Saturday, September 02, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (01-09-2006)

DIA II (01-09-2006)

9.00 AM; Hoy ha sido un día de enormes contrastes, en el que he visto esferas vitales absolutamente dispares y alejadas.

Por la mañana visito el Lower Ninth Ward, uno de los barrios más afectados por el Katrina. El Lower está al sur del Mississipi, en una zona sombría y seca que los colonos franceses no se atrevieron ni a pisar y que los primeros cronistas americanos de la ciudad definían como pestilente y sucia. El novelista George Washington Cable la describió hace tiempo con una frase que bien podría reutilizarse actualmente; el Lower es “una tierra atada al dolor (…) oscurecida por cipreses gigantes, sumergida; una tierra de serpientes, silencio, sombra, decadencia.”

Los ciudadanos negros libres y algunos inmigrantes europeos cortaron esos cipreses sombríos, llenando la zona de casas residenciales familiares; en el Lower nunca tuvieron muchos hospitales, ni colegios, ni grandes infraestructuras (supermercados, centros comerciales). Era un barrio (ahora es una ciudad fantasma) en el que la gente vivía, simplemente, ayudándose; un distrito, en definitiva, con aires tribales.

El siglo XX tampoco trajo mucha alegría a las sombras del Lower; la modernización de la ciudad conllevó la construcción del Industrial Canal, una estructura que conectaba el Lago Pontchartian con el río. Tiempo después, hasta tres puentes conectarían la zona con la ciudad; sin embargo, el barrio siguió viviendo en la más estricta soledad.

En tiempos del Katrina, en el Lower vivían solamente catorce mil personas, menos del tres por ciento de la población de New Orleans. Sin embargo, la destrucción absoluta del barrio llegó a personificar la desesperación de una ciudad abandonada por todos. La situación era y es muy compleja; el barrio es uno de los más pobres de la ciudad. La mayoría de sus habitantes no pasan de un sueldo de treinta mil dólares anuales (la media nacional son cincuenta y siete mil).

Por otro lado, inevitablemente, está lo que parece ser “el gran problema”; su población es totalmente negra. Unos ciudadanos negros, por cierto, bien acostumbrados a luchar por sus derechos. En 1960, la presión social del barrio (en el caso Brown contra el Board of Education) consiguió que un chaval de seis años, Ruby Bridges, pudiese entrar (acompañado por policías) en la William Frantz Public School, entre simpáticos conciudadanos que le gritaban “cabeza de burro”.

Mientras se calcula que un cuarto de la población de la ciudad se ha perdido desde el huracán, el segmento negro se resiste a abandonarla (hasta un sesenta y cinco por ciento de negros se han quedado en New Orleans). Por otro lado, esta era una de las zonas con mayor índice criminal del país (lo llamaban “la capital del crimen en la capital del crimen”).

Sin ser un barrio muy profundo (alguno de sus casas están por encima del nivel del mar) el Lower se sitúa en lo que fue una encrucijada mortal; entre dos canales, el Industrial y el Mississipi River Gula Outlet. Algunos vecinos todavía recuerdan, asustados, como el barrio se inundo la mañana del veintinueve de agosto. Las imágenes de las casas, con gente esperando hasta dos días a ser evacuada en sus tejados, dieron la vuelta al mundo. Por un momento, el país más poderoso del planeta parecía un lugar perdido del tercer Mundo.

Los vecinos, como es lógico, estaban desesperados. No ayudaron mucho declaraciones como las del congresista republicano Richard Baker, de Baton Rouge, que fue cazado por los medios en una conversación privada con inversores inmobiliarios afirmando “por fin hemos limpiado New Orleans de vivienda pública. Nosotros no pudimos hacerlo, pero Dios sí.” Poca ayuda, insisto. Por otro lado, Kames Reiss, un empresario del ramo electrónico, afirmo –en declaraciones al Wall Street Journal- su deseo de ver la ciudad transformada “demográficamente”. Paralelamente, en los barrios comerciales de la ciudad (como el French Quarter, en el que estuve ayer, o en distrito central), uno podía notar como los propietarios de enclaves turísticos prácticamente no sabían nada del barrio. Sus habitantes, claro está, no contribuían a la economía de la ciudad.

