes del huracán- en un accidente de tráfico. La pérdida de su hija le llevó a trabajar en el LFM, para que ningún padre o madre pasase por lo mismo que ella había experimentado. Pues bien, Mellisa explica la historia de Barbara Wyatt, una señora de cuarenta y ocho años que desconocía que su madre vivía en Woodville (Mississipi) a tan solo unas horas de ella. Su madre la había “cedido” a unos parientes para dejarla con ellos y marcharse después para siempre; la experiencia del Katrina la hizo recapacitar y buscar a su hija, a la que encontró después de decenas de años. Una experiencia sin duda a tener en cuenta, claro está, pero más propia del añorado Paco Lobatón que no de una organización destinada a la seguridad y a paliar el efecto de catástrofes naturales…

Y, puestos a hacer literatura, siempre es bueno dar un toque surrealista a la obra en cuestión. En el dossier que estoy leyendo existe un reportaje sobre un funeral que la ciudad dedicó a los animalitos que se habían perdido, que eran también –bueno es saberlo- “criaturas de dios”. Como dijo el reverendo Hill, oficiante de la ceremonia, “estos animales eran parte de las familias, queridos como familias e incluso la única familia de algunas víctimas.” Debido al apego ahora descrito, las autoridades de la FEMA piensan también elaborar un plan para el posible desalojo de mascotas. El amor, que quieras que no da calor en tiempos de agua y viento, hace que muchos dueños se queden con sus mascotas en casa y no huyan hacia lugares más seguros. Por tanto, ya saben; si tienen mascotas y viven en zonas huracanadas, la FEMA recomienda llevar comida para que las mascotas puedan comer durante tres días. Evidentemente, la mascota también tiene su pequeña alma y una potencial psyche que es carne de psicólogo. Como dice este manual apresurado, “Recuerde que las mascotas se desencajan cuando nuestro descanso se altera. Siempre verifique si la mascota será bienvenida allí donde usted va.” Ya saben; nadie nos dijo que tener mascotas fuese fácil.

Tampoco, por otro lado, debemos olvidar el costumbrismo, un género no muy habitual en estos tiempos de vanguardias, pero a tener en cuenta igualmente. Uno de los comunicados nos narra las historia de los indios Chitimacha (una tribu reconocida, ahí es nada, por la Oficina de Asuntos Indios de Estados Unidos), que refugió en su reserva a una cincuentena de afectados por el huracán. La gracia es que esta tribu tan acogedora –fíjense lo que han cambiado las tribus indígenas- tiene hasta escuela propia con profesores licenciados para cada curso. Este nivel de intimidad hizo que algunos de los refugiados incluso aprendiesen la lengua de la tribu. No hace falta decir que –por su labor intercultural- los Chitimacha también recibieron su subvención.

Demasiada literatura, en definitiva, para un estudio que resalta también la buena labor de la FEMA. Aunque puedan discutirse algunas decisiones (como la de contratar escritores de segunda para los dossiers de prensa) pienso que la agencia, como me han dicho muchos ciudadanos, no tiene culpa de que no exista un plan de reconstrucción bien definido para New Orleans. En ese sentido, solamente un plan del gobierno federal podría llegar, aunque aproximativamente, a solucionar esta problemática. Pero ese plan no llega, y los días pasan.

9.00 PM;
Tras un día de lecturas ensiestadas, nada mejor que volverse al French Quarter (alias Lloret de Mar) para poder seguir al ritmo del ocio cutrillo de la ciudad. Hoy, el French Quarter es una fiesta. Me lo ha soplado un vecino de mi hotel, de unos cincuenta y cinco años, al que pude ver llegar el jueves a su habitación con perfecto traje y corbata y al que ahora puedo ver con unas botas negras, tanga purpurina, camiseta imperio y gorra de marinero con una dignidad absolutamente inglesa. Efectivamente, hoy el New Orleans Boys (al final de la calle Bourbon) celebra una “parade” gay multitudinaria.

El homosexual dormido que llevo dentro y el curioso que llevo dentro y fuera se dirige encantado al lugar. La verdad es que, a mí, me dan cada vez más envidia los homosexuales. En la calle Bourbon todo el mundo va medio en pelotas; hay chicos que se conocen hace cinco minutos y ya se están metiendo mano hasta en el estrecho de Gibraltar. Y esa promiscuidad y alegría –lo único que no tolero, pese a ello, es la estética a lo marinerito- a mi me encanta, me da una envidia muy sana. Sé que no se puede englobar a los homosexuales en un solo pack, pero hasta esta extravagancia/reunión de locas la encuentro divertida.

Dentro de los clubs hay boys bailando en calzoncillos, a los que los clientes van ofreciendo billetes de dólar sin parar. En esta parade tenemos todas las tipologías gays imaginables; ositos, cachitas, drags… un espectáculo. Incluso, algo dejadas de banda, pero las hay, subsisten algunas lesbianas que reivindican su quehacer con menos descaro. En el cruce entre Bourbon y Dauphine hay un travestido estupendo vestido de color púrpura que –por una módica cantidad de dos dólares o lo que se tercie- te azota con un látigo en el culo para luego fotografiarse contigo. Probaremos otro día.

1.00 AM; En el Spotted Cat, un local minúsculo de Frenchmen Street, toca una banda de cuatro saxofones magnífica. Acostumbrado a la avaricia nocturna neoyorquina (aunque parezca mentida y tópicos a parte, algunos barrios de mi ciudad mueren a las diez de la noche) esta vitalidad me entusiasma. En consecuencia, decido –en voz alta y sin que me tiemble la voz- hacer algo que todo hombre debe hacer alguna vez en la vida; ir a un club de topless, y que sea el más rastrero posible.

Retrocediendo por Bourbon, esta el New Orleans Cabaret, un pequeño y mugriento establecimiento en el que un joven engominado sostiene un cartel –en español- que reza el reclamo “sexo en vivo”. Que en el local en cuestión pueda verse sexo en vivo es algo tan improbable como que yo me alegre de un gol de Figo, pero las mentiras –en esta vida y en el sistema capitalista- tampoco son tan intolerables.

El New Orleans, evidentemente, no exhibe escenas de sexo salvaje. Es más bien un local cochambroso para enfermos genitales como servidor. La entrada, cierto es, parece ser gratuita. Sin embargo, la cerveza (una Heineken de botella) nos cuesta a mi y a mi bolsillo ocho dólares. La cosa es bien sencilla; un local de cuarenta metros cuadrados, con sillas tipo western y mesitas pequeñas, y un escenario de felpudo rojo con una cama que parece de colonias (con dos peluches de animales, entre ellos una gallina con un pene cercano a los veinte centímetros eternamente soñados por todo el género humano masculino, myself included).

Cuando me siento en la platea de honor del Cabaret, esta actuando Jessie, una chica más bien regordeta, con los pechos caídos y una peluca negra que haría que Carmen de Mairena pareciese miss España. La verdad es que ver a Jessie en su número se asemeja más a una comedia con tintes trágicos que a un espectáculo sexual. La pobre debe bailar (o moverse, dejémoslo así) con unas plataformas que convertirían a cualquier tobillo en el de Aquiles. Cuando se pasea a gatas por el escenario, la pobre arrastra las piernas a cámara lenta. Aproximando su pubis a la cara de un co-espectador mejicano que se sienta en la barra, y que parece enormemente avergonzado, Jessie bosteza de aburrimiento; su espectador, rojo como un tomate, no puede encontrar en su cartera ni un dólar para darle (claro, las monedas no se pueden insertar en las bragas ni en los tobillos de las sexy girls).

