HABEMUS PILDORAM
El jueves fue uno de aquellos raros días en que la siempre caprichosa actualidad nos deparó una buena noticia.
La “Food and Drug Administration” -el órgano público que regula el consumo de medicinas y alimentación en los Estados Unidos- ha aprobado el permiso de venta de la “píldora del día después”; la medicación se podrá dar, sin receta, a todas las mujeres mayores de dieciocho años (aquellas mujeres que no lleguen a esa edad todavía necesitarán de prescripción médica). La venta, legal a partir de finales de diciembre, solamente podrá realizarse en farmacias y hospitales (el medicamento podrá ser comprado también por los cónyuges); la empresa Woddcliff Park la comercializará en un precio orientativo que oscilará entre los veinte y los cuarenta dólares.
Esta decisión no ha sido fácil; ha tomado más de tres años de intensas negociaciones, unas disputas que –claro está- han tocado el insalvable tema del aborto. Sus detractores argumentan que la píldora representa un “Plan B”, una legalización encubierta de la práctica del aborto. Sus partidarios, por otro lado, la definen como la mejor solución y prevención de lo que se ha tendido últimamente a denominar la “unintended pregnancy” (el embarazo no-intencionado). Curiosamente, el presidente Bush ha respaldado la decisión de los miembros de la F.D.A., una acción que ya ha provocado numerosos enfados en las bases más conservadoras de su partido.
Por otro lado, senadores republicanos como Tom Coburn (Oklahoma) han desestimado la aprobación alegando el peligro de exponer a mujeres jóvenes a una dosis tan alta de hormonas. Por otro lado, es muy interesante el hecho que –más allá de todas las opciones morales, que yo respeto por igual- el argumento de que el “Plan B” favorece el aborto no se aguante ni un segundo. Porque la cantidad de abortos (debidos a la práctica sexual sin protección) es tan enorme en Estados Unidos que la existencia de la píldora, dicen los expertos, no variará ese porcentaje significativamente.
Lo cual nos lleva, evidentemente, al problema de raíz; la ignorancia con la que muchos jóvenes norteamericanos se acercan a la práctica sexual, con un desconocimiento todavía alarmante de las medidas anticonceptivas. No soy de los que piensan que la religión, ni en América ni en el mundo, fomente tal ignorancia; la religión tiene unos preceptos sexuales (la castidad y la fidelidad al cónyuge) que se pueden o no compartir, pero que –en cualquier caso- no fomentan la práctica irresponsable del sexo; más bien fomentan una práctica demasiado escueta del mismo...
Contrariamente, el deber de que la protección sexual devenga materia de estudio depende de los gobiernos; y éstos, sean laicos o de inspiración religiosa, se deben a la optimización de la salud de sus ciudadanos. Hoy, mediante la resolución de la F.D.A, existen nuevos medios para que esa información y optimización llegue a muchos jóvenes y pueda desarrollarse más y mejor. Pero las medicinas no arreglan nada sin un conocimiento previo; y en este caso el conocimiento todavía está muy cojo.
En cualquier caso, una buena noticia se debe disfrutar (a la espera de que, en pocos minutos, nos llegue otra de mala).

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