DIARIO DE NY (24-09-2006)

El mundo del arte norteamericano, después de unos tormentosos lustros de crítica indiscriminada del poder, se ha sumido en una siesta intelectual bastante preocupante. No es que piense que el arte tenga su raíz en la crítica del poder, o incluso que toda forma estética sea una forma explícita o implícita de protesta política; sin embargo, la crítica social de hoy en día en el mundo del arte yankee es absolutamente insulsa y superficial. La pasada Bienal del museo Whitney, en la que sus autores repetían robóticamente ideas del pasado, reavivó esta sensación que sume al arte en la nostalgia y en la complacencia con un presente que no admite parcialidades.
El teatro ha sido sin duda la excepción a esa regla; los dramaturgos norteamericanos –muchos de ellos de procedencia extranjera- han pretendido analizar el presente histórico norteamericano con una valentía que les honra. Y digo analizar, porque precisamente –en una idea nuevamente vieja- los autores teatrales opinan que el mero describir la realidad política actual y sus consecuencias es ya una manera de crear una especie de conciencia crítica en la ciudadanía. Describir, en definitiva, sería una manera aproximada de analizar y responder a las demandas del espectador.
Pensaba en todo este embrollo hace unos días, al ver en The Culture Project el estreno de “The Treatment” (El Tratamiento), la última obra de Eve Ensler, autora mundialmente conocida por su exitosa “Los monólogos de la Vagina”. La pieza narra, en diversos episodios breves, la relación entre un excombatiente (sin mencionarlo, evidentemente, provinente de Irak) y su psiquiatra, también oficial militar. Una relación que pasa por la distancia inicial (el hombre, afirma, va a la consulta obligado por su mujer) hacia la previsible y hollywoodiana relación de atracción pasional entre dos personas perdidas y sin porvenir.
Todo narrativamente previsible, en definitiva; incluso unas actuaciones bastante peliculeras. Sin embargo, en un final ciertamente edulcorado (en el que descubrimos que el militar sufre trastornos porque fue inducido a torturar y matar presos de guerra) la psiquiatra exige a su paciente que le diga los nombres de los responsables, de los oficiales que le mandaron hacer tales atrocidades; que los “delate”, por así decirlo, no les dejará impunes. La obra se acaba precisamente con esta súplica, a la que nuestro militar no da un sí ni un no.
La moraleja es clara; en primer lugar, la tortura no solamente es de quien la ejerce (recuerden “La Chaqueta Metálica”) sino también de quien promueve la despersonalización y la impunidad legal ante este fenómeno. Hasta ahí totalmente de acuerdo. El problema es qué debemos hacer a partir de ahora, qué soluciones podemos dar a este análisis con el que se puede o no coincidir, pero que es válido; cuáles serían, en definitiva, las soluciones a esta problemática. Porque, como sabemos, ya hay soldados que han pringado por las torturas en Abu Grahib. Pero de oficiales y superiores (por no hablar de Secretarios de Defensa…) ni rastro.
Esta sigue siendo la asignatura pendiente del teatro americano y de su arte en general. Estamos en una situación –creo- en la que no basta analizar las contradicciones de nuestro tiempo. Hacen falta medidas para que la gente no solamente pueda comprender lo que pasa, sino que también pueda actuar, de manera privada o pública. Pero el intelectual de sofá que piensa el mundo desde su casita, en definitiva, no nos salva de que ahora mismo –en Guantánamo- a alguien, si se me permite la licencia, le estén metiendo un palo de madera por el culo. Y perdonen mi lenguaje, pero las cosas hay que llamarlas por su nombre.
El teatro ha sido sin duda la excepción a esa regla; los dramaturgos norteamericanos –muchos de ellos de procedencia extranjera- han pretendido analizar el presente histórico norteamericano con una valentía que les honra. Y digo analizar, porque precisamente –en una idea nuevamente vieja- los autores teatrales opinan que el mero describir la realidad política actual y sus consecuencias es ya una manera de crear una especie de conciencia crítica en la ciudadanía. Describir, en definitiva, sería una manera aproximada de analizar y responder a las demandas del espectador.
Pensaba en todo este embrollo hace unos días, al ver en The Culture Project el estreno de “The Treatment” (El Tratamiento), la última obra de Eve Ensler, autora mundialmente conocida por su exitosa “Los monólogos de la Vagina”. La pieza narra, en diversos episodios breves, la relación entre un excombatiente (sin mencionarlo, evidentemente, provinente de Irak) y su psiquiatra, también oficial militar. Una relación que pasa por la distancia inicial (el hombre, afirma, va a la consulta obligado por su mujer) hacia la previsible y hollywoodiana relación de atracción pasional entre dos personas perdidas y sin porvenir.
Todo narrativamente previsible, en definitiva; incluso unas actuaciones bastante peliculeras. Sin embargo, en un final ciertamente edulcorado (en el que descubrimos que el militar sufre trastornos porque fue inducido a torturar y matar presos de guerra) la psiquiatra exige a su paciente que le diga los nombres de los responsables, de los oficiales que le mandaron hacer tales atrocidades; que los “delate”, por así decirlo, no les dejará impunes. La obra se acaba precisamente con esta súplica, a la que nuestro militar no da un sí ni un no.
La moraleja es clara; en primer lugar, la tortura no solamente es de quien la ejerce (recuerden “La Chaqueta Metálica”) sino también de quien promueve la despersonalización y la impunidad legal ante este fenómeno. Hasta ahí totalmente de acuerdo. El problema es qué debemos hacer a partir de ahora, qué soluciones podemos dar a este análisis con el que se puede o no coincidir, pero que es válido; cuáles serían, en definitiva, las soluciones a esta problemática. Porque, como sabemos, ya hay soldados que han pringado por las torturas en Abu Grahib. Pero de oficiales y superiores (por no hablar de Secretarios de Defensa…) ni rastro.
Esta sigue siendo la asignatura pendiente del teatro americano y de su arte en general. Estamos en una situación –creo- en la que no basta analizar las contradicciones de nuestro tiempo. Hacen falta medidas para que la gente no solamente pueda comprender lo que pasa, sino que también pueda actuar, de manera privada o pública. Pero el intelectual de sofá que piensa el mundo desde su casita, en definitiva, no nos salva de que ahora mismo –en Guantánamo- a alguien, si se me permite la licencia, le estén metiendo un palo de madera por el culo. Y perdonen mi lenguaje, pero las cosas hay que llamarlas por su nombre.

1 Comments:
La escena de The Treatment me recuerda tanto a la relación entre la psicóloga y el state trooper conflictivo de The Departed (Scorsese). ¿No?
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