La segunda prima donna es Paula, una hispana espectacular que se mueve con más brío, mientras –supongo que para distraerse- musita la canción que nuestro discjockey nos dispara. Mientras Paula baila, se acerca a mi mesa Charlotte, una estupenda chica negra que me ofrece un servicio privado, “with some more intimacy” (aquí deberíamos saber qué acepciones de la palabra intimidad se nos proponen). El servicio de striptease cuesta unos veinte dólares, afirma Charlotte, una mujer que –curiosamente- encuentra mis ojos muy bonitos y sostiene también que mi sonrisa es especialmente carismática. Pero debo denegarle a Charlotte una sesión que –evidentemente- entre propinas y champaña-no-quiero-ni-saber-la-marca me costaría cien dólares, un dinero que mi jefe estaría encantado de sufragar (“pequeñas gabelas”, decían nuestros abuelos).

Cien dólares, queridos amigos. Lo que uno se puede gastar en una cena, se lo ventila viendo mover el culo a la simpatiquísima Charlotte, una mujer escultural con quien servidor no osaría meterse en la cama no por motivos higiénicos sino por miedo a perder su masa ósea. Sea como sea, Charlotte se despide con un beso y deseándome buenas noches. La verdad es que, por un momento –y por perversión- me encantaría ver bailar desnuda a esa chica delante de mis morros. No es cuestión de moral, sino una cuestión meramente estética; su pudiésemos cambiar el felpudo por un simple parquet y un muro blanco y la música hip hop por el último movimiento de la Júpiter, ahí estaríamos todavía la miss y servidor. Sería maravilloso; pero será mejor irse a la cama, como hace desde hace tiempo la gallina, con su gran pene…

Monday, September 04, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (02-09-2006)

DIA III (02-09-2006)

9.00 AM; Es hora de conocer la versión oficial de la FEMA en todo este embrollo. La FEMA es una organización que depende del departamento de “Homeland Security” y que se encarga de gestionar desastres naturales y emergencias en todo el país. Me llama Alberto A. Pillot, Public Affairs de la FEMA en New Orleans; me cito con él en el cuartel general de la entidad, en West Park. Alberto es un simpático puertorriqueño de trato enormemente agradable y risa fácil. Me recibe acompañado de uno de los miembros/portavoces de la organización, que –según me cuenta- estará presente en la entrevista como trainer (una especie de jefe de personal que evalúa a sus empleados). Sin embargo, ante cualquier pregunta comprometida o difícil (en una situación como estas, todas lo son) Alberto siempre me pide que pare mi grabadora y, antes de contestar, comenta mi pregunta (en inglés) con el tipo que nos acompaña, que le da algunas consignas generales sobre lo que debe decir. En resumen, una entrevista a dos bandas bastante curiosa.

Alberto expone los principales trazos del proceso de recuperación de New Orleans. Un año después del Katrina, “FEMA ha seguido trabajando para ayudar a los ciudadanos y terminar el trabajo iniciado hace un año; en primer lugar, tenemos un plan de asistencia individual de inquilinos; en segundo lugar, existe un plan de asistencia pública en reparación de hospitales, puentes, carreteras, escuelas o cualquier servicio público; la tercera parte, finalmente, mira hacia el futuro, para mitigar posibles catástrofes y ayudar a que tengamos mejores medios para pararlas.”

Al preguntarle por un futuro del que, por el momento, todos dudan, mi entrevistado insiste en el papel preventivo que su organización intenta resaltar; “FEMA intentará tener un plan para preparar y construir mejor las viviendas, para tener mejores planes de desalojamiento en caso de huracanes; hasta ahora, hemos impulsado subvenciones de 4.2 billones de dólares en ayudas para esta preparación; queremos que la gente sea más consciente de que hay que estar mejor preparado.”

Por otro lado, afirma leyendo intermitentemente un prospecto de la entidad, la FEMA “ha dado 4.8 billones de dólares para la reparación de puentes y carreteas, unas infraestructuras como el Super Dome (el estadio en donde los refugiados se apelotonaron días después del huracán) –que costó cien millones de dólares. También hemos retirado muchos escombros; tantos como 99 millones de yardas de basura y desperdicios.”

Cuando de pregunto por la gente del Lower y otros barrios afectados, Alberto insiste que “la FEMA no deniega ni ha denegado ayuda a nadie; todo el mundo puede solicitar ayuda llamando a nuestros números. Tenemos mucha gente trabajando en nuestros centros; a veces, la gente no se atreve a llamar porque no está informada, pero nosotros –insiste nuevamente- estamos aquí para ayudar.” Igualmente, mi entrevistado admite el valor temporal de sus ayudas, unas ayudas que –sin embargo- deben estar ahí hasta el final de la tragedia; “FEMA es una agencia de ayuda temporal; queremos que todo el mundo vuelva a trabajar, vuelva a vivir su vida anterior. No queremos que la gente viva así toda la vida, queremos que echen para adelante y por ello les proveemos con un dinero temporal. Esta situación no es para vivir toda la vida; el propósito es que vuelvan a su hogar.”

La labor de prevención y de recuperación de la FEMA, no obstante, no parece tener un final claro; “el tiempo de recuperación es indefinido; no hay un número de días ni una fecha que pueda determinar esta situación. Mucha gente depende de las ayudas para volver a sus casas; y las ayudas están llegando. Los “trailers” no son como una casa; pero con la gente que hablo ya me cuentan que son como su hogar. Ellos están satisfechos y están con su familia. El tiempo dirá, pero yo creo que están contentos con la FEMA”

13.00 PM; Al acabar la entrevista, como con Alberto en un restaurante chino del barrio de Lakeview, una zona enormemente afectada por el Katrina (está justo al lado de uno de los diques que se desbordaron). Alberto, ahora más suelto y “sin vigilancia”, se explica con mucha mejor soltura y precisión. “La gente pretendería que la FEMA pudiese darles cien mil dólares a todo el mundo, para construir una casa. Pero ellos se tienen que dar cuenta de que eso es imposible; nosotros solamente podemos cubrir las primeras necesidades de las personas; podemos reparar techos, instalar electricidad en las casas. Pero no podemos devolverles a las personas todos sus bienes sin que éstos sean de primera necesidad. No podemos comprarles un televisor, o una moto para sus hijos.”

En el coche, Alberto me muestra las estaciones de bombeo de la ciudad, unos almacenes enormes que bombean el agua de los diques hacia el lago. El día del huracán, las estaciones estuvieron paradas porque en el estado se había declarado la evacuación total de la zona y no se pudo hacer nada; “La gente tiene que tener en cuenta de que nadie esperaba algo así. Nosotros nunca habíamos vivido una tragedia que afectase a tanta gente; este año la FEMA ha recibido un millón y medio de solicitudes de ayuda! Si miras esta zona en la que estamos (señala la carretera y un puente de unos diez metros de altura) todo esto estaba absolutamente lleno de agua. Nadie podía esperar una cosa así.”

14.00 OM; Al acabar de comer, paseo por el barrio de Lakeview; si bien el efecto del Katrina fue igual de terrible en este lugar como el Lower, este barrio parece tener (aunque uno puede ver algunos coches destrozados e incluso botes y barquitos en las calles) un aspecto un poco mejor. Las casas, bastante más señoriales, están –muchas de ellas- fabricadas en piedra o cemento, lo cual ayuda en estos casos.

El azar del mal periodista que soy hace que mi primer entrevistado –al que encuentro intentando rellenar su coche en una gasolinera medio abandonada- sea Emile “Peppi” Bruneau, un representante estatal del distrito 94 de Louisiana. Bruneau es un simpatiquísimo sesentón con piel color de gamba y orígenes europeos, contentísimo porque se va a buscar a su novia, que viene de Los Ángeles; se nota que sabe lo que piensa y lo dice sin tapujos. El barrio de Lakeview, me cuenta, “es un barrio muy fuerte, de clase media y alta, compuesto básicamente por propietarios. Mucha de la gente que vive aquí nació aquí y construyó aquí sus casas. Nosotros lo construimos y, en comparación con algunas zonas de la ciudad afectadas por el huracán, estamos muy bien. Volveremos aquí, y éste será un barrio mucho más joven, pero –aun así- será una zona muy bonita para vivir.”

