La realidad norteamericana de esta semana mira hacia atrás, hacia el solar del World Trade Center neoyorquino. El lunes “celebraremos” cinco años del ataque a las Torres gemelas; y un lustro ya empieza a ser suficiente para alejarse del sentimentalismo barato, del recuerdo lagrimoso y de las ceremonias con trompeta y alzamiento de bandera. Los norteamericanos, conscientes de que el 11-S cambió parte de sus vidas en su ámbito cotidiano, empiezan a exigirse el enmarcar ese fenómeno no solamente en su historia particular, sino también en el quehacer político que nos llevará al próximo siglo. Suena difícil, pero lo están intentando.
Hay que mirar hacia atrás, decía antes. En primer lugar, para recordar, es bueno prestar atención a las reacciones globales al atentado de la Torres Gemelas. En los días posteriores a la debacle, la solidaridad con los ciudadanos de Nueva York tuvo una proyección mundial sorprendente; Nueva York, ya se sabe, es una ciudad conocida por todos, que todos teníamos claramente presente en nuestras retinas, cuyos símbolos –aunque turísticos- eran compartidos. Nueva York, decían algunos con cierta ironía, no es Norteamérica; es otra cosa. También hay que decir que muchos, en público o en privado, se alegraron de que –por fin- al monstruo le salieran heridas en la piel…
Paralelamente, muchos países de cultura islámica condenaron con decisión el atentado; el diario Le Monde –en un país no conocido excesivamente por su amor a los yanquis- abrió su portada con el titular “Nous sommes tous Américans” mientras el Corriere della Sera, en su editorial, repetía exactamente este titular, afirmando también que “Nuestras distancias con los EUA ya no pueden existir por más tiempo, porque nuestros valores también están en contra de cualquier forma de terror.” En Bruselas, los aliados de la OTAN resaltaron –quizás por única vez en la historia de la entidad y según el artículo V del Tratado Atlántico Norte- que un ataque a un país aliado era un atentado “contra todos” y que su contestación podría incluir la fuerza armada.
Por otro lado, cuando incluso los más optimistas esperaban una descontrolada reacción bushiana en forma de misiles, nuestro presidente viajó rápidamente a una mezquita de Washington para recordar que los atentados “no representan al Islam; Islam es sinónimo de paz.” En su última campaña electoral, Bush abogó –al menos teóricamente- por un conservadurismo compasivo que intentaría comprender con respeto todas las formas de pensamiento en el mundo. Pero las últimas declaraciones del presidente –insistiendo en el deber de luchar contra el “islamismo fascista”- denotan un cambio de tono que no es nada casual.
Igualmente, aunque todos sabíamos que tal solidaridad con Norteamérica sería transitoria, pocos podían prever que el antiamericanismo llegaría a cotas tan altas. En un libro interesantísimo, Andrew Kohut y Bruce Strokes han intentado buscar las bases del problema que ha llevado a los EUA a un cierto –como ellos mismos le llaman- excepcionalismo político. Uno de los motivos del creciente antiamericanismo que se respira en el mundo, dicen los autores, es la insistencia norteamericana en importar por la fuerza (y de manera evangélica) la democracia a todo el mundo. Sin embargo, una encuesta de Gallup muestra como –después del discurso del Estado de la Nación de G. W. Bush en 2005- solamente un 31% de los ciudadanos americanos encontraban que ésta tuviese que ser su primer interés internacional. Por otro lado, mientras dos de cada tres líderes de los EUA pretenden que el país devenga líder a un nivel internacional, solamente un 10% de los ciudadanos se sienten a gusto con un lideraje unilateral del país.
Por otro lado, esta misma encuesta muestra que los americanos –pese al prejuicio que afirma su infalibilidad casi papal- se muestran muy críticos con ellos mismos. Un 59% de la población cree que su quehacer político es violento, mientras –en lo que toca al fervor religioso- la mayoría de los americanos destinan sus creencias religiosas a problemas de política interior (el matrimonio homosexual, el aborto, etc.) pero no a asuntos que tocan a la política internacional, un aspecto de la actualidad que a los americanos (sólo hay que ver los telenoticias del país) pasan más bien por alto y tiempo durará.
En este sentido, los norteamericanos son perfectamente conscientes que su unilateralismo daña su imagen exterior. No obstante, y paradójicamente, apoyan a perfiles políticos como el de G.W. Bush, un caso de esquizofrenia que se vio perfectamente reflejado en una encuesta de la revista TIME de hace solo unos días con respecto al problema de las células madre; en ese estudio, dos de cada tres norteamericanos se mostraban contrario al veto presidencial de investigación de embriones con fondos públicos. Paralelamente, el mismo estudio afirmaba que –aun así- la mitad de la ciudadanía daba su apoyo al presidente por la fe que éste tenía en sus convicciones morales. Un caso aparentemente contradictorio que tiene explicación sencilla.
