Friday, September 01, 2006

DIARIO DE NEW ORLEANS (31-08-2006)

DIA I (31-08-2006)

3.00 AM; Dejar Nueva York implica necesariamente una situación traumática; también conlleva una experiencia metadónica, de imposible desenganche, aunque sea solamente por unos días y –como es el caso- a sabiendas de que el viajante tiene ansiedad de llegar a su destino. New Orleans es –para mí- algo inédito, esculpido todavía solamente en palabras, en lecturas que se hacen desde la distancia; la ciudad es un relato, una narración televisada como espectáculo público. Abandono la ciudad del relato por excelencia, Nueva York, para entrar en otro cuento, en una jaula llena de dioses y monstruos que me gustaría poder llegar a ver en los ojos y palabras de sus habitantes.

Mi vuelo hacia New Orleans sale a las 6.26 de la madrugada. Abandono la República de Harlem con tres horas de antelación; dados los tiempos que corren, y sus consiguientes medidas de seguridad, espero que sean suficientes. La maleta, ajustada al máximo y con objetos siempre innecesarios (viajar es un acto hipocondríaco; siempre acabamos incluyendo en el equipaje alguna medicina que sabemos innecesaria). Tomo un taxi hacia el aeropuerto de Newark; abandonar la ciudad es mejor (perdón por la autocita) cuando está dormida, cuando pocos nos miran pensando lo imbéciles que somos al abandonar Nueva York por cualquier otra cosa en el mundo. También si se hace por una ciudad que parece derruida y sin atractivo alguno…

Un taxi, decía hace unos segundos. Primer error del viaje. “Su acento parece francés”, afirma mi conductor (nada más lejos de la realidad; mi acento es mixtura española y neoyorquina de adopción, ligeramente filtrado en inflexiones que pretenden ser inglesas y caen fatalmente en el vacío por su criminal falsedad). Primer error, insisto; “No; soy español… de Barcelona”. Y digo error porque la siguiente frase es inevitable y cae por su propio peso; “Entonces usted debe ser fan del F.C. Barcelona”. Mi condición de socio numerario (regalo paterno de una más que lejana mayoría de edad) y algo llamado deber moral, en consonancia con un ligero sentimentalismo (y, actualmente, cierto orgullo-y-sacar-pecho –toco madera, para que negarlo), no me permiten mentir. Hubiera sido fácil hacerlo.

Bouleymane Sanogo, natural de Costa de Marfil. No hace falta ni decir que conoce mejor la historia del F.C. Barcelona que servidor (se me hace muy extraña, por cierto, la pronunciación yankee de ef-si-barselouna). La “globalización esférica”, sea como sea, empieza a salpicar la conversación; Ronaldinho, Michel, Zubizarreta, Koeman, Stoichkov… y acabo aquí la lista porque viene larga, aunque no puedo dejar de confesar, con media risilla malévola, que el jugador preferido de Sanogo fue un tal Mendieta (eso sí, en la época valenciana).

Sanogo tiene un hermano en España; concretamente en Madrid, y está muy contento porque se va dos meses a visitarlo, y viajarán a París (una semana) para poder luego estar de nuevo en Costa de Marfil. “Es bueno estar con la familia, sabe usted… tu mami, tu papi, tus amigos.” Comprensible, querido colega accidental experto en fútbol. Pero hay algo más; “Me encantan las vacaciones, para volver a casa y presumir. Aquí gano dinero, pero a un americano siempre le dará igual. En cambio, en mi casa puedo tener mi propio apartamento, ser importante, sentirme superior.” Un replanteamiento bastante curioso del “American Dream”; un contrato de trabajo temporal para poder ser un turista de lujo en tu tierra de origen.

3.45 AM; Llegada a Newark, el tercer aeropuerto de la ciudad, todavía vacío. El tenderete de American Airlines no se ha lavado aún la cara y nos hacen esperar un rato, para acabar metidos en una de esas maquinillas en las que el viajante puede auto-facturar su billete. No falla; todas acostumbran a equivocarse y a colgarse, con lo cual se acaba necesitando asistencia humana. Se cumple la costumbre, de nuevo…

Chequeo de seguridad; zapatos fuera, ordenador destapado e inspeccionado, metedura de mano (hacía tiempo que no me tocan el culo, pienso con cierta tristeza honesta). Una señora muy simpática me roba mi desodorante y mi tubo de pasta dental (como dije días antes, esas son sin duda “armas de destrucción suficiente”).