Según Bruneau, hay muchas casas de Lakeview –algunos negocios, también- que podrán ser ocupadas en poco más de un mes. Él tiene su edificio alquilado a un precio un poco superior del que él pagaba; su hijo menor tiene una casa en la calle veintidós, que quedó muy dañada; “es una casa de cemento que va a tardar un poco más en reconstruirse; mi hijo mayor vive también aquí y acaba de derruir su casa, aunque ya tenia planes para hacerlo; el huracán le dio más prisa. La mía, que estaba un poco más lejos de los diques, estará lista, según me dicen, a principios de octubre”

Cuando le hablo a Bruneau de lo que pude ver ayer, y de los cabreos de la gente con la FEMA, su respuesta es tajante; “Mire, si usted espera a que el gobierno tenga cuidado de su vida, puede esperarse para siempre. Particularmente, con la actual gobernadora de este estado. La gente habla de la FEMA, pero lo que la gente debe entender es que América es una república federal. El gobernador debe declarar un estado de emergencia, un estado que debe apoyar el presidente… y éste es un proceso muy lento. Las cosas son así. A mi no me ha gustado nada como la gobernadora Blanco ha llevado la gestión; mejor dicho, no ha habido gestión en absoluto.” Existe un dato de esa falta de gestión gubernamental que me llama mucho la atención; “Aquí, por ejemplo, penalizamos a la gente en su declaración de impuestos si pide un seguro de inundaciones. Eso es ridículo!”.

Ya que los responsables de la FEMA no han sido muy explícitos en las labores de reconstrucción, pregunto a mi interlocutor si se está haciendo lo necesario para solventar esos problemas de manera adecuada, para que no pase lo mismo; “Si y no. Este tema lo conozco bastante bien; esto es (mirando al muro del este del barrio) un muro de retención de un canal de drenaje que asiste al note de la ciudad. Ahora lo están hundiendo un poco más, para hacerlo más profundo. Yo estoy tranquilo, porque este vecindario no es muy profundo. El problema fue que las bases del canal no eran lo suficientemente profundas; ahora dicen que las están haciendo más resistente Aquí nunca habíamos tenido inundaciones de ese tipo; si lo hacen así, estaré tranquilo. ”

Cuando le pregunto por el futuro de la ciudad, Bruneau me regala nuevamente con una predicción muy sincera; “Mire. Para serle honesto; yo creo que Saint Bernard Parish, la parte este de Flackwin Parish y todo lo que está más abajo del Industrial Canal (menos un pequeño puente que está en el Mississipi) probablemente nunca volverá a estar habitada. A pesar de todas las protestas, y teniendo en cuenta que el Mississipi Outlet está cerrado, no tiene sentido volver a abrir esa zona, porque se inunda muchas veces. Esta no es la primera ni sería la última.

En lo que toca al retorno de la gente, la respuesta es lapidaria; “para serle honesto, no creo que esta gente (los habitantes del Lower) vuelva nunca a la ciudad. Alguna gente volverá, claro, pero mi intuición me dice que no; si no tienes una propiedad y no has vuelto hasta ahora, cada día que pase lo hará menos probable. Llevas a los niños a la escuela... ya sabe. Además, todas las casas de esos barrios –menos el de Saint Thomas- eran casas construidas en los años treinta y no servían ni para subsistir. No hay muchas cosas para reencontrar allí.. Además, para la gente que alquiló y no tenía ningún negocio… no creo que vuelvan, vaya.”

Dada la sinceridad con la Bruneau me está contando su punto de vista, no puedo dejar de sacar el tema implícito del racismo en la ciudad; “Déjeme mostrarle algo. Desde este dique de ahí hasta el que llega al final del distrito, hay unas dos millas; desde el lago Ponchartrain hacia el sur, hay unas tres millas. Toda esa zona fue devastada por el Katrina, exactamente igual que todas las zonas más afectadas de la ciudad. Y esta zona es blanca en un noventa y nueve por ciento. Me entiende? Me da igual lo que digan Spike Lee y todas esas visiones desviadas según las cuales los diques de contención afectaron más a las zonas de población negra. Los diques se fueron al traste porque estaban mal construidos; nadie los hizo saltar, me entiende? Mire, yo vivo a dos bloques de aquí, del Orleans Canal, el primero que se construyó en la ciudad. Es un canal de treinta pies de profundidad; el que estamos viendo ahora solamente tiene 12 pies! Esto no tiene que ver con la raza. Hay muchos barrios mixtos en la ciudad; decir que el Lower se inundó más o que tardó más en recuperarse porque es una zona negra, a mi, no me convence. Por otro lado, cualquier persona que quiera trabajar hoy en día en New Orleans, puede conseguir un trabajo bien pagado.”

La visión de Bruneau, no nos tiene que sorprender. Es la visión del propietario de clase media americana. Cuando le pregunto quién debe tomar las riendas de la ciudad, no duda en responder que la solución está en manos de los home owners; “uno tiene que protegerse, volver a tus rutas personales; si viene ayuda del gobierno, bienvenida será; todo el mundo ha tenido los 4300 dólares que necesitaba de la FEMA. Pero el modelo de vida americano es volver al trabajo.” Evidentemente, mi agudo conversador se muestra absolutamente contento con la nueva inmigración que proviene de los países latinoamericanos; “Sé que hay mucha gente a la que le molesta, pero a mí me parece perfecta. Los Hispanos son gente muy trabajadora y muy educada; son un gran impulso a la ciudad.”

A esta predicción se le suma un retrato un tanto melancólico/estoico de New Orleans; “New Orleans ha pasado por incendios, huracanes. La ciudad cambiará, pero lo hará para mejor. Habrá más propietarios y muchas casas viejas van a tener reemplazos.”

Hablar con Bruneau ha sido una experiencia muy interesante. De hecho, lo más curioso del tema es que personas como Bruneau me dicen exactamente lo mismo que algunos habitantes del Lower. Él no dice que esa gente no viva mal, ni que no se merezcan ayuda. Su visión es la de un propietario, de alguien que parte de un modo de vida que no es el de esas zonas. Para él, es algo natural que la gente no pueda volver al Lower; como ha dicho antes, no tendría sentido volver a una zona que puede volver a inundarse. Cada vez estoy viendo con mayor claridad que, en esta ciudad, cada uno –con los mismos hechos- tiene su propia e inexpugnable razón.

11.00 PM; New Orleans, en la calle Frenchmen. Amy me lleva al DBA a escuchar un poco de gipsy jazz; una gozada. Aunque estemos en una ciudad con una tristeza enorme, el gintónic de Tanqueray sabe igual de dulce. Y tenemos ganas de reírnos; y lo hacemos.

Saturday, September 02, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (01-09-2006)

DIA II (01-09-2006)

9.00 AM; Hoy ha sido un día de enormes contrastes, en el que he visto esferas vitales absolutamente dispares y alejadas.

Por la mañana visito el Lower Ninth Ward, uno de los barrios más afectados por el Katrina. El Lower está al sur del Mississipi, en una zona sombría y seca que los colonos franceses no se atrevieron ni a pisar y que los primeros cronistas americanos de la ciudad definían como pestilente y sucia. El novelista George Washington Cable la describió hace tiempo con una frase que bien podría reutilizarse actualmente; el Lower es “una tierra atada al dolor (…) oscurecida por cipreses gigantes, sumergida; una tierra de serpientes, silencio, sombra, decadencia.”

Los ciudadanos negros libres y algunos inmigrantes europeos cortaron esos cipreses sombríos, llenando la zona de casas residenciales familiares; en el Lower nunca tuvieron muchos hospitales, ni colegios, ni grandes infraestructuras (supermercados, centros comerciales). Era un barrio (ahora es una ciudad fantasma) en el que la gente vivía, simplemente, ayudándose; un distrito, en definitiva, con aires tribales.

