DIARIO DE NEW ORLEANS (03-09-2006)
DIA IV (03-09-2006)
9.00 AM; Hoy es domingo, y la ciudad está bastante más muerta de lo que ya lleva siendo habitual. Es un buen momento para consultar los papeles que me dio Alberto A. Pillot sobre la cobertura del huracán, vista a ojos de la FEMA. Los papeles se acompañan de un CD con unas cuarenta fotografías de la desgracia. Algunas de ellas son preciosas, en el sentido más estricto de la palabra; el dolor, ya se sabe, puede llegar a ser estéticamente agradable y no estoy descubriendo nada nuevo. Barcos apelotonados en autopistas, barrios inundados… el placer de mirar un bosque como arde. Ya lo saben, todos tenemos a un pirómano metido en los ojos. Al menos el responsable de todo esto, como decían ayer algunos católicos del Lower, no es el hombre sino Dios.
En fin; según la FEMA, la asociación ha recibido casi un millón y medio de solicitudes de recuperación de hogares, para las que se han desembolsado 5.1 billones de dólares (en numeración americana). Sus unidades móviles –los centros llamados DRC- pudieron dar cobijo a casi un millón de ciudadanos necesitados durante y después del Katrina. En esa línea, la organización ha dado a los ciudadanos de New Orleans ochenta mil casas rodantes (caravanas) para asistencia temporal. La conclusión es tajante; hoy en día, solamente treinta y dos familias viven en hoteles o moteles. Parece perfecto.
Hablábamos ayer del problema del dinero. FEMA ha dado setecientos veinticinco millones de dólares en ayudas a los pequeños negocios, los comercios de servicios básicos y –algo importante- la lucha contra el desempleo. El huracán, paralelamente, ha hecho a la población más consciente de que debe programar un seguro adecuado para sus viviendas (un seguro que penaliza la declaración de la renta, como me dijo ayer el buen Bruneau); estos seguros parecen haber aumentado, con un total de cuatrocientas dieciocho mil solicitudes de pólizas contra huracanes.
En resumidas cuentas, la FEMA ha donado a Nueva Orleans su segunda mayor cesión de fondos, solamente superada por el 11-S neoyorquino. Unas donaciones que –según el dossier- pretenden “ayudar a las personas a entender su situación actual y entender sus reacciones emocionales.” Una ayuda emocional, dicen, que pretende solucionar el estrés que muchos de los ciudadanos todavía no pueden sobrellevar; “Muchos adultos y residentes en Louisiana están experimentando estrés, ansiedad, depresión, y otros problemas relacionados debido al gran impacto que este huracán tuvo en nuestras vidas.”
En ese sentido, la FEMA tiene un programa de salud mental (el Louisiana Spirit) que permite a los ciudadanos que sufren estrés llamar a un experto/psicólogo que les puede dar visita por teléfono sin abrirles un expediente médico ni registrar su nombre. Parece que la FEMA sabe, en definitiva, que los ciudadanos –o alguno de ellos- no quieren tener muchas relaciones “psiquiátricas” con las organizaciones del departamento de Homeland Security.
Igualmente, las indicaciones de la organización no dejan de tener un punto psicológico (y por tanto, paternalista bastante barato) que me llama la atención; “cualquiera que haya sido afectado en el área del huracán ha sido impactado por el estrés de ser sujeto a la furia del huracán Katrina, aunque lo sepan o no. Adultos y niños pueden estar experimentando una incomodidad general o indisposición después que sus vidas fueran afectadas por el huracán. Hasta escuchar repetidamente los noticieros sobre el huracán puede causar a un individuo sentirse depresivo o “blue”. Es normal sentirse depresivo o ansioso después de un evento traumático. No importa si el sobreviviente es un hombre, mujer o niño, rico o pobre, o de cualquier raza- la depresión, ansiedad, y el estrés no hacen distinción.”