Ante este panorama, no es extraño que el Lower fuese uno de los pocos barrios que la National Guard llegó a cerrar a cal y canto durante el Katrina. Las autoridades de la ciudad, paralelamente, prohibieron a sus vecinos entrar en el barrio a buscar sus pertenencias, aunque –cierto es- el Lower solamente era la imagen de un esqueleto urbano. Actualmente, sus ciudadanos desconocen si el barrio llegará a poderse reconstruir. Lo que sí es cierto es que hay familias que han vivido en él durante muchos años y se resisten a abandonarlo. La frase que más he escuchado está mañana es “esta es mi casa; y no me quiero marchar”.

11 AM; Llego al Lower en taxi, el único medio que me permite ir a la zona. Cuando le canto el destino a mi conductor, el hombre me mira con cierta extrañez. Un tipo blanco, raquítico, de unos sesenta años y –cosa terriblemente rara en un taxista norteamericano- bastante silencioso. Intento romper el hielo con algunas preguntas sobre el lugar. “¿Cree usted que van a reconstruirlo?”, “¿conoce a alguien que viva ahí?”; mi taxista, simplemente, se encoge de hombros, afirmando “We just don’t know” (no sabemos nada). A la tercera respuesta idéntica, dedico callarme (mi conductor está más interesado en tratar su diabetes; hoy ha olvidado tomarse su segunda inyección y nota demasiada calor en el cuerpo).

Cuando me deja en el centro del barrio, me da una tarjeta de la compañía de taxis, advirtiéndome del peligro de la zona. Más que peligrosa, a mí la zona me parece absolutamente deshabitada, le comento. “Es mi obligación insistirle. Tome una tarjeta para llamar a otro taxi. Esta es una zona muy peligrosa, créame. Mucho más –afirma decididamente- para un hombre blanco.”

Caminar por el Lower es, sin duda, una de las experiencias más fantasmagóricas que he podido vivir jamás. El barrio sigue siendo la imagen viva del Katrina. Centenares de casas absolutamente derruidas, coches cadavéricos que se amontonan en las calles, objetos desperdigados, polvo y barro a mansalva. Entre todas las casas (unas residencias familiares de unos ciento cincuenta metros cuadrados, que debían ser más que dignas hace doce meses) encuentro algunos trailers (unas caravanas tipo camping,) instalados por la FEMA. Las casas se cuentan por centenares; los trailers, por decenas.

En la primera caravana a la que me acerco viven Margaret Howard y su marido Hagin. Margaret vive en el Lower desde que tenía siete años. “Esta era una buena zona para vivir. Los niños se portaban bien, la gente era buena; todo el mundo se ayudaba y vigilaba las casas de sus vecinos”.Tras el Katrina, los propietarios de las casas del barrio pudieron solicitar una caravana en la FEMA. Las caravanas ocupan poco menos de veinte metros cuadrados; pero, como dice Margaret, aunque puedas bañarte y tener agua, aire acondicionado y electricidad, “esto no es una casa”.

Mientras se desfoga con este desconocido, a Margaret le tiemblan los labios y mira todo el rato hacia las casas de sus vecinos: “La gente está asustada y no consigue volver. Están en Texas… en todas partes. Pero aquí nadie hace nada para la gente. Nos sentimos muy solos, estresados. Yo lo he perdido todo con esto. No tengo casi objetos materiales, y no estoy acostumbrada a vivir así. Pero doy gracias a Dios porque al menos todavía conservo mi vida, afirma con resignación.”

Cuando le pregunto por qué sigue viviendo en el barrio, no duda en responder algo que, insisto, voy a oír bastantes veces durante esta mañana tan calurosa; “Quiero vivir aquí porque aquí es donde crecí y nací. Y porque me gusta. No quiero vivir en ningún otro sitio, ni en Texas ni en ningún otro lugar. Me encanta New Orleans y quiero quedarme. No estoy asustada por los huracanes; eso fue la voluntad de Dios… No estoy asustada. Quiero que la gente vuelva a sus casas y que nos continuemos ayudando.”