Las contradicciones no cesan; como decía antes, los americanos no acaban de creer en el unilateralismo (les sale muy caro, todo hay que decirlo). Aun así, no han mostrado ningún pudor en dar poderes casi ilimitados a su presidente, un capital político que –una vez ganado, dijo el mandatario justo después de su reelección- no dudaría en utilizar. Y la utilización de ese poder ha tenido resultados que caen bajo el estigma de Guantánamo. Igualmente, bajo Guantánamo se esconde algo más profundo, un estado –como diría el admirado Giorgio Agamben- que instaura el estado de excepción como el estado de normalidad.
Por ello, llegaron los secretos y –claro está- las torturas. Incluso John McCain, uno de los republicanos más conocidos por sus políticas centristas y que fue torturado en el conflicto de Vietnam, llegó a afirmar en un artículo en Newsweek que la tortura podría ser tolerada en el caso que uno pudiese evitar con ello un desastre como el 11-S. Pero estos medios interrogatorios, como hemos visto, no han conseguido sino más odio. No deja de ser curioso, como recuerda Jane Mayer en un excelente artículo del Newyorker de esta semana, que el terrorista que más haya contribuido a la información sobre Al Qaeda haya sido Jamal Ahmed Fado, un antiguo colaborador de Bin Laden al que éste hecho por fraude y que ahora vive de los yanquis. Sus captores no le torturan; llevan años costeándole una vida bastante digna (le pagan incluso caprichos como regalos y bolsos para su mujer) y éste canta que da gusto todos los secretos de las operaciones del enemigo…
Antes hablaba de un capital político que Bush está utilizando basándose en su aceptación como líder. Puede que Bush haya fracasado en sus políticas –el embrollo en Oriente Medio es evidente- pero lo que es innegable es que el bushianismo ha calado fondo en la filosofía del país. Baste un ejemplo aparentemente trivial; hoy en día, cualquier periódico norteamericano tiene en sus páginas una sección dedicada a la “war on terror”, y expresiones como el famoso “eje del mal” forman ya parte del orden del día.
Las palabras son muy importantes, y el vocabulario es la imagen del mundo que debemos tener. En cuanto el futuro, hacer ejercicios de proyección histórica es siempre bastante difícil. Lo intenta, por cierto, esta semana el historiador Niall Ferguson en la revista TIME. En un artículo interesante de historia ficción, el profesor de Harvard admite que –de no ser por la debacle de Irak- las políticas de Bush hubieran sido un triunfo y la gente lo hubiese considerado para siempre “el vengador del 11-S”. Cuando mira al futuro (al pasado, en este cuento de ficción) Ferguson ve como a partir de 2008 los norteamericanos habrían abandonado su influencia en la zona de Oriente Medio. Esta retirada haría que sus enemigos ya no estuviesen tan interesados en atacar ciudades americanas; por otro lado, ello implicaría el control de las zonas petrolíferas del mundo de la mano de Irán y Rusia, lo que implicaría –siempre según la ficción- la necesidad de rearmar tecnológicamente a los EUA y buscar energías alternativas.
Más allá de que la retirada americana de Oriente Medio me parece a todas luces inexplicable, resulta curioso como Ferguson afirma tajantemente que “la Gran Guerra de la Democracia (así llama a los conflictos actuales) no acabaría con una catástrofe que tantos habían temido, sino con el sonido imperceptible de una revolución tecnológica.” Curiosa predicción, estimado colega, siendo precisamente el terrorismo actual una forma de lucha armada absolutamente preparada tecnológicamente; los terroristas, creo yo, ya han hecho su particular revolución tecnológica…
Sea como fuere, los EUA viven –en la actualidad- en una encrucijada bastante salvaje. En primer lugar, han erigido un poder presidencial que se les escapa de las manos. Como decía el tío Hobbes, cuando un pueblo esculpe a un soberano con poderes ilimitados tiene que admitir el uso de esos poderes de manera ilimitada, aunque ello implique que el soberano está fuera de la ley y que éste pueda llegar a obrar contra sus súbditos. Esta es la situación actual en Norteamérica, que es metáfora de aquella paradoja maquiaveliana según la cual el soberano, para mantener la república, debe hacer cosas que van contra la misma. Preguntado por cualquier violación de las reglas del juego legal en América, Bush siempre contesta, automáticamente, que su responsabilidad personal es la conservación de su estado.
Está también el miedo. Las novelas de los escritores norteamericanos ya no hablan de florerillas. Hablan de ciudades que, en cualquier momento, pueden caer y desmoronarse. Los norteamericanos están viendo algo que explicaba muy bien Lacan, quien decía que lo más traumático que puede atravesar el hombre es ver como sus creencias devienen realidad. Ahora los norteamericanos están experimentando todas las “batallitas” que se imaginaron en el cine de los cincuenta. Ya sea en forma de alienígenas o monstruos marinos, los americanos temen que el cielo se les caiga encima de su cabeza. Pero, a diferencia de Astérix, no parecen tener ninguna poción mágica para solucionar sus problemas con los romanos…