En la maleta, por otro lado, llevaba un libro sobre Hobbes que llevo leyendo hace unos días. Siempre, cuando viajo en tiempos de alta seguridad, llevo en el equipaje algún libro de o sobre un pensador belicista; uno de mis sueños sería encontrar un asesor de vuelo filósofo que me prohibiera embarcar el Leviatán o El Concepto de lo Político de Carl Schmitt con la excusa de que esos objetos justifican la violencia o que han causado muchas más muertes que un bote de desodorante. Sería maravilloso, pero los sueños sueños son...

Ante la puerta de embarque, viendo los informativos de la CNN, el totalitario Chávez insulta nuevamente a mi “presidente de adopción” (no recuerdo ni presto atención en el “regalito” que le dedica). Con adversarios como el tipejo de Venezuela, poca dialéctica le hace falta al amigo Bush para seguir imponiendo sus medidas de seguridad. Para seguir metiéndonos la mano en el culo, vaya…

Minutos después, en la misma emisora, los comentaristas del magazín matinal discuten las últimas declaraciones de Bush, en las que describe a sus enemigos moriscos como fanáticos del “islamismo fascista”. Sus asesores lingüísticos le han vuelto a fallar. Vaya par de demonios…

9. 00 AM; Parada breve en Dallas, para tomar el avión hacia Nueva Orleans (estando en Dallas, lugar en el que a todas luces no volveré en mi puñetera vida, es inevitable pensar en las aventuras de J.R., Bobby, Sue Ellen y compañía; ustedes ya las conocen). Para matar el tiempo, siempre es bueno leer prensa local. Con bastante desconfianza (los periódicos baratos, de cincuenta centavos, no me dan mucha credibilidad) leo el The Dallas Morning News, el favorito de la ciudad, según dice el quiosquero.

En la sección metropolitana, me llama la atención una noticia bastante divertida. El Southwestern Baptist Theological Seminary de Fort Worth (una pequeña localidad al oeste de Dallas) ha sido denunciado por uno de sus más fieles servidores. No es otro que uno de sus reverendos, Dwight McKissic, que ha acusado a sus superiores de censurar uno de sus sermones, un discurso en el que éste disentía de los dictados del consejo de la entidad, la Southern Baptist Convention.

El tema es importante; el Consejo prohíbe expresamente que sus reverendos, al dar misa, practiquen algo conocido como un “private prayer language” (lenguaje privado de plegaria), es decir, una forma de rezar con expresiones y fórmulas particulares, no tomadas del relato bíblico, que pueden incluir expresiones populares. El reverendo afirmó sin pudor ante la congregación que él mismo practica esa forma de plegaria desde que era un estudiante en el seminario de Southwestern; McKissic se escuda en la Biblia, que no prohíbe (más bien, según él, ensalza) este tipo de práctica.

Es innegable que la intolerancia de esa administración religiosa nos acerca simpáticamente a las posiciones de este pobre reverendo. Sin embargo, al final del artículo, el redactor del periódico comenta que McKissic ya era un personaje bastante conocido por sus diatribas contra el matrimonio homosexual (algo más o menos respetable) y por afirmar que el Katrina fue un castigo de Dios hacia New Orleans, debido a las conductas claramente pecaminosas que se daban en la ciudad. AL final, uno ya no podrá tener simpatía por nadie…

Otras noticias interesantes del Dallas Morning Chornicle. En primer lugar, la ejecución de Derrick Frazier, un joven de veintinueve años que asesinó junto a un amigo a Betsy Nutt, una pobre señora de cuarenta y un años que quiso orientar a los jóvenes por la localidad; éstos se metieron en su casa simulando una avería. Frazier (convertido al Islam y rebautizado Hasan al-Sakur) habrá muerto ya, después de esperar nueve años en el corredor de la muerte.