Estrés, depresión… la FEMA, más que una asociación de reparación de desastres, parece haberse convertido en un gabinete psicológico (lo que, dicho sea de paso, certifica un viejo pensamiento mío según el cual la psicología es una arma del poder para amansar la mala leche –ahora lo llaman “estrés”- de la gente que está cabreada). Curioso tiempo el nuestro; parece que hay mucha gente que no puede tener asistencia sanitaria en América (se calcula que un cuarto de la población, siendo optimistas, no tiene seguro médico), pero sin embargo podemos tener asistencia psicológica totalmente gratis; un logro de la asistencia psicológica, vamos.
Sea como sea, la agencia da algunos consejos para aliviar el estrés, unos consejos que no sé como sentarían en barrios como el Lower o en Lakeview. “Tome tiempo cada día para su hijo, limite el tiempo para ver la cobertura de las noticias, comprenda sus miedos, motívelos a hablar y a describir lo que están sintiendo, vuelva a las rutinas diarias (jugar, darse caricias).” Darse caricias, dicen. El problema es que la gente debemos tener cierta disposición para darnos caricias, y que muchos de los niños de los que habla el estudio, claro está, no pueden volver a sus casas ni a escuelas vacías como las que yo he visto con mis propios ojos, queridos amigos.
De los casos que la FEMA describe –en un estilo literario bastante cercano al cine de Hollywood, cierto es- me fío absolutamente. Gente que estuvo durante un tiempo fuera de su casa y que volvió con ayudas de hasta once mil dólares, subvenciones para la decoración, etc. El problema es que este documento no habla en ningún momento de todas las familias que todavía están por venir llegar a esta ciudad y que todavía deben contarse como su población; que treinta y dos familias todavía vivan en hoteles (un número cercano a la nulidad) no conlleva que muchas familias estén viviendo fuera de sus casas cuando su voluntad, sea factible o no –como decía Bruneau ayer- sería otra. Los casos me parecen correctos; el enfoque me parece demasiado pequeño, teniendo en cuenta que la población de New Orleans todavía está fuera de su ciudad.
El documento de la FEMA, insisto, tiene mucho de literario; en la sección que se dedica al Louisiana Family Center, el autor anónimo del dossier, nos explica la historia de Mellisa Austin, una joven madre que perdió a su hija –antes del huracán- en un accidente de tráfico. La pérdida de su hija le llevó a trabajar en el LFM, para que ningún padre o madre pasase por lo mismo que ella había experimentado. Pues bien, Mellisa explica la historia de Barbara Wyatt, una señora de cuarenta y ocho años que desconocía que su madre vivía en Woodville (Mississipi) a tan solo unas horas de ella. Su madre la había “cedido” a unos parientes para dejarla con ellos y marcharse después para siempre; la experiencia del Katrina la hizo recapacitar y buscar a su hija, a la que encontró después de decenas de años. Una experiencia sin duda a tener en cuenta, claro está, pero más propia del añorado Paco Lobatón que no de una organización destinada a la seguridad y a paliar el efecto de catástrofes naturales…
Y, puestos a hacer literatura, siempre es bueno dar un toque surrealista a la obra en cuestión. En el dossier que estoy leyendo existe un reportaje sobre un funeral que la ciudad dedicó a los animalitos que se habían perdido, que eran también –bueno es saberlo- “criaturas de dios”. Como dijo el reverendo Hill, oficiante de la ceremonia, “estos animales eran parte de las familias, queridos como familias e incluso la única familia de algunas víctimas.” Debido al apego ahora descrito, las autoridades de la FEMA piensan también elaborar un plan para el posible desalojo de mascotas. El amor, que quieras que no da calor en tiempos de agua y viento, hace que muchos dueños se queden con sus mascotas en casa y no huyan hacia lugares más seguros. Por tanto, ya saben; si tienen mascotas y viven en zonas huracanadas, la FEMA recomienda llevar comida para que las mascotas puedan comer durante tres días. Evidentemente, la mascota también tiene su pequeña alma y una potencial psyche que es carne de psicólogo. Como dice este manual apresurado, “Recuerde que las mascotas se desencajan cuando nuestro descanso se altera. Siempre verifique si la mascota será bienvenida allí donde usted va.” Ya saben; nadie nos dijo que tener mascotas fuese fácil.