El siglo XX tampoco trajo mucha alegría a las sombras del Lower; la modernización de la ciudad conllevó la construcción del Industrial Canal, una estructura que conectaba el Lago Pontchartian con el río. Tiempo después, hasta tres puentes conectarían la zona con la ciudad; sin embargo, el barrio siguió viviendo en la más estricta soledad.

En tiempos del Katrina, en el Lower vivían solamente catorce mil personas, menos del tres por ciento de la población de New Orleans. Sin embargo, la destrucción absoluta del barrio llegó a personificar la desesperación de una ciudad abandonada por todos. La situación era y es muy compleja; el barrio es uno de los más pobres de la ciudad. La mayoría de sus habitantes no pasan de un sueldo de treinta mil dólares anuales (la media nacional son cincuenta y siete mil).

Por otro lado, inevitablemente, está lo que parece ser “el gran problema”; su población es totalmente negra. Unos ciudadanos negros, por cierto, bien acostumbrados a luchar por sus derechos. En 1960, la presión social del barrio (en el caso Brown contra el Board of Education) consiguió que un chaval de seis años, Ruby Bridges, pudiese entrar (acompañado por policías) en la William Frantz Public School, entre simpáticos conciudadanos que le gritaban “cabeza de burro”.

Mientras se calcula que un cuarto de la población de la ciudad se ha perdido desde el huracán, el segmento negro se resiste a abandonarla (hasta un sesenta y cinco por ciento de negros se han quedado en New Orleans). Por otro lado, esta era una de las zonas con mayor índice criminal del país (lo llamaban “la capital del crimen en la capital del crimen”).

Sin ser un barrio muy profundo (alguno de sus casas están por encima del nivel del mar) el Lower se sitúa en lo que fue una encrucijada mortal; entre dos canales, el Industrial y el Mississipi River Gula Outlet. Algunos vecinos todavía recuerdan, asustados, como el barrio se inundo la mañana del veintinueve de agosto. Las imágenes de las casas, con gente esperando hasta dos días a ser evacuada en sus tejados, dieron la vuelta al mundo. Por un momento, el país más poderoso del planeta parecía un lugar perdido del tercer Mundo.

Los vecinos, como es lógico, estaban desesperados. No ayudaron mucho declaraciones como las del congresista republicano Richard Baker, de Baton Rouge, que fue cazado por los medios en una conversación privada con inversores inmobiliarios afirmando “por fin hemos limpiado New Orleans de vivienda pública. Nosotros no pudimos hacerlo, pero Dios sí.” Poca ayuda, insisto. Por otro lado, Kames Reiss, un empresario del ramo electrónico, afirmo –en declaraciones al Wall Street Journal- su deseo de ver la ciudad transformada “demográficamente”. Paralelamente, en los barrios comerciales de la ciudad (como el French Quarter, en el que estuve ayer, o en distrito central), uno podía notar como los propietarios de enclaves turísticos prácticamente no sabían nada del barrio. Sus habitantes, claro está, no contribuían a la economía de la ciudad.

Ante este panorama, no es extraño que el Lower fuese uno de los pocos barrios que la National Guard llegó a cerrar a cal y canto durante el Katrina. Las autoridades de la ciudad, paralelamente, prohibieron a sus vecinos entrar en el barrio a buscar sus pertenencias, aunque –cierto es- el Lower solamente era la imagen de un esqueleto urbano. Actualmente, sus ciudadanos desconocen si el barrio llegará a poderse reconstruir. Lo que sí es cierto es que hay familias que han vivido en él durante muchos años y se resisten a abandonarlo. La frase que más he escuchado está mañana es “esta es mi casa; y no me quiero marchar”.

11 AM; Llego al Lower en taxi, el único medio que me permite ir a la zona. Cuando le canto el destino a mi conductor, el hombre me mira con cierta extrañez. Un tipo blanco, raquítico, de unos sesenta años y –cosa terriblemente rara en un taxista norteamericano- bastante silencioso. Intento romper el hielo con algunas preguntas sobre el lugar. “¿Cree usted que van a reconstruirlo?”, “¿conoce a alguien que viva ahí?”; mi taxista, simplemente, se encoge de hombros, afirmando “We just don’t know” (no sabemos nada). A la tercera respuesta idéntica, dedico callarme (mi conductor está más interesado en tratar su diabetes; hoy ha olvidado tomarse su segunda inyección y nota demasiada calor en el cuerpo).

Cuando me deja en el centro del barrio, me da una tarjeta de la compañía de taxis, advirtiéndome del peligro de la zona. Más que peligrosa, a mí la zona me parece absolutamente deshabitada, le comento. “Es mi obligación insistirle. Tome una tarjeta para llamar a otro taxi. Esta es una zona muy peligrosa, créame. Mucho más –afirma decididamente- para un hombre blanco.”

Caminar por el Lower es, sin duda, una de las experiencias más fantasmagóricas que he podido vivir jamás. El barrio sigue siendo la imagen viva del Katrina. Centenares de casas absolutamente derruidas, coches cadavéricos que se amontonan en las calles, objetos desperdigados, polvo y barro a mansalva. Entre todas las casas (unas residencias familiares de unos ciento cincuenta metros cuadrados, que debían ser más que dignas hace doce meses) encuentro algunos trailers (unas caravanas tipo camping,) instalados por la FEMA. Las casas se cuentan por centenares; los trailers, por decenas.

En la primera caravana a la que me acerco viven Margaret Howard y su marido Hagin. Margaret vive en el Lower desde que tenía siete años. “Esta era una buena zona para vivir. Los niños se portaban bien, la gente era buena; todo el mundo se ayudaba y vigilaba las casas de sus vecinos”.Tras el Katrina, los propietarios de las casas del barrio pudieron solicitar una caravana en la FEMA. Las caravanas ocupan poco menos de veinte metros cuadrados; pero, como dice Margaret, aunque puedas bañarte y tener agua, aire acondicionado y electricidad, “esto no es una casa”.

Mientras se desfoga con este desconocido, a Margaret le tiemblan los labios y mira todo el rato hacia las casas de sus vecinos: “La gente está asustada y no consigue volver. Están en Texas… en todas partes. Pero aquí nadie hace nada para la gente. Nos sentimos muy solos, estresados. Yo lo he perdido todo con esto. No tengo casi objetos materiales, y no estoy acostumbrada a vivir así. Pero doy gracias a Dios porque al menos todavía conservo mi vida, afirma con resignación.”

Cuando le pregunto por qué sigue viviendo en el barrio, no duda en responder algo que, insisto, voy a oír bastantes veces durante esta mañana tan calurosa; “Quiero vivir aquí porque aquí es donde crecí y nací. Y porque me gusta. No quiero vivir en ningún otro sitio, ni en Texas ni en ningún otro lugar. Me encanta New Orleans y quiero quedarme. No estoy asustada por los huracanes; eso fue la voluntad de Dios… No estoy asustada. Quiero que la gente vuelva a sus casas y que nos continuemos ayudando.”

Hagin, un hombre negro de rostro felino –con un acento prácticamente inteligible y una piel marcada por la resignación- muestra su cabreo con mayor descaro; “Yo no les creo (en referencia a los miembros de la FEMA y a los políticos en general). Le prometieron dinero a mucha gente. La gente del otro lado del río tiene dinero. Aquí no tenemos ni un dólar. Muchas mentidas, eso sí que tenemos. Yo tengo cincuenta y cinco años. Tenía una casa de alquiler; ahora no tengo absolutamente nada”

Tras despedirme de ellos, sigue la travesía en el desierto. Pasan diez minutos y –a lo lejos- diviso unas seis personas en el porche de una casa derruida. Es la familia de Terry Lynn, una señora de unos cincuenta años que también tuvo la desgracia de optar por alquilar una casa en el Lower. Ferry vive con seis personas en su antigua casa, que tuvo que limpiar y vaciar ella misma semanas después del huracán. Sin preguntarle a penas nada, dispara toda su ira en mi micrófono; “Que cómo me siento? Miserable! Alguien tiene que hacer alguna cosa con esto. Necesitamos ayuda para volver a nuestras casas; donaciones, ayudas, lo que sea. He vivido en un hotel que me costaba cincuenta y cinco dólares por noche. Ahora no tengo ni para el hotel y tengo que vivir en la calle con mis dos nietos, mi marido y mi hijo.”

