DIARIO DE NY (13/09/2006)

Una noche, otra noche, en el solar del Word Trade Center. Son las cuatro de la madrugada y pensaba que las familias todavía tardarían un poco en llegar. Pero ya hay algunos paseantes, también policías y bomberos, en el memorial de la calle Greenwich. Ante las estatuas que recuerdan la evacuación del solar tras el derrumbe, un sargento aguanta estoicamente la bandera norteamericana.
En la calle Church, delante del enorme agujero, una mujer rezando un rosario sentada en una sillita, con un cartel que parece decir “Never Forget”. Su marido, vestido de bombero y con collarín, la tapa con una bandera estrellada, abrazándola. Un marine con la misma decoración –pero en forma de gorra y chaqueta- llega al lugar, se presenta a la decena de personas que vagamos en la reja del memorial y recita un poema de calidad ínfima ante el abrazo y el aplauso contenido de los presentes.
Todavía faltan casi cinco horas para la ceremonia en recuerdo a los muertos; algunos compañeros de la prensa toman declaraciones –supongo- para los primeros informativos matinales. La brisa neoyorquina hace días que nos ha obligado a sacar las mantas del armario; empieza el frío, la civilización.
Mientras dormimos, la gente todavía llora. Lloran los familiares de las hasta mil quinientas víctimas que todavía están sin identificar, esparcidas en un estercolero de Staten Island. También lloran las madres que veo pasar y que cuelgan fotos de sus hijos; los padres no lloran, miran hacia el infinito y aguantan a sus mujeres por la cintura. Nos miramos todos y nos reímos, un poquito aliviados.
Este es un mal día para un catalán afincado en Nueva York; hoy solamente puedo conmemorar la llegada de dos aviones asesinos y la posterior gesta y recuperación de mi segunda ciudad o la entrada de las tropas borbónicas en la caída de mi primera. Es una opción que no me entusiasma. Pero hay que estar aquí, aunque no sepamos nada de lo que pasó realmente, aunque la historia y la sangre sean o llegue a ser algún día algo remoto y desconocido; hay que estar aquí. Y estoy aquí.
En la calle Church, delante del enorme agujero, una mujer rezando un rosario sentada en una sillita, con un cartel que parece decir “Never Forget”. Su marido, vestido de bombero y con collarín, la tapa con una bandera estrellada, abrazándola. Un marine con la misma decoración –pero en forma de gorra y chaqueta- llega al lugar, se presenta a la decena de personas que vagamos en la reja del memorial y recita un poema de calidad ínfima ante el abrazo y el aplauso contenido de los presentes.
Todavía faltan casi cinco horas para la ceremonia en recuerdo a los muertos; algunos compañeros de la prensa toman declaraciones –supongo- para los primeros informativos matinales. La brisa neoyorquina hace días que nos ha obligado a sacar las mantas del armario; empieza el frío, la civilización.
Mientras dormimos, la gente todavía llora. Lloran los familiares de las hasta mil quinientas víctimas que todavía están sin identificar, esparcidas en un estercolero de Staten Island. También lloran las madres que veo pasar y que cuelgan fotos de sus hijos; los padres no lloran, miran hacia el infinito y aguantan a sus mujeres por la cintura. Nos miramos todos y nos reímos, un poquito aliviados.
Este es un mal día para un catalán afincado en Nueva York; hoy solamente puedo conmemorar la llegada de dos aviones asesinos y la posterior gesta y recuperación de mi segunda ciudad o la entrada de las tropas borbónicas en la caída de mi primera. Es una opción que no me entusiasma. Pero hay que estar aquí, aunque no sepamos nada de lo que pasó realmente, aunque la historia y la sangre sean o llegue a ser algún día algo remoto y desconocido; hay que estar aquí. Y estoy aquí.

0 Comments:
Post a Comment
<< Home