Thursday, August 24, 2006

WORLD TRADE CENTER; APOLITICA?

Si hay algo en lo que crítica y público han coincidido, a raíz de la estrena del “World Trade Center” de Oliver Stone, es en su caracterización de “película apolítica”. Stone, siempre según ese prisma, se olvidaría –curiosamente, ante lo que nos muestra su anterior filmografía- de las teorías conspirativas, de la autoría problemática del crimen y de sus causas generales, para adentrarse en la vida –simple y llana- de dos de los policías de la Port Authority Terminal durante el transcurso del día de los atentados.

La tentación de dejarse llevar por las apariencias neutras es fuerte. Al inicio del film, Stone nos salpica con imágenes preciosas de un Manhattan adormecido (una especie de preludio que ya intuimos épico; véase la muerte misteriosa de un viandante en la acera) y con el devenir cotidiano de dos policías que –a altas horas de la madrugada- se disponen a seguir el que parece ser un rutinario día de trabajo.

Algunos detalles de importancia; los dos agentes de la ley viven en las afueras de NY; son, por tanto, producto de los núcleos suburbanos de Norteamérica, aquellos núcleos que –finalmente- salvan a las grandes ciudades. Por otro lado, esta es –no nos engañemos- una historia sobre el poder de la familia (la microunión) como base inalienable de la comunidad política (macrounión).

La cosa podría pintar horrorosa, siendo éstos temas de “lágrima fácil” y de cariz conservador. Pero la evolución de la película no cae plenamente en ello. En primer lugar, “World Trade Center” es una historia de antihéroes, de policías de oficio que no salvan a nadie (al contrario, les salvan a ellos) y que ignoran por completo el infierno en el que se meten cuando abandonan su estación de servicio.

De hecho, la mayor parte de la película sucede en la ultratumba, en medio de los edificios destronados que asfixian las vidas de John McLoughin (Nicholas Cage) y Hill Jimeno (Michael Peña), unos policías a los que su situación (no pueden dormirse; eso aumenta sus probabilidades de morir) les obliga a comunicarse, explicándose así sus vidas.

Y ese es el primer acto de lectura política de la película. Dos hombres que trabajan juntos (uno de ellos, Cage, estuvo ya en el primer atentado de 1993) pero que viven en dos universos alejados. Uno de ellos –y en Hollywood nada es casualidad- es hispano, es un inmigrante de la clase trabajadora norteamericana emergente, una clase que será (si la historia no lo impide) pronto legalizada. Cage, sin embargo, es el norteamericano medio ejemplar, con sus cuatro hijos, a los que –en su tiempo libre- enseña carpintería, etc. Dos clases, en definitiva (la Norteamérica Original y la Nueva) destinadas a entenderse para sobrevivir.

Por otro lado, existe otra connotación importante en la figura de Dave Karnes (Michael Shannon) un consultor que vive en Conneticut. Dave es un exmarine que, el día de los ataques, escucha la llamada divina que le obliga a viajar hasta la ciudad, de noche, cuando los equipos de rescate descansan exhaustos. No hace falta tener mucha intuición para saber que el marine, que tiene -también con intención- pinta de loco y soñador, acabará rescatando a los dos presos “sepultados” en los escombros.

Evidentemente, Stone trata con ironía al exmarine Karnes (como todo soldado loco y mesiánico, el tío parece un paria), pero es ésta una ironía que no exime el cariño que –por ejemplo- el cineasta mostraba por los veteranos de Vietnam. Unos veteranos que –como él mismo- llegaban a su país (recuérdese “Nacido en el Cuatro de Julio”) para buscar sentido a sus vidas.

“Alguien tiene que arreglar este lío”, afirma Karnes al abandonar los escombros y rescatar a los dos policías. Stone, sin embargo, no nos cuenta precisamente qué lío debemos arreglar, como sí hacía en “JFK” o en “Nixon”. Evidentemente, la dicotomía ante este temor es clara. Quizás le mueve la cobardía o –yo me decanto por una segunda intuición- un pensamiento, el norteamericano, que todavía no sabe de cierto cuáles son “sus líos”.

Igualmente, las tesis de Stone parecen ser claras. Aunque el desastre haya sido supino, la solución de Norteamérica se funda en los valores (familia, integración social) que, aparentemente, fundaron la república. Puede ser; pero de momento, la gran república –como en la película- no se atreve a plasmar el choque de los aviones temerarios contra las torres. Por de pronto, de película apolítica nada de nada.

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