Terry recibió ciento treinta y tres dólares en ayudas de la FEMA; su casa de alquiler en Houston (que tuvo que abandonar) le costaba setecientos cincuenta. Ha vivido en el Lower, que “ha sido su casa durante cuarenta y dos años”. No conoce ningún otro lugar en el estado, y a penas pasea por la ciudad. Su nieto, al que sostiene en brazos, tiene fuertes dolores de cabeza y fiebres repentinas. Terry no tiene una tarjeta de la Seguridad Social; no puede llevar a su familia a ningún hospital, ni tampoco puede permitirse que sus nietos vayan a la escuela.

Cuando les comento que me parece curioso que un alcalde negro deje de lado a sus congéneres, el hijo de Terry (unos veinte años, con la dentadura superior dorada y una mirada de odio que asusta) se acerca a mi y me suelta “Hasta un blanco lo hubiese hecho mejor. Mira nuestro barrio, tío. Que nos han dado? Caravanas? Vamos, tío. Un blanco lo hubiese hecho mejor. Es una lástima que reeligiesen a ese alcalde… Mira a tu alrededor; esto es real, tío.”

Terry vuelve a limpiar su casa. Camino una nueva travesía, hasta que encuentro a Gray y Richard, dos simpáticos trabajadores de la construcción que habían visitado Barcelona, Valencia y Málaga con la Navy hace treinta años y que todavía recuerdan las principales marcas culturales de nuestra patria; a saber, la paella y la sangría (curiosamente, New Orleans conserva un plato llamado Jambalaya –una mezcla de arroz con cualquier cosa que se preste- que se supone hija de la paella). Entre tanta tristeza, estos curiosos trabajadores son como un bálsamo de aire fresco.

Richard está rehabilitando, sin ayuda alguna, la casa de su sobrina. Su indignación se filtra en ironía y sentido del humor; “Vete al City Hall y pídele al alcalde un poco de dinero, por favor”, me suelta entre risas. Gray (el único blanco que he visto hasta el momento) reflexiona con calma; “Hay cosas muy tristes de este país. Estamos gastando mucho dinero en Irak y aquí no tenemos dinero para edificar nuestras casas; nuestro país invierte en la construcción en Irak, y aquí hay gente que no puede vivir en sus casas.” Nos despedimos amistosamente, prometiéndonos una sangría en Barcelona, en donde Gray –afirma decidido- ha visto las mujeres más bonitas del mundo. Unas marcas nacionales, repito, dignas de admiración…

Tras hablar con estos dos personajes salidos del país de las maravillas, encuentro a un matrimonio, Herald y Elisabeth Moore. Herald parece estar en la misma situación que sus conciudadanos, pero su actitud es un poco más optimista; “Estoy construyendo mi casa para mis dos hijos. Espero recibir alguna ayuda, pero de momento lo estoy haciendo solo. Pero sé que Dios va a abrirme las puertas. Todo depende de lo que hagas; si no te mueves no harás nada.” Mi formación cristiana, de la que estoy absolutamente orgulloso, es suficientemente liberal para dudar –dadas las condiciones de vida que veo- de la ayuda de Dios. Pero el sabio Herald insiste en desplegar sus convicciones; “¿Usted conoce a Dr. King (en referencia a Luther King) ¿Él era negro, no? Y mire lo que dijo; no juzguen a mis hijos por el color de su piel. Todo depende de Dios, no de los hombres. Usted es blanco y yo soy negro; usted y yo no podemos hacer que no llueva. Entonces, estamos en el mismo barco. Y por eso nos debemos ayudar.”

Herald tiene algo que siempre he admirado y de lo que me he visto eternamente desprovisto; el don de la fe. Una fe que no me parece alienante; él construye su casa pensando no en su bien, sino en el de sus hijos. La fe no mueve montañas, pero puede llegar a edificar casas. Por un momento, hablando de Dios –mientras come polo frito con “macaroni and cheese”- Harold parece feliz. Su mujer no interviene en la conversación en ningún momento; ni me mira. Al despedirme, cuando bajo las escaleras del porche, Harold sigue insistiendo en su argumento; “Si usted no cree en Dios es que tiene un problema. Las creencias no dependen de los coches que uno tiene. Uno no se lleva dinero a la tumba, créame.”

Pero todavía queda lo peor, después de este pequeño islote de humor y fe. Veo, a lo lejos, a una mujer sentada mirando fijamente a su casa. Le pregunto si vivía ahí y si ve a reconstruir su casa. Con la mirada perdida, se echa a llorar. “No estoy de humor, sabe…”. Abandono el lugar, mirando hacia atrás, mirando la soledad. Creía que ésta sería la imagen más triste del día. Pero me equivoqué; intentando salir del barrio, acabo en una escuela (la Martin Luther King Jr. School). Entrar en un edificio así, todavía con algunos retratos y libros para colorear de los chavales del barrio, y verlo absolutamente vacío, con algunos trofeos tirados en el suelo y retratos de los ídolos inmortales de la reivindicación racial negra llenos de barro, es superior a cualquier imagen de una desgracia. Una escuela sin nadie; sin niños, sin futuro, sin educación. Barro, vacío y un silencio que da miedo.

No sé si los agentes inmobiliarios van a reconstruir este lugar, echando a sus antiguos propietarios y revendiendo las propiedades a sumas superiores. En el mundo capitalista, decía Billy Wilder en “123”, siempre hay alguien que debe hacerse rico… Lo único que sé es que en el barrio no paran de llegar limusinas y algunos coches deportivos de lujo, taxis llenos de turistas morbosos, etc. También hay carteles de anuncios de inmobiliarias, reparadores de techos y vendedores de caravanas a mil quinientos dólares. Eso es lo que veo con mis ojos, y así lo cuento con mis manos.

4.00 PM; Intento llamar a la compañía de taxis que, amablemente y con advertencias para con mi seguridad, me había dejado en el Lower; pero no quieren venir hacia el barrio si no les doy una dirección exacta o un teléfono fijo (¿hay teléfonos operativos en este barrio? ¿existe algo como “direcciones exactas”?). Estoy muerto de calor (hace un día no apto para pieles blancas…) y no veo ni un bar, ni una fuente o una gasolinera para refrescarme ni para beber aguar.

Cuando ya me veo cruzando el puente a pie, un ángel de Brooklyn me rescata y me lleva al otro lado del río en su vieja camioneta tronada. A primera vista, me parece estar soñando; la chica que tengo delante es igual a primer amor de juventud (a quien aprovecho para saludar con la debida pleitesía). Pero la visión es realidad, y no es mi primer amor, sino Ame, una fotógrafa de veintinueve años que vive en Williamsburg (Brooklyn). A Ame le hace bastante gracia que su nombre me recuerde a una canción muy triste de Damien Rice (la canción se titula Amie, pero el nombre se pronuncia igual); le parece gracioso porque todo el mundo recuerda su nombre por otra canción muy cutre al estilo country, canción que –evidentemente- se me escapa y que seguramente odiaría, como todas las canciones de ese vacuno estilo.

Ame me lleva hasta Frenchmen Street. Su acto angélico bien merece invitarle una cerveza. Nos la tomamos en el DBA, un local de jazz de la zona más auténtica de New Orleans. En el DBA, según me cuenta su jefe, estuvo cantando hace una semana un tal Stevie Wonder. Se ve que el tío estuvo actuando en un show para los afectados del Katrina y luego se pasó por el bar y acabó cantando hasta altas horas de la madrugada. Una pena no haber podido estar ahí.