Hagin, un hombre negro de rostro felino –con un acento prácticamente inteligible y una piel marcada por la resignación- muestra su cabreo con mayor descaro; “Yo no les creo (en referencia a los miembros de la FEMA y a los políticos en general). Le prometieron dinero a mucha gente. La gente del otro lado del río tiene dinero. Aquí no tenemos ni un dólar. Muchas mentidas, eso sí que tenemos. Yo tengo cincuenta y cinco años. Tenía una casa de alquiler; ahora no tengo absolutamente nada”

Tras despedirme de ellos, sigue la travesía en el desierto. Pasan diez minutos y –a lo lejos- diviso unas seis personas en el porche de una casa derruida. Es la familia de Terry Lynn, una señora de unos cincuenta años que también tuvo la desgracia de optar por alquilar una casa en el Lower. Ferry vive con seis personas en su antigua casa, que tuvo que limpiar y vaciar ella misma semanas después del huracán. Sin preguntarle a penas nada, dispara toda su ira en mi micrófono; “Que cómo me siento? Miserable! Alguien tiene que hacer alguna cosa con esto. Necesitamos ayuda para volver a nuestras casas; donaciones, ayudas, lo que sea. He vivido en un hotel que me costaba cincuenta y cinco dólares por noche. Ahora no tengo ni para el hotel y tengo que vivir en la calle con mis dos nietos, mi marido y mi hijo.”

Terry recibió ciento treinta y tres dólares en ayudas de la FEMA; su casa de alquiler en Houston (que tuvo que abandonar) le costaba setecientos cincuenta. Ha vivido en el Lower, que “ha sido su casa durante cuarenta y dos años”. No conoce ningún otro lugar en el estado, y a penas pasea por la ciudad. Su nieto, al que sostiene en brazos, tiene fuertes dolores de cabeza y fiebres repentinas. Terry no tiene una tarjeta de la Seguridad Social; no puede llevar a su familia a ningún hospital, ni tampoco puede permitirse que sus nietos vayan a la escuela.

Cuando les comento que me parece curioso que un alcalde negro deje de lado a sus congéneres, el hijo de Terry (unos veinte años, con la dentadura superior dorada y una mirada de odio que asusta) se acerca a mi y me suelta “Hasta un blanco lo hubiese hecho mejor. Mira nuestro barrio, tío. Que nos han dado? Caravanas? Vamos, tío. Un blanco lo hubiese hecho mejor. Es una lástima que reeligiesen a ese alcalde… Mira a tu alrededor; esto es real, tío.”

Terry vuelve a limpiar su casa. Camino una nueva travesía, hasta que encuentro a Gray y Richard, dos simpáticos trabajadores de la construcción que habían visitado Barcelona, Valencia y Málaga con la Navy hace treinta años y que todavía recuerdan las principales marcas culturales de nuestra patria; a saber, la paella y la sangría (curiosamente, New Orleans conserva un plato llamado Jambalaya –una mezcla de arroz con cualquier cosa que se preste- que se supone hija de la paella). Entre tanta tristeza, estos curiosos trabajadores son como un bálsamo de aire fresco.

Richard está rehabilitando, sin ayuda alguna, la casa de su sobrina. Su indignación se filtra en ironía y sentido del humor; “Vete al City Hall y pídele al alcalde un poco de dinero, por favor”, me suelta entre risas. Gray (el único blanco que he visto hasta el momento) reflexiona con calma; “Hay cosas muy tristes de este país. Estamos gastando mucho dinero en Irak y aquí no tenemos dinero para edificar nuestras casas; nuestro país invierte en la construcción en Irak, y aquí hay gente que no puede vivir en sus casas.” Nos despedimos amistosamente, prometiéndonos una sangría en Barcelona, en donde Gray –afirma decidido- ha visto las mujeres más bonitas del mundo. Unas marcas nacionales, repito, dignas de admiración…

