Sunday, August 27, 2006

DIARIO DE NY (26/08/2006)

Harlem; mi barrio y mi casa. Hoy sábado –ya casi a medianoche- las calles están llenas de vecinos disfrutando del clima benigno que las lluvias han traído a la ciudad. Durante el fin de semana, las familias harlemianas llenan los recovecos del barrio con sus barbacoas y camionetas, de las que abren las puertas para que la música de las radios no me deje dormir en toda la noche; las calles están llenas de niños de piel aceitosa bailando rap (es increíble como danzan estos pillos, con solamente cuatro o cinco años), mientras sus abuelas juegan a cartas y los jóvenes se pelean para impresionar a las chicas más esplendorosas del universo.

Harlem es uno de los barrios más antiguos de Nueva York, y una de las zonas que más culturas diferentes ha sobrevivido a lo largo de la historia. Sus límites teóricos son difíciles de esclarecer; la calle 155 al norte, la 110 al sur, y los dos ríos limitándola a este y oeste. Pero, como dijo hace tiempo el escritor afroamericano Ralph Ellison, “Harlem es cualquier zona del norte en donde se puedan ver negros.” A Harlem, claro está, llegaron primero los holandeses (en 1658) que la llamaron “New Harlem” (Nieuw Haarlem) en honor a la homónima ciudad de su país. Los primeros negros que llegaron a sus tierras, como es evidente, fueron sus esclavos.

Curiosamente, en el sigo XIX Harlem era un lugar tranquilo, lleno de casitas ajardinadas, en el que vivían solamente un centenar de familias. De los holandeses pasó a ingleses y –finalmente, en una época de mayor decadencia- a los obreros irlandeses, hasta que la ciudad de Nueva York la adquirió en 1873. Antes de llegar ese momento (cuando el ferrocarril empezaba a verse en la ciudad), y aunque cueste creerlo, Harlem fue considerada una zona de absoluto lujo; en el barrio, por poner algún ejemplo, estaban los “Polo Grounds” un solar en el que se jugaba al polo y que –tiempo después- llegaría a ser utilizado por los New York Giants para edificar su estadio. Por otro lado, Oscar Hammerstein, un empresario teatral enamorado de la ópera, construyó en Harlem uno de sus teatros líricos; la “Harlem Opera House”, al este de la calle 125.

Pero el metro tardó demasiado en llegar, y el precio de la vivienda fue a la baja. Por aquél entonces, Harlem fue el hogar de los emigrantes judíos de la Europa del Este al final de la Primera Guerra Mundial. Este descenso en el precio, que vaticinaba la llegada de los obreros negros, hizo que muchos landlords de Harlem intentaran luchar contra la llegada masiva de judíos. En muchas de las mansiones harlemianas se podía leer un letrero que rezaba “no queremos perros ni judíos.” Pero la jugada no les funcionó, y los negros –a inicios del XX, y ayudados por almas benignas como el empresario inmobiliario negro Philip Payton Jr.- tintaron todas las calles de su color.

Otro hecho remarcable es que los alquileres, en Harlem, podían llegar a ser igual de baratos que en otras parte de la ciudad. Sin embargo, los agentes inmobiliarios negaban permisos de residencia a las familias negras en otros barrios, viniesen de donde viniesen. Este rechazo tuvo como consecuencia que Harlem deviniese un Geto con todas las de la ley. Por otro lado, los agentes de la propiedad estratificaron sus parcelas convirtiéndolas en SRO (“single room occupancies”), viviendas con una sola habitación que no tenían las mínimas condiciones de higiene y que –muchas veces- eran ocupadas por inmigrantes. Esta situación, que conllevó que Harlem fuera el centro del comercio de drogas en Nueva York, con su consiguiente actividad criminal, no se acabó hasta los noventa, una transformación que ha culminado en algo tan inusual de suceder hace pocos años como que un expresidente del país –en este caso Bill Clinton- tenga su oficina en el número 55 West de la calle 125. De hecho, las protestas en Harlem, hoy en día, se centran en el encarecimiento del barrio. Un encarecimiento –hay que ser justos- que ha sucedido en toda la ciudad, pero que la pobreza anterior de Harlem ha hecho más radical.