Ame dice que estas cosas extraordinarias acostumbran a pasar en New Orleans. Ella estaba en el Lower, un barrio en el que no se atreve a poner pie, para curiosear un poco y ver la evolución de la ciudad. Con ella hablamos del jazz (parece ser experta en el tema) y de su futuro como fotógrafa. Quedamos para un concierto el sábado en DBA; me enseñará los bares más conocidos de la ciudad la noche del sábado. También hablamos de nueva York, una ciudad que queda muy lejos, y más tras ver el Lower en estas condiciones. Nueva York, otra vez, es la excepción, la isla que ahora se ve de lejos y parece un miraje.

9.00 PM; Tras una merecida ducha, me dirijo al Garden Distric, una zona poblada de estudiantes (ahí está la universidad de Loyola, y la Tulane University), de clase más bien próspera. Necesito algún contacto importante para obtener información sobre algún barrio más de la ciudad que todavía siga afectado por el Katrina. La mejor información, a parte de los taxistas (consejo para jóvenes periodistas de alguien que no lo es) la tienen siempre los camareros, y más si son estudiantes.

Intento entrar en un restaurante de Saint Charle Avenue (la arteria central del Garden), pero casi todos los establecimientos de la zona están cerrando a la hora en la que a un español le empieza a sonar un poquito el estómago. Uno de los responsables del restaurante me recomienda algún lugar que cree estará abierto. “Pero vaya con cuidado. A estas horas, el barrio es peligroso. Antes había gente mala por toda la ciudad. Pero después del huracán, hay mucha que viene por aquí. La gente mala, ya se sabe, tiene que meterse en algún sitio…” Otra advertencia criminal en menos de unas horas…

A medida que camino por la avenida, el Garden me parece más seguro y tranquilo (aunque vacío, claro está) que lo que intentaban describir las advertencias de mi interlocutor. Acabo cayendo en el Gula Stream, un simpático restaurante en el que puedo comerme (por fin) un buen Red Snapper con espinacas y un vaso de vino blanco. Mi camarera, como sospechaba, resulta ser una estudiante de sociología de la Tulane University. Su nombre es Jessica y visitó nuestro país para estudiar español (nota importante; le llaman mucho la atención expresiones como “joder”, “mecagonlaputa” y –por encima de todo- nuestro imprescindible “coño”; por otro lado, tuvo muchísimo trabajo en enseñarnos a nosotros, ignorantes, que Norteamérica no es sinónimo de G.W. Bush; se le agradece un esfuerzo que, visto los niveles de antiamericanismo de nuestro país, deberá reafirmarse un tanto).

Jessica, a parte de buena camarera, me da la información que buscaba; debo visitar la Mid-City, Slidell, Gentilly y Chalmett. Por si fuera poco, mi camarera me ofrece algún que otro contacto con el departamento de antropología de Tulane. Mejor, imposible.

Caminando St.Charles Avenue hacia el norte, me topo con un precioso edificio colonial. Es el Hotel “The Columns”, famoso por su bar, al que asisten regularmente estudiantes pijos de las universidades de la zona; es siempre bonito ver, por otro lado, como los yanquis se emborrachan con dos Coronitas... La terraza, con unas poquitas mesas, es deliciosa. La segunda camarera-informadora del día resulta ser Jennifer, que también es estudiante de Tulane, en este caso de antropología.

Con Jennifer hablamos de la complejidad de analizar la catástrofe de New Orleans únicamente desde el prisma racial. “Hay barrios como Lakeview, que son blancos, y también quedaron destruidos por el huracán y nadie habla de ellos.” Espero ser la excepción. Sin llegar al resentimiento que mostró Steph (lean el diario de ayer), Jenn está un poco molesta con las explicaciones de la prensa sobre el tema. Ante tal complejidad, le prometo que mis explicaciones también intentaran ser complejas.

Tras la segunda parada (y su consiguiente contacto con el departamento de antropología de Tulane) sigo mi excursión por la avenida. La verdad es que esta es una zona preciosa (aunque deslucida por algún árbol caído y semáforos oxidados). Pero sus mansiones son espléndidas, con jardines cuidados al milímetro, piscinas de azul infantil en las que me tiraría en plan bomba sin pensarlo dos veces...

Sin embargo, uno no puede dejar de sentir cierta indignación. El patio de la universidad de Loyola –imitación del de Oxford, pero reducido- contrasta con la escuela que he visto antes en el Lower. Opulencia respecto a vacío, mucho respecto a poco. Eso es, nuevamente, lo que veo.

11.00 PM; Hablo con Francisco, un ciudadano de Honduras que vive en New Orleans desde hace cinco años y que vuelve de su trabajo en bicicleta. Curra, como los más de quince mil hispanos que han llegado a la ciudad en estos últimos doce meses, en un restaurante, fregando y pelando patatas. Le gusta vivir en New Orleans, porque puede enviar dinero a su familia; su madre está enferma de cáncer y tiene que mantener a nueve hermanos. Desde que está aquí, Francisco no les ha podido visitar; su visa se acaba en dos meses y tiene que renovarla pronto, si se quiere quedar. Me cuenta que él tiene los papeles en regla para trabajar pero que –en Kleibor Street- cada mañana, a partir de las seis, se amontonan amigos suyos que buscan trabajo, a los que algunos empresarios y pequeños comerciantes cogen en la calle sin que éstos tengan papeles (supongo que les suena la escena…). La ciudad, dice, ha cambiado mucho. Antes, en el centro (en Bourbon) podías ver a gente “pisando” (así es como los hondureños llaman a nuestro “follar”) pero ahora hay menos gente en todas las zonas; todo el mundo, dice, está un poquito asustado. Ya lo ven; los huracanes acaban mermando hasta las ganas de pisar en la calle…

12.00 AM; Se hace tarde y es hora de tomar un taxi. Me lleva el primer pakistaní que he encontrado en New Orleans. Se llama Mian y vivía cerca del Lower Ninth Ward; su casa quedó absolutamente destruida por el huracán. Mian obtuvo una pensión de cinco mil dólares por una casa cuyo valor se estimaba en setenta mil. Ha pagado el resto de la reconstrucción de su bolsillo. No ha tenido problema alguno debido a su condición racial; “con la gente que tiene estudios es muy fácil hablar; el problema es la gente ignorante.” Totalmente de acuerdo, amigo; el problema es que hay mucha gente, como la que he visto hoy y que recordaré siempre, que no ha tenido esa oportunidad, la oportunidad de no ser ignorantes. Son ignorantes, cierto es, peor bien conscientes –parece ser- de que hay alguien que les ignora o que, cosa peor, está empeñado en joderles la vida.

Friday, September 01, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (31-08-2006)

DIA I (31-08-2006)

3.00 AM; Dejar Nueva York implica necesariamente una situación traumática; también conlleva una experiencia metadónica, de imposible desenganche, aunque sea solamente por unos días y –como es el caso- a sabiendas de que el viajante tiene ansiedad de llegar a su destino. New Orleans es –para mí- algo inédito, esculpido todavía solamente en palabras, en lecturas que se hacen desde la distancia; la ciudad es un relato, una narración televisada como espectáculo público. Abandono la ciudad del relato por excelencia, Nueva York, para entrar en otro cuento, en una jaula llena de dioses y monstruos que me gustaría poder llegar a ver en los ojos y palabras de sus habitantes.