Tampoco, por otro lado, debemos olvidar el costumbrismo, un género no muy habitual en estos tiempos de vanguardias, pero a tener en cuenta igualmente. Uno de los comunicados nos narra las historia de los indios Chitimacha (una tribu reconocida, ahí es nada, por la Oficina de Asuntos Indios de Estados Unidos), que refugió en su reserva a una cincuentena de afectados por el huracán. La gracia es que esta tribu tan acogedora –fíjense lo que han cambiado las tribus indígenas- tiene hasta escuela propia con profesores licenciados para cada curso. Este nivel de intimidad hizo que algunos de los refugiados incluso aprendiesen la lengua de la tribu. No hace falta decir que –por su labor intercultural- los Chitimacha también recibieron su subvención.
Demasiada literatura, en definitiva, para un estudio que resalta también la buena labor de la FEMA. Aunque puedan discutirse algunas decisiones (como la de contratar escritores de segunda para los dossiers de prensa) pienso que la agencia, como me han dicho muchos ciudadanos, no tiene culpa de que no exista un plan de reconstrucción bien definido para New Orleans. En ese sentido, solamente un plan del gobierno federal podría llegar, aunque aproximativamente, a solucionar esta problemática. Pero ese plan no llega, y los días pasan.
9.00 PM; Tras un día de lecturas ensiestadas, nada mejor que volverse al French Quarter (alias Lloret de Mar) para poder seguir al ritmo del ocio cutrillo de la ciudad. Hoy, el French Quarter es una fiesta. Me lo ha soplado un vecino de mi hotel, de unos cincuenta y cinco años, al que pude ver llegar el jueves a su habitación con perfecto traje y corbata y al que ahora puedo ver con unas botas negras, tanga purpurina, camiseta imperio y gorra de marinero con una dignidad absolutamente inglesa. Efectivamente, hoy el New Orleans Boys (al final de la calle Bourbon) celebra una “parade” gay multitudinaria.
El homosexual dormido que llevo dentro y el curioso que llevo dentro y fuera se dirige encantado al lugar. La verdad es que, a mí, me dan cada vez más envidia los homosexuales. En la calle Bourbon todo el mundo va medio en pelotas; hay chicos que se conocen hace cinco minutos y ya se están metiendo mano hasta en el estrecho de Gibraltar. Y esa promiscuidad y alegría –lo único que no tolero, pese a ello, es la estética a lo marinerito- a mi me encanta, me da una envidia muy sana. Sé que no se puede englobar a los homosexuales en un solo pack, pero hasta esta extravagancia/reunión de locas la encuentro divertida.
Dentro de los clubs hay boys bailando en calzoncillos, a los que los clientes van ofreciendo billetes de dólar sin parar. En esta parade tenemos todas las tipologías gays imaginables; ositos, cachitas, drags… un espectáculo. Incluso, algo dejadas de banda, pero las hay, subsisten algunas lesbianas que reivindican su quehacer con menos descaro. En el cruce entre Bourbon y Dauphine hay un travestido estupendo vestido de color púrpura que –por una módica cantidad de dos dólares o lo que se tercie- te azota con un látigo en el culo para luego fotografiarse contigo. Probaremos otro día.
1.00 AM; En el Spotted Cat, un local minúsculo de Frenchmen Street, toca una banda de cuatro saxofones magnífica. Acostumbrado a la avaricia nocturna neoyorquina (aunque parezca mentida y tópicos a parte, algunos barrios de mi ciudad mueren a las diez de la noche) esta vitalidad me entusiasma. En consecuencia, decido –en voz alta y sin que me tiemble la voz- hacer algo que todo hombre debe hacer alguna vez en la vida; ir a un club de topless, y que sea el más rastrero posible.