Por otro lado, durante los años veinte, Harlem fue el centro de una actividad cultural sin límites (el desplegar del jazz y el rock tuvieron lugar en este barrio); en 1936, Orson Wells produjo aquí una famosa representación de “Macbeth” shakesperiano con actores negros. De esa época datan también la apertura del teatro Apollo, el Lennox Lounge o el New Heritage Repertory Theater… Un desplegar, sin embargo, que se negaba a las clases oprimidas que lo promovieron. Un esplendor, paradójicamente, que contrastaba con las triquiñuelas que algunos de sus habitantes utilizaban para sobrevivir; las más famosas fueron las “rent parties”, unas fiestas que los propietarios de una vivienda organizaban sirviendo licor o alcohol de contrabando que vendían a sus vecinos par así pagar el alquiler.

Pero por lo que Harlem es más conocido –al menos, por los turistas- es por sus incontables iglesias. En el barrio encontramos a los baptistas, metodistas, episcopales o católicos romanos. Las diferencias teológicas entre estas facciones de la iglesia (la creencia en la predestinación del alma, la supresión de algunos rituales canónicos, etc.) es algo que me da la impresión que no afecta mucho a la fe de los conciudadanos. Cada uno, si se me permite la frivolidad, se va a la iglesia que tiene más cerca de casa… y en la que puede bailar y cantar mejor. Como en las películas, vaya…

Como pensarán, Harlem tiene mil espacios que son de mi predilección. A mí, por ejemplo, me encanta pasear desde mi casa –al oeste, en la avenida Adam Calyton Powell Jr.- hasta la parte Este del Barrio, una microciudad poblada por hispanos (predominan los portorriqueños, los “borinqueños”). En esta sección de la ciudad existen restaurantes extraordinarios. Mi favorito, sin lugar a dudas, es el “Cuchifritos Frituras”, un pequeño bar (en la 116 con Lexington) que sirve carne frita a un precio muy módico. Por seis dólares, a uno le sirven medio pollo, plátano frito, lengua y algún zumo de fruta bien fresco (el de coco no está nada mal). Más arriba, en la 158 East de la 119, está el “Sabor Borinqueño”, un magnífico restaurante que sirve unas parrilladas a prueba de profesionales. A la altura de la tercera avenida, otra vez en la 116, hay algunos restaurantes mejicanos muy asequibles (“La Hacienda” tiene un estupendo filete azteca por no más de doce dólares). Para digerir la cena, lo mejor es volver por la calle Lexington hacia la 118. En ese espacio existe un jardín precioso (uno de los solares abandonados que el ayuntamiento compró para los vecinos en lo que se llama el programa “Green Thumb”) en donde día a día los borinqueños se reúnen, beben y bailan… y se dejan ver.

Otra zona magnífica para pasear sigue siendo la calle 116, pero en la zona oeste, entre las avenidas Adam Clayton y Frederick Douglas Boulevard. Esta es una zona habitada por negros que provienen de centroáfrica; la mayoría son senegaleses. En esa calle está uno de mis restaurantes harlemienses favoritos, el Sankho, en el que sirven un plato de cordero (lo llaman Debbe) con arroz y salsa no-preguntes por diez dólares (la única pega es que no sirven alcohol; los senegaleses son islámicos) que es excepcional.

Lo mejor de Harlem, sin embargo, son sus vecinos, esos majaderos anónimos que a servidor le alegran la vida. Cuando llego de viaje a Nueva York me encanta ver, por ejemplo, a Rick –un chiflado que vive en mi escalera que se me presenta cada vez que me ve- y a Manolo (nombre inventado, claro está), el camello del barrio, que siempre vende tabaco (y algo más) justo en frente de mi casa. También Rotenmeyer (ídem), una abuela de mi escalera que nunca me saluda y que, cuando paso por la puerta de entrada de casa –donde ella mata el tiempo todo el día-, musita unas palabras en inglés que (salvo mis numerosos títulos oficiales de ese idioma) no he podido nunca entender, aunque sé que comprenden la palabra “fuck.” Esos son mis compañeros, y esta es –fíjense ustedes- mi casa…


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