Mi vuelo hacia New Orleans sale a las 6.26 de la madrugada. Abandono la República de Harlem con tres horas de antelación; dados los tiempos que corren, y sus consiguientes medidas de seguridad, espero que sean suficientes. La maleta, ajustada al máximo y con objetos siempre innecesarios (viajar es un acto hipocondríaco; siempre acabamos incluyendo en el equipaje alguna medicina que sabemos innecesaria). Tomo un taxi hacia el aeropuerto de Newark; abandonar la ciudad es mejor (perdón por la autocita) cuando está dormida, cuando pocos nos miran pensando lo imbéciles que somos al abandonar Nueva York por cualquier otra cosa en el mundo. También si se hace por una ciudad que parece derruida y sin atractivo alguno…

Un taxi, decía hace unos segundos. Primer error del viaje. “Su acento parece francés”, afirma mi conductor (nada más lejos de la realidad; mi acento es mixtura española y neoyorquina de adopción, ligeramente filtrado en inflexiones que pretenden ser inglesas y caen fatalmente en el vacío por su criminal falsedad). Primer error, insisto; “No; soy español… de Barcelona”. Y digo error porque la siguiente frase es inevitable y cae por su propio peso; “Entonces usted debe ser fan del F.C. Barcelona”. Mi condición de socio numerario (regalo paterno de una más que lejana mayoría de edad) y algo llamado deber moral, en consonancia con un ligero sentimentalismo (y, actualmente, cierto orgullo-y-sacar-pecho –toco madera, para que negarlo), no me permiten mentir. Hubiera sido fácil hacerlo.

Bouleymane Sanogo, natural de Costa de Marfil. No hace falta ni decir que conoce mejor la historia del F.C. Barcelona que servidor (se me hace muy extraña, por cierto, la pronunciación yankee de ef-si-barselouna). La “globalización esférica”, sea como sea, empieza a salpicar la conversación; Ronaldinho, Michel, Zubizarreta, Koeman, Stoichkov… y acabo aquí la lista porque viene larga, aunque no puedo dejar de confesar, con media risilla malévola, que el jugador preferido de Sanogo fue un tal Mendieta (eso sí, en la época valenciana).

Sanogo tiene un hermano en España; concretamente en Madrid, y está muy contento porque se va dos meses a visitarlo, y viajarán a París (una semana) para poder luego estar de nuevo en Costa de Marfil. “Es bueno estar con la familia, sabe usted… tu mami, tu papi, tus amigos.” Comprensible, querido colega accidental experto en fútbol. Pero hay algo más; “Me encantan las vacaciones, para volver a casa y presumir. Aquí gano dinero, pero a un americano siempre le dará igual. En cambio, en mi casa puedo tener mi propio apartamento, ser importante, sentirme superior.” Un replanteamiento bastante curioso del “American Dream”; un contrato de trabajo temporal para poder ser un turista de lujo en tu tierra de origen.

3.45 AM; Llegada a Newark, el tercer aeropuerto de la ciudad, todavía vacío. El tenderete de American Airlines no se ha lavado aún la cara y nos hacen esperar un rato, para acabar metidos en una de esas maquinillas en las que el viajante puede auto-facturar su billete. No falla; todas acostumbran a equivocarse y a colgarse, con lo cual se acaba necesitando asistencia humana. Se cumple la costumbre, de nuevo…

Chequeo de seguridad; zapatos fuera, ordenador destapado e inspeccionado, metedura de mano (hacía tiempo que no me tocan el culo, pienso con cierta tristeza honesta). Una señora muy simpática me roba mi desodorante y mi tubo de pasta dental (como dije días antes, esas son sin duda “armas de destrucción suficiente”).

En la maleta, por otro lado, llevaba un libro sobre Hobbes que llevo leyendo hace unos días. Siempre, cuando viajo en tiempos de alta seguridad, llevo en el equipaje algún libro de o sobre un pensador belicista; uno de mis sueños sería encontrar un asesor de vuelo filósofo que me prohibiera embarcar el Leviatán o El Concepto de lo Político de Carl Schmitt con la excusa de que esos objetos justifican la violencia o que han causado muchas más muertes que un bote de desodorante. Sería maravilloso, pero los sueños sueños son...

Ante la puerta de embarque, viendo los informativos de la CNN, el totalitario Chávez insulta nuevamente a mi “presidente de adopción” (no recuerdo ni presto atención en el “regalito” que le dedica). Con adversarios como el tipejo de Venezuela, poca dialéctica le hace falta al amigo Bush para seguir imponiendo sus medidas de seguridad. Para seguir metiéndonos la mano en el culo, vaya…

Minutos después, en la misma emisora, los comentaristas del magazín matinal discuten las últimas declaraciones de Bush, en las que describe a sus enemigos moriscos como fanáticos del “islamismo fascista”. Sus asesores lingüísticos le han vuelto a fallar. Vaya par de demonios…

9. 00 AM; Parada breve en Dallas, para tomar el avión hacia Nueva Orleans (estando en Dallas, lugar en el que a todas luces no volveré en mi puñetera vida, es inevitable pensar en las aventuras de J.R., Bobby, Sue Ellen y compañía; ustedes ya las conocen). Para matar el tiempo, siempre es bueno leer prensa local. Con bastante desconfianza (los periódicos baratos, de cincuenta centavos, no me dan mucha credibilidad) leo el The Dallas Morning News, el favorito de la ciudad, según dice el quiosquero.

En la sección metropolitana, me llama la atención una noticia bastante divertida. El Southwestern Baptist Theological Seminary de Fort Worth (una pequeña localidad al oeste de Dallas) ha sido denunciado por uno de sus más fieles servidores. No es otro que uno de sus reverendos, Dwight McKissic, que ha acusado a sus superiores de censurar uno de sus sermones, un discurso en el que éste disentía de los dictados del consejo de la entidad, la Southern Baptist Convention.

El tema es importante; el Consejo prohíbe expresamente que sus reverendos, al dar misa, practiquen algo conocido como un “private prayer language” (lenguaje privado de plegaria), es decir, una forma de rezar con expresiones y fórmulas particulares, no tomadas del relato bíblico, que pueden incluir expresiones populares. El reverendo afirmó sin pudor ante la congregación que él mismo practica esa forma de plegaria desde que era un estudiante en el seminario de Southwestern; McKissic se escuda en la Biblia, que no prohíbe (más bien, según él, ensalza) este tipo de práctica.

Es innegable que la intolerancia de esa administración religiosa nos acerca simpáticamente a las posiciones de este pobre reverendo. Sin embargo, al final del artículo, el redactor del periódico comenta que McKissic ya era un personaje bastante conocido por sus diatribas contra el matrimonio homosexual (algo más o menos respetable) y por afirmar que el Katrina fue un castigo de Dios hacia New Orleans, debido a las conductas claramente pecaminosas que se daban en la ciudad. AL final, uno ya no podrá tener simpatía por nadie…

Otras noticias interesantes del Dallas Morning Chornicle. En primer lugar, la ejecución de Derrick Frazier, un joven de veintinueve años que asesinó junto a un amigo a Betsy Nutt, una pobre señora de cuarenta y un años que quiso orientar a los jóvenes por la localidad; éstos se metieron en su casa simulando una avería. Frazier (convertido al Islam y rebautizado Hasan al-Sakur) habrá muerto ya, después de esperar nueve años en el corredor de la muerte.

Intento buscar una tercera noticia un poco más benigna. En la sección de Negocios del periódico, leo un interesante artículo de Karen Robinson-Jacobs titulado “Mechanizing the Big Mac” que explica como las cadenas de fast-food están pensando en implantar un sistema robotizado de asistencia al público. Según parece, las empresas de restauración norteamericanas van a necesitar un millón adicional de trabajadores en 2015; esta nueva contratación implicaría que las empresas se gastasen 3.5 millones de dólares en el coste del seguro médico de sus empleados. Por el momento, el gasto de robotizar plenamente el sistema de pedido parece bastante caro. Pero la técnica, como saben de sobra, va en búsqueda del dinero. Asegurarse un ahorro de 3.5 millones destinados a un derecho universal siempre es productivo para la economía, y bueno para nuestros estómagos.