Intento buscar una tercera noticia un poco más benigna. En la sección de Negocios del periódico, leo un interesante artículo de Karen Robinson-Jacobs titulado “Mechanizing the Big Mac” que explica como las cadenas de fast-food están pensando en implantar un sistema robotizado de asistencia al público. Según parece, las empresas de restauración norteamericanas van a necesitar un millón adicional de trabajadores en 2015; esta nueva contratación implicaría que las empresas se gastasen 3.5 millones de dólares en el coste del seguro médico de sus empleados. Por el momento, el gasto de robotizar plenamente el sistema de pedido parece bastante caro. Pero la técnica, como saben de sobra, va en búsqueda del dinero. Asegurarse un ahorro de 3.5 millones destinados a un derecho universal siempre es productivo para la economía, y bueno para nuestros estómagos.

Como ven, y este resumen noticiario es prueba de ello, si necesitan algún lugar para visitar o para pasar unos días agradables, Dallas es una buena elección…

12. 20 AM; Aterrizo en el Louis Amstrong Internacional Airport de New Orleans; un edificio meramente funcional, bastante desangelado (me recibe un letrero que pone “We’re jazzed you’re here!”). Segundo taxi hacia el hotel Warwick, en el Central Business District. A primera vista, New Orleans me produce un efecto sorprendente. Por un lado, tengo la insalvable sensación de encontrarme en una de esas ciudades del centro de los Estados Unidos (pienso en Omaha, en Kansas City) que no tienen alma ni pizca de gracia, todas ellas constituidas a partir de un centro urbano tosco, con cuatro rascacielos que acostumbran a ser hoteles de habitaciones color marrón (como la mía). Por otro lado, la ciudad tiene un aire que me lleva de golpe y directamente a los pueblos más cutres de la costa catalana, con sus anuncios de colores nefastos y sus tenderetes para turistas rusos. Esta impresión va en aumento durante el día.

9.00 PM; Tras visitar el centro de la ciudad, intento buscar alguna zona más animada para cenar. Si mi primera sensación estética no hace que aumentar, existe otro aspecto de la ciudad que me deja atónito. Nueva Orleans, efectivamente, está vacía; según cuentan, y espero certificar, la ciudad solamente conserva un treinta y ocho por ciento de su población original. Pasear por una ciudad eminentemente (y estéticamente) marcada por el turismo, pero sin ninguna alma por la calle y con sus negocios a la baja, tiene bastante tintes de surrealismo.

De hecho, toda la población de Nueva Orleans se concentra (al menos a estas horas de la noche) en el French Quarter, una zona rectangular que bordea el Mississipi, edificada por los primeros colonos franceses de la ciudad en 1788. Tras la dominación francesa, Luis XV le regaló la colonia y la zona a nuestro Carlos III en el famoso Tratado de Fontainebleau (en 1762; menciono esta cuestión porque ésta es una pregunta muy habitual en el “Trivial”). El regalo, por cierto, no fue una muestra de altruismo familiar, sino una táctica para tocarles la nariz a los ingleses. Los españoles, sea como fuere, estuvimos en New Orleans más de cuarenta años y –aunque la ciudad conservó su afrancesamiento- todavía quedan signos de nuestra cultura imperial.

Uno de ellos está en los nombres de las calles. La arteria principal del French Quarter es Bourbon Street, el paseo más conocido de la ciudad (solamente ocupa 14 manzanas) y la única calle en la que el ayuntamiento permite el uso de luces de neón como reclamo para locales y restaurante. Bourbon, evidentemente, proviene del apellido de los monarcas que todavía tenemos la suerte y el inmenso goce de sobrellevar sobre nuestras espaldas, aunque –a juzgar por lo visto- a la atmósfera de la calle le va mejor el palabro que se refiere aun conocido licor.

Bourbon Street –pese a la juerga continua que destila y pese ser una de las zonas que más se salvó del efecto del Katrina- respira un aire de profunda tristeza. En un local de souvenirs horroroso venden algunas camisetas con logos bastante cínicos; “Este es el plan de la FEMA para New Orleans; corre, hijo de puta, corre.” o “Las buenas chicas nunca acaban flotando”. Bromas que recuerdan, en definitiva, el inmenso amor que tenemos los humanos para comercializar con la propia mierda y la desgracia ajena.

Souvenirs a parte, la calle está llena de locales de topless y de sexo en vivo. A partir de las 10 PM, las chicas de los locales salen a la calle como reclamo, algunas de ellas medio desnudas. Muchas intentan teatralizar miradas de entra-guapo-que-me-verás-sin-ropa; pero sus ojos no pueden dejar de mostrarme un aburrimiento supino. Al final de la calle, en la zona gay, las prostitutas vuelven de sus servicios; muchas de ellas, se palpan insistentemente la espalda (supongo que por estar de pie, bailando o fornicando tantas horas).