Tras hablar con estos dos personajes salidos del país de las maravillas, encuentro a un matrimonio, Herald y Elisabeth Moore. Herald parece estar en la misma situación que sus conciudadanos, pero su actitud es un poco más optimista; “Estoy construyendo mi casa para mis dos hijos. Espero recibir alguna ayuda, pero de momento lo estoy haciendo solo. Pero sé que Dios va a abrirme las puertas. Todo depende de lo que hagas; si no te mueves no harás nada.” Mi formación cristiana, de la que estoy absolutamente orgulloso, es suficientemente liberal para dudar –dadas las condiciones de vida que veo- de la ayuda de Dios. Pero el sabio Herald insiste en desplegar sus convicciones; “¿Usted conoce a Dr. King (en referencia a Luther King) ¿Él era negro, no? Y mire lo que dijo; no juzguen a mis hijos por el color de su piel. Todo depende de Dios, no de los hombres. Usted es blanco y yo soy negro; usted y yo no podemos hacer que no llueva. Entonces, estamos en el mismo barco. Y por eso nos debemos ayudar.”

Herald tiene algo que siempre he admirado y de lo que me he visto eternamente desprovisto; el don de la fe. Una fe que no me parece alienante; él construye su casa pensando no en su bien, sino en el de sus hijos. La fe no mueve montañas, pero puede llegar a edificar casas. Por un momento, hablando de Dios –mientras come polo frito con “macaroni and cheese”- Harold parece feliz. Su mujer no interviene en la conversación en ningún momento; ni me mira. Al despedirme, cuando bajo las escaleras del porche, Harold sigue insistiendo en su argumento; “Si usted no cree en Dios es que tiene un problema. Las creencias no dependen de los coches que uno tiene. Uno no se lleva dinero a la tumba, créame.”

Pero todavía queda lo peor, después de este pequeño islote de humor y fe. Veo, a lo lejos, a una mujer sentada mirando fijamente a su casa. Le pregunto si vivía ahí y si ve a reconstruir su casa. Con la mirada perdida, se echa a llorar. “No estoy de humor, sabe…”. Abandono el lugar, mirando hacia atrás, mirando la soledad. Creía que ésta sería la imagen más triste del día. Pero me equivoqué; intentando salir del barrio, acabo en una escuela (la Martin Luther King Jr. School). Entrar en un edificio así, todavía con algunos retratos y libros para colorear de los chavales del barrio, y verlo absolutamente vacío, con algunos trofeos tirados en el suelo y retratos de los ídolos inmortales de la reivindicación racial negra llenos de barro, es superior a cualquier imagen de una desgracia. Una escuela sin nadie; sin niños, sin futuro, sin educación. Barro, vacío y un silencio que da miedo.

No sé si los agentes inmobiliarios van a reconstruir este lugar, echando a sus antiguos propietarios y revendiendo las propiedades a sumas superiores. En el mundo capitalista, decía Billy Wilder en “123”, siempre hay alguien que debe hacerse rico… Lo único que sé es que en el barrio no paran de llegar limusinas y algunos coches deportivos de lujo, taxis llenos de turistas morbosos, etc. También hay carteles de anuncios de inmobiliarias, reparadores de techos y vendedores de caravanas a mil quinientos dólares. Eso es lo que veo con mis ojos, y así lo cuento con mis manos.

4.00 PM; Intento llamar a la compañía de taxis que, amablemente y con advertencias para con mi seguridad, me había dejado en el Lower; pero no quieren venir hacia el barrio si no les doy una dirección exacta o un teléfono fijo (¿hay teléfonos operativos en este barrio? ¿existe algo como “direcciones exactas”?). Estoy muerto de calor (hace un día no apto para pieles blancas…) y no veo ni un bar, ni una fuente o una gasolinera para refrescarme ni para beber aguar.