Como ven, y este resumen noticiario es prueba de ello, si necesitan algún lugar para visitar o para pasar unos días agradables, Dallas es una buena elección…

12. 20 AM; Aterrizo en el Louis Amstrong Internacional Airport de New Orleans; un edificio meramente funcional, bastante desangelado (me recibe un letrero que pone “We’re jazzed you’re here!”). Segundo taxi hacia el hotel Warwick, en el Central Business District. A primera vista, New Orleans me produce un efecto sorprendente. Por un lado, tengo la insalvable sensación de encontrarme en una de esas ciudades del centro de los Estados Unidos (pienso en Omaha, en Kansas City) que no tienen alma ni pizca de gracia, todas ellas constituidas a partir de un centro urbano tosco, con cuatro rascacielos que acostumbran a ser hoteles de habitaciones color marrón (como la mía). Por otro lado, la ciudad tiene un aire que me lleva de golpe y directamente a los pueblos más cutres de la costa catalana, con sus anuncios de colores nefastos y sus tenderetes para turistas rusos. Esta impresión va en aumento durante el día.

9.00 PM; Tras visitar el centro de la ciudad, intento buscar alguna zona más animada para cenar. Si mi primera sensación estética no hace que aumentar, existe otro aspecto de la ciudad que me deja atónito. Nueva Orleans, efectivamente, está vacía; según cuentan, y espero certificar, la ciudad solamente conserva un treinta y ocho por ciento de su población original. Pasear por una ciudad eminentemente (y estéticamente) marcada por el turismo, pero sin ninguna alma por la calle y con sus negocios a la baja, tiene bastante tintes de surrealismo.

De hecho, toda la población de Nueva Orleans se concentra (al menos a estas horas de la noche) en el French Quarter, una zona rectangular que bordea el Mississipi, edificada por los primeros colonos franceses de la ciudad en 1788. Tras la dominación francesa, Luis XV le regaló la colonia y la zona a nuestro Carlos III en el famoso Tratado de Fontainebleau (en 1762; menciono esta cuestión porque ésta es una pregunta muy habitual en el “Trivial”). El regalo, por cierto, no fue una muestra de altruismo familiar, sino una táctica para tocarles la nariz a los ingleses. Los españoles, sea como fuere, estuvimos en New Orleans más de cuarenta años y –aunque la ciudad conservó su afrancesamiento- todavía quedan signos de nuestra cultura imperial.

Uno de ellos está en los nombres de las calles. La arteria principal del French Quarter es Bourbon Street, el paseo más conocido de la ciudad (solamente ocupa 14 manzanas) y la única calle en la que el ayuntamiento permite el uso de luces de neón como reclamo para locales y restaurante. Bourbon, evidentemente, proviene del apellido de los monarcas que todavía tenemos la suerte y el inmenso goce de sobrellevar sobre nuestras espaldas, aunque –a juzgar por lo visto- a la atmósfera de la calle le va mejor el palabro que se refiere aun conocido licor.

Bourbon Street –pese a la juerga continua que destila y pese ser una de las zonas que más se salvó del efecto del Katrina- respira un aire de profunda tristeza. En un local de souvenirs horroroso venden algunas camisetas con logos bastante cínicos; “Este es el plan de la FEMA para New Orleans; corre, hijo de puta, corre.” o “Las buenas chicas nunca acaban flotando”. Bromas que recuerdan, en definitiva, el inmenso amor que tenemos los humanos para comercializar con la propia mierda y la desgracia ajena.

Souvenirs a parte, la calle está llena de locales de topless y de sexo en vivo. A partir de las 10 PM, las chicas de los locales salen a la calle como reclamo, algunas de ellas medio desnudas. Muchas intentan teatralizar miradas de entra-guapo-que-me-verás-sin-ropa; pero sus ojos no pueden dejar de mostrarme un aburrimiento supino. Al final de la calle, en la zona gay, las prostitutas vuelven de sus servicios; muchas de ellas, se palpan insistentemente la espalda (supongo que por estar de pie, bailando o fornicando tantas horas).

Un gentío terrible, en resumen, que desaparece si uno abandona Bourbon hacia el Missisipi, a la altura de la St. Louis Cathedral, una catedral que se extiende en una bonita plaza ajardinada rodeada de edificios coloniales. En esta plaza, centro fundacional de la ciudad, está el Café du Monde, que tiene una terraza muy agradable en donde los turistas descansamos y podemos deleitarnos con un café con hielo helado magnífico. La terraza, que es enorme, solamente tiene seis mesas ocupadas.

Más allá del lugar, caminando por el río, ni una sola alma. Hay muchos bares abiertos, pero sin a penas clientes. Todos ellos, eso sí, poblados por la que creo debe ser (a parte de los periodistas visitantes) la principal tribu de la ciudad; los músicos. Están en cualquier local (nos encontramos en la cuna del jazz, claro está) y no hay espacio que no tenga una banda a su disposición. Lo increíble del tema es que, en algunos locales, hay más personas en la banda que clientes a la escucha de ésta.

Finalmente, un síntoma innegable del decaimiento de la ciudad, y no pretendo ser graciosillo; es muy difícil, cuando son solamente las 11 PM, encontrar un sitio en el que comer una simple hamburguesa. La encuentro, finalmente, en un barucho de Esplanade Avenue. Primera nota racial; no hay una sola mesa que mezcle blancos y negros…

12 AM; De nuevo en Bourbon, tras la hamburguesa, me siento en un bar musical a tomar algunas notas (algo que hacía en otros tiempos para ligar). El truco (que ahora, mire usted por dónde, era cierto) sigue funcionando. Se acerca a mi mesa Stephanie (“llámame Steph”) una abogada especializada en contratos inmobiliarios que me cae del cielo como un regalo. Le pregunto por el efecto del Katrina en el negocio inmobiliario de la ciudad; “Mira, New Orleans siempre ha estado así de mal, siempre ha sido una ciudad que –comparada con Nueva York- puede ser considerada del tercer mundo, con precios muy bajos.”

Al preguntarle cómo afectó el temporal a su vida, Steph me cuenta que sus padres tenían una casita en Waveland, una localidad que queda al norte de la ciudad, a una horita en coche; el Katrina la arrasó totalmente. “Pero, a veces, estas cosas a la gente no le importan. Aunque no te lo creas –dice literalmente- yo te puedo asegurar, aunque parezca increíble, que el día después de la tormenta había gente tomando cerveza tranquilamente en la playa mientras otros tantos morían. Yo lo he visto con mis propios ojos.”

Tras contestar mis preguntas (unas preguntas que, claro está, no son las más aptas, precisamente, para ligar) Steph me pregunta, ya un poco borrachilla (los americanos llaman a ese estado estar “tipsy”, un palabrejo bastante hortera y kitch) por mi profesión. Cuando le digo que estoy cubriendo el aniversario del Katrina para un medio radiofónico español, Steph cambia repentinamente su rostro y coge mi cuaderno de notas y escribe lo siguiente, con cara de ostensible mala leche; “No tienes ni idea de lo que significa perder todo tu pasado; tus fotos, tus sentimientos, tu estabilidad… todo a lo que estabas acostumbrado. Intenta imaginarte empezar una vida de nuevo llevando solamente un saco con ropa sucia como única compañía durante muchos días. Y, por favor, no minimices nuestra capacidad para reconstruir y sentir lo que sentimos, no solamente hacia nosotros mismos, sino hacia la ciudad que queremos… en la que hemos vivido… y que vamos a reconstruir!”

Mientras leo con dificultad (no hay mucha luz en la terraza) las palabras que Steph me a escrito en mi Moleskine, ella se larga sin decir palabra. Tras esperar cinco minutos, me voy del local. La prensa, ya veo, no es muy bien recibida en la ciudad, o –al menos- cierta prensa a la que los orleanitas ven como extranjeros que comercian con sus vidas sentimentales.

Releyendo las palabras de Steph en mi cuaderno, vuelvo hacia mi hotel, con una cierta pesadez en las piernas y, sin saber muy bien por qué, con una buena dosis de vergüenza profesional e imbecilidad en mi rostro….