Un gentío terrible, en resumen, que desaparece si uno abandona Bourbon hacia el Missisipi, a la altura de la St. Louis Cathedral, una catedral que se extiende en una bonita plaza ajardinada rodeada de edificios coloniales. En esta plaza, centro fundacional de la ciudad, está el Café du Monde, que tiene una terraza muy agradable en donde los turistas descansamos y podemos deleitarnos con un café con hielo helado magnífico. La terraza, que es enorme, solamente tiene seis mesas ocupadas.

Más allá del lugar, caminando por el río, ni una sola alma. Hay muchos bares abiertos, pero sin a penas clientes. Todos ellos, eso sí, poblados por la que creo debe ser (a parte de los periodistas visitantes) la principal tribu de la ciudad; los músicos. Están en cualquier local (nos encontramos en la cuna del jazz, claro está) y no hay espacio que no tenga una banda a su disposición. Lo increíble del tema es que, en algunos locales, hay más personas en la banda que clientes a la escucha de ésta.

Finalmente, un síntoma innegable del decaimiento de la ciudad, y no pretendo ser graciosillo; es muy difícil, cuando son solamente las 11 PM, encontrar un sitio en el que comer una simple hamburguesa. La encuentro, finalmente, en un barucho de Esplanade Avenue. Primera nota racial; no hay una sola mesa que mezcle blancos y negros…

12 AM; De nuevo en Bourbon, tras la hamburguesa, me siento en un bar musical a tomar algunas notas (algo que hacía en otros tiempos para ligar). El truco (que ahora, mire usted por dónde, era cierto) sigue funcionando. Se acerca a mi mesa Stephanie (“llámame Steph”) una abogada especializada en contratos inmobiliarios que me cae del cielo como un regalo. Le pregunto por el efecto del Katrina en el negocio inmobiliario de la ciudad; “Mira, New Orleans siempre ha estado así de mal, siempre ha sido una ciudad que –comparada con Nueva York- puede ser considerada del tercer mundo, con precios muy bajos.”

Al preguntarle cómo afectó el temporal a su vida, Steph me cuenta que sus padres tenían una casita en Waveland, una localidad que queda al norte de la ciudad, a una horita en coche; el Katrina la arrasó totalmente. “Pero, a veces, estas cosas a la gente no le importan. Aunque no te lo creas –dice literalmente- yo te puedo asegurar, aunque parezca increíble, que el día después de la tormenta había gente tomando cerveza tranquilamente en la playa mientras otros tantos morían. Yo lo he visto con mis propios ojos.”

Tras contestar mis preguntas (unas preguntas que, claro está, no son las más aptas, precisamente, para ligar) Steph me pregunta, ya un poco borrachilla (los americanos llaman a ese estado estar “tipsy”, un palabrejo bastante hortera y kitch) por mi profesión. Cuando le digo que estoy cubriendo el aniversario del Katrina para un medio radiofónico español, Steph cambia repentinamente su rostro y coge mi cuaderno de notas y escribe lo siguiente, con cara de ostensible mala leche; “No tienes ni idea de lo que significa perder todo tu pasado; tus fotos, tus sentimientos, tu estabilidad… todo a lo que estabas acostumbrado. Intenta imaginarte empezar una vida de nuevo llevando solamente un saco con ropa sucia como única compañía durante muchos días. Y, por favor, no minimices nuestra capacidad para reconstruir y sentir lo que sentimos, no solamente hacia nosotros mismos, sino hacia la ciudad que queremos… en la que hemos vivido… y que vamos a reconstruir!”

Mientras leo con dificultad (no hay mucha luz en la terraza) las palabras que Steph me a escrito en mi Moleskine, ella se larga sin decir palabra. Tras esperar cinco minutos, me voy del local. La prensa, ya veo, no es muy bien recibida en la ciudad, o –al menos- cierta prensa a la que los orleanitas ven como extranjeros que comercian con sus vidas sentimentales.

Releyendo las palabras de Steph en mi cuaderno, vuelvo hacia mi hotel, con una cierta pesadez en las piernas y, sin saber muy bien por qué, con una buena dosis de vergüenza profesional e imbecilidad en mi rostro….

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