Cuando ya me veo cruzando el puente a pie, un ángel de Brooklyn me rescata y me lleva al otro lado del río en su vieja camioneta tronada. A primera vista, me parece estar soñando; la chica que tengo delante es igual a primer amor de juventud (a quien aprovecho para saludar con la debida pleitesía). Pero la visión es realidad, y no es mi primer amor, sino Ame, una fotógrafa de veintinueve años que vive en Williamsburg (Brooklyn). A Ame le hace bastante gracia que su nombre me recuerde a una canción muy triste de Damien Rice (la canción se titula Amie, pero el nombre se pronuncia igual); le parece gracioso porque todo el mundo recuerda su nombre por otra canción muy cutre al estilo country, canción que –evidentemente- se me escapa y que seguramente odiaría, como todas las canciones de ese vacuno estilo.

Ame me lleva hasta Frenchmen Street. Su acto angélico bien merece invitarle una cerveza. Nos la tomamos en el DBA, un local de jazz de la zona más auténtica de New Orleans. En el DBA, según me cuenta su jefe, estuvo cantando hace una semana un tal Stevie Wonder. Se ve que el tío estuvo actuando en un show para los afectados del Katrina y luego se pasó por el bar y acabó cantando hasta altas horas de la madrugada. Una pena no haber podido estar ahí.

Ame dice que estas cosas extraordinarias acostumbran a pasar en New Orleans. Ella estaba en el Lower, un barrio en el que no se atreve a poner pie, para curiosear un poco y ver la evolución de la ciudad. Con ella hablamos del jazz (parece ser experta en el tema) y de su futuro como fotógrafa. Quedamos para un concierto el sábado en DBA; me enseñará los bares más conocidos de la ciudad la noche del sábado. También hablamos de nueva York, una ciudad que queda muy lejos, y más tras ver el Lower en estas condiciones. Nueva York, otra vez, es la excepción, la isla que ahora se ve de lejos y parece un miraje.

9.00 PM; Tras una merecida ducha, me dirijo al Garden Distric, una zona poblada de estudiantes (ahí está la universidad de Loyola, y la Tulane University), de clase más bien próspera. Necesito algún contacto importante para obtener información sobre algún barrio más de la ciudad que todavía siga afectado por el Katrina. La mejor información, a parte de los taxistas (consejo para jóvenes periodistas de alguien que no lo es) la tienen siempre los camareros, y más si son estudiantes.

Intento entrar en un restaurante de Saint Charle Avenue (la arteria central del Garden), pero casi todos los establecimientos de la zona están cerrando a la hora en la que a un español le empieza a sonar un poquito el estómago. Uno de los responsables del restaurante me recomienda algún lugar que cree estará abierto. “Pero vaya con cuidado. A estas horas, el barrio es peligroso. Antes había gente mala por toda la ciudad. Pero después del huracán, hay mucha que viene por aquí. La gente mala, ya se sabe, tiene que meterse en algún sitio…” Otra advertencia criminal en menos de unas horas…

A medida que camino por la avenida, el Garden me parece más seguro y tranquilo (aunque vacío, claro está) que lo que intentaban describir las advertencias de mi interlocutor. Acabo cayendo en el Gula Stream, un simpático restaurante en el que puedo comerme (por fin) un buen Red Snapper con espinacas y un vaso de vino blanco. Mi camarera, como sospechaba, resulta ser una estudiante de sociología de la Tulane University. Su nombre es Jessica y visitó nuestro país para estudiar español (nota importante; le llaman mucho la atención expresiones como “joder”, “mecagonlaputa” y –por encima de todo- nuestro imprescindible “coño”; por otro lado, tuvo muchísimo trabajo en enseñarnos a nosotros, ignorantes, que Norteamérica no es sinónimo de G.W. Bush; se le agradece un esfuerzo que, visto los niveles de antiamericanismo de nuestro país, deberá reafirmarse un tanto).