Retrocediendo por Bourbon, esta el New Orleans Cabaret, un pequeño y mugriento establecimiento en el que un joven engominado sostiene un cartel –en español- que reza el reclamo “sexo en vivo”. Que en el local en cuestión pueda verse sexo en vivo es algo tan improbable como que yo me alegre de un gol de Figo, pero las mentiras –en esta vida y en el sistema capitalista- tampoco son tan intolerables.
El New Orleans, evidentemente, no exhibe escenas de sexo salvaje. Es más bien un local cochambroso para enfermos genitales como servidor. La entrada, cierto es, parece ser gratuita. Sin embargo, la cerveza (una Heineken de botella) nos cuesta a mi y a mi bolsillo ocho dólares. La cosa es bien sencilla; un local de cuarenta metros cuadrados, con sillas tipo western y mesitas pequeñas, y un escenario de felpudo rojo con una cama que parece de colonias (con dos peluches de animales, entre ellos una gallina con un pene cercano a los veinte centímetros eternamente soñados por todo el género humano masculino, myself included).
Cuando me siento en la platea de honor del Cabaret, esta actuando Jessie, una chica más bien regordeta, con los pechos caídos y una peluca negra que haría que Carmen de Mairena pareciese miss España. La verdad es que ver a Jessie en su número se asemeja más a una comedia con tintes trágicos que a un espectáculo sexual. La pobre debe bailar (o moverse, dejémoslo así) con unas plataformas que convertirían a cualquier tobillo en el de Aquiles. Cuando se pasea a gatas por el escenario, la pobre arrastra las piernas a cámara lenta. Aproximando su pubis a la cara de un co-espectador mejicano que se sienta en la barra, y que parece enormemente avergonzado, Jessie bosteza de aburrimiento; su espectador, rojo como un tomate, no puede encontrar en su cartera ni un dólar para darle (claro, las monedas no se pueden insertar en las bragas ni en los tobillos de las sexy girls).
La segunda prima donna es Paula, una hispana espectacular que se mueve con más brío, mientras –supongo que para distraerse- musita la canción que nuestro discjockey nos dispara. Mientras Paula baila, se acerca a mi mesa Charlotte, una estupenda chica negra que me ofrece un servicio privado, “with some more intimacy” (aquí deberíamos saber qué acepciones de la palabra intimidad se nos proponen). El servicio de striptease cuesta unos veinte dólares, afirma Charlotte, una mujer que –curiosamente- encuentra mis ojos muy bonitos y sostiene también que mi sonrisa es especialmente carismática. Pero debo denegarle a Charlotte una sesión que –evidentemente- entre propinas y champaña-no-quiero-ni-saber-la-marca me costaría cien dólares, un dinero que mi jefe estaría encantado de sufragar (“pequeñas gabelas”, decían nuestros abuelos).
Cien dólares, queridos amigos. Lo que uno se puede gastar en una cena, se lo ventila viendo mover el culo a la simpatiquísima Charlotte, una mujer escultural con quien servidor no osaría meterse en la cama no por motivos higiénicos sino por miedo a perder su masa ósea. Sea como sea, Charlotte se despide con un beso y deseándome buenas noches. La verdad es que, por un momento –y por perversión- me encantaría ver bailar desnuda a esa chica delante de mis morros. No es cuestión de moral, sino una cuestión meramente estética; su pudiésemos cambiar el felpudo por un simple parquet y un muro blanco y la música hip hop por el último movimiento de la Júpiter, ahí estaríamos todavía la miss y servidor. Sería maravilloso; pero será mejor irse a la cama, como hace desde hace tiempo la gallina, con su gran pene…

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