DIARIO DE NY (o el personalismo electoral)
La concomitancia de dos procesos electorales en mis respectivas patrias (la de nacimiento y la de adopción) me ha sumido en un sándwich de comicios bastante difícil de digerir. Comparar estas dos elecciones (catalanas y estadounidenses, aclaro) podría parecer un ejercicio bastante surreal. Igualmente, me han sorprendido ciertos comportamientos estéticos que he detectado en el quehacer de los políticos catalanes que responden a hábitos mucho más cercanos a lo yankee que a la realpolitik de la vieja Europa.
Se acostumbra a decir –creo que justamente- que la política estadounidense es mucho menos partidista que la europea y mucho más personalista. Ello es así hasta el punto de que incluso vemos como los políticos europeos se mofan de la importancia que, para el electorado norteamericano, tienen aspectos personales y vitales de los políticos a elegir. Cierto es; uno no puede dejar de asombrarse ante la obsesión que tienen los estadounidenses con las creencias, los valores familiares o los deslices morales de sus mandatarios; ya saben a lo que me refiero…
Sea como fuere, me ha sorprendido ver cómo la campaña electoral catalana se ha centrado de una manera alarmante y cotillera en la vida de sus presidenciables. El diario La Vanguardia, por ejemplo, ha publicado unas magníficas entrevistas de Joana Bonet con las mujeres de cada candidato, a través de las cuales me he podido enterar –entre otras cosas- de que Artur Mas quiere aprender a planchar o que Joan Saura tiene hecha la vasectomía. Por otro lado, estrategias como las de ERC, que presentó a sus candidatos afeitándose o practicando el bricolaje, son cada vez más habituales.
Este giro no es casual; en Cataluña, todos los presidenciables –que saben perfectamente, resultados en mano, que deben pactar para formar un gobierno estable- han querido alejarse del discurso ideológico para resaltar su perfil personal. Querían así que nadie pensase en alianzas ni en futuros pactos ideológicos (unos pactos que, historia en mano, aceran a CIU al PP y mantienen más unido al tripartito). Un miedo que, por otro lado, certifica la inmadurez preocupante de la política catalana y española, muy poco acostumbrada a mezclar colores.
Esta personalización de la política catalana, insisto, ha acercado los métodos de captación del electorado (recuérdese el famoso DVD de CIU) a prácticas muy habituales en Estados Unidos. Sería deseable, igualmente, que esto viniese acompañado por un quehacer en donde los individuos de las formaciones políticas pudiesen –alguna vez- discrepar de las decisiones de su propio partido. De esa manera, al acercamiento publicitario de los políticos al electorado (el famoso “som com som” republicano) podríamos sumar el acercamiento de los políticos a la independencia intelectual. Sería un detalle.
Se acostumbra a decir –creo que justamente- que la política estadounidense es mucho menos partidista que la europea y mucho más personalista. Ello es así hasta el punto de que incluso vemos como los políticos europeos se mofan de la importancia que, para el electorado norteamericano, tienen aspectos personales y vitales de los políticos a elegir. Cierto es; uno no puede dejar de asombrarse ante la obsesión que tienen los estadounidenses con las creencias, los valores familiares o los deslices morales de sus mandatarios; ya saben a lo que me refiero…
Sea como fuere, me ha sorprendido ver cómo la campaña electoral catalana se ha centrado de una manera alarmante y cotillera en la vida de sus presidenciables. El diario La Vanguardia, por ejemplo, ha publicado unas magníficas entrevistas de Joana Bonet con las mujeres de cada candidato, a través de las cuales me he podido enterar –entre otras cosas- de que Artur Mas quiere aprender a planchar o que Joan Saura tiene hecha la vasectomía. Por otro lado, estrategias como las de ERC, que presentó a sus candidatos afeitándose o practicando el bricolaje, son cada vez más habituales.
Este giro no es casual; en Cataluña, todos los presidenciables –que saben perfectamente, resultados en mano, que deben pactar para formar un gobierno estable- han querido alejarse del discurso ideológico para resaltar su perfil personal. Querían así que nadie pensase en alianzas ni en futuros pactos ideológicos (unos pactos que, historia en mano, aceran a CIU al PP y mantienen más unido al tripartito). Un miedo que, por otro lado, certifica la inmadurez preocupante de la política catalana y española, muy poco acostumbrada a mezclar colores.
Esta personalización de la política catalana, insisto, ha acercado los métodos de captación del electorado (recuérdese el famoso DVD de CIU) a prácticas muy habituales en Estados Unidos. Sería deseable, igualmente, que esto viniese acompañado por un quehacer en donde los individuos de las formaciones políticas pudiesen –alguna vez- discrepar de las decisiones de su propio partido. De esa manera, al acercamiento publicitario de los políticos al electorado (el famoso “som com som” republicano) podríamos sumar el acercamiento de los políticos a la independencia intelectual. Sería un detalle.

1 Comments:
Me preocupa la independencia de los políticos. De verdad. Es más complicado que darles libertad de voto, Bernat.
Ahora es un poco tarde para enrollarme, pero piensa en Brasil: otro país donde la solidez de los partidos es bastante irrelevante porque es un sistema idéntico al yankee: basado en candidatos y en su labor personal.
Eso a veces convierte al parlamento en una especie de mercado del voto, donde los políticos se dejan seducir por los partidos rivales (a veces, bajo pactos bajo la mesa) y la política da resultados poco previsibles. Aún recordarás al PT comprando votos de otros palrmanetarios para poder pasar leyes tan justas como la de hambre cero o subida de impuestos a los ricos allí. Y el escándalo que ha seguido, enmarronando a toda la clase política brasileña.
No sé, cuando en un país la justicia no funciona del todo bien y la corruptela y el clientelismo en ciertas partes del país es más la norma que la excepción (y no hay más que ver el mapa urbanístico de España estos días), un sistema donde se valore la independencia de los parlamentarios puede generar monstruos.
Prefiero saber a quién culpar realmente, la verdad.
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