Jessica, a parte de buena camarera, me da la información que buscaba; debo visitar la Mid-City, Slidell, Gentilly y Chalmett. Por si fuera poco, mi camarera me ofrece algún que otro contacto con el departamento de antropología de Tulane. Mejor, imposible.

Caminando St.Charles Avenue hacia el norte, me topo con un precioso edificio colonial. Es el Hotel “The Columns”, famoso por su bar, al que asisten regularmente estudiantes pijos de las universidades de la zona; es siempre bonito ver, por otro lado, como los yanquis se emborrachan con dos Coronitas... La terraza, con unas poquitas mesas, es deliciosa. La segunda camarera-informadora del día resulta ser Jennifer, que también es estudiante de Tulane, en este caso de antropología.

Con Jennifer hablamos de la complejidad de analizar la catástrofe de New Orleans únicamente desde el prisma racial. “Hay barrios como Lakeview, que son blancos, y también quedaron destruidos por el huracán y nadie habla de ellos.” Espero ser la excepción. Sin llegar al resentimiento que mostró Steph (lean el diario de ayer), Jenn está un poco molesta con las explicaciones de la prensa sobre el tema. Ante tal complejidad, le prometo que mis explicaciones también intentaran ser complejas.

Tras la segunda parada (y su consiguiente contacto con el departamento de antropología de Tulane) sigo mi excursión por la avenida. La verdad es que esta es una zona preciosa (aunque deslucida por algún árbol caído y semáforos oxidados). Pero sus mansiones son espléndidas, con jardines cuidados al milímetro, piscinas de azul infantil en las que me tiraría en plan bomba sin pensarlo dos veces...

Sin embargo, uno no puede dejar de sentir cierta indignación. El patio de la universidad de Loyola –imitación del de Oxford, pero reducido- contrasta con la escuela que he visto antes en el Lower. Opulencia respecto a vacío, mucho respecto a poco. Eso es, nuevamente, lo que veo.

11.00 PM; Hablo con Francisco, un ciudadano de Honduras que vive en New Orleans desde hace cinco años y que vuelve de su trabajo en bicicleta. Curra, como los más de quince mil hispanos que han llegado a la ciudad en estos últimos doce meses, en un restaurante, fregando y pelando patatas. Le gusta vivir en New Orleans, porque puede enviar dinero a su familia; su madre está enferma de cáncer y tiene que mantener a nueve hermanos. Desde que está aquí, Francisco no les ha podido visitar; su visa se acaba en dos meses y tiene que renovarla pronto, si se quiere quedar. Me cuenta que él tiene los papeles en regla para trabajar pero que –en Kleibor Street- cada mañana, a partir de las seis, se amontonan amigos suyos que buscan trabajo, a los que algunos empresarios y pequeños comerciantes cogen en la calle sin que éstos tengan papeles (supongo que les suena la escena…). La ciudad, dice, ha cambiado mucho. Antes, en el centro (en Bourbon) podías ver a gente “pisando” (así es como los hondureños llaman a nuestro “follar”) pero ahora hay menos gente en todas las zonas; todo el mundo, dice, está un poquito asustado. Ya lo ven; los huracanes acaban mermando hasta las ganas de pisar en la calle…

12.00 AM; Se hace tarde y es hora de tomar un taxi. Me lleva el primer pakistaní que he encontrado en New Orleans. Se llama Mian y vivía cerca del Lower Ninth Ward; su casa quedó absolutamente destruida por el huracán. Mian obtuvo una pensión de cinco mil dólares por una casa cuyo valor se estimaba en setenta mil. Ha pagado el resto de la reconstrucción de su bolsillo. No ha tenido problema alguno debido a su condición racial; “con la gente que tiene estudios es muy fácil hablar; el problema es la gente ignorante.” Totalmente de acuerdo, amigo; el problema es que hay mucha gente, como la que he visto hoy y que recordaré siempre, que no ha tenido esa oportunidad, la oportunidad de no ser ignorantes. Son ignorantes, cierto es, peor bien conscientes –parece ser- de que hay alguien que les ignora o que, cosa peor, está empeñado en joderles la vida.

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