Wednesday, November 22, 2006

Diario de Nueva York (o sobre O.J. Simpson)


Que la televisión es un nido de esperpentos no hace falta que se lo descubra un servidor. Sin embargo, el medio por excelencia es capaz de sorprender –para mal- incluso al más pesimista.

Hace pocos días, la cadena FOX presentó el lanzamiento de un documental-entrevista previsto para finales de este mes bajo el titulo “If I did it” (Si lo hice). El título de este espacio –también de un libro homónimo de Judith Regan- se refería y tenía por protagonista a uno de los esperpentos televisivos por excelencia en los Estados Unidos. Un monstruo al que creíamos encerrado y domesticado pero que contraataca de vez en cuando.


Les hablo de O.J. Simpson, protagonista de lo que muchos todavía llaman en este país “el juicio del siglo”, un proceso de más que dudosa resolución que sumió al país en un debate racial sin precedentes. Pues bien, resulta que –en este programa- O.J. cuenta (y perdonen la confusión dialéctica) como, en el caso que hubiese matado a su exmujer Nicole Brown Simpson y a su amigo Ronald Goldman, lo habría hecho. Es decir; él no lo hizo, pero si lo hubiese hecho –que no- lo hubiera hecho de este modo en el que no lo ha hecho, etc.

La cosa es digna de Lacan; una vez perpetrado el crimen y absuelto el criminal, éste no tiene más remedio que cargar con sus culpas escenificando lo que no ha sido pero podría haber sido (es decir, “lo real”). Un esperpento psicoanalítico que, en una decisión acertada, ha sido cancelado por obra y gracia de Rupert Murdoch, presidente del grupo FOX, quien también ha pedido disculpas a las familias de las dos víctimas por su evidente mal gusto.

Un gesto, el de Murdoch, igualmente curioso y bastante parecido al de su amigo OJ. El magnate no acabará proyectando el documental en las pantallas de la FOX. Sin embargo, en el caso de haberlo lanzado, lo habría lanzado como tenía previsto lanzarlo; es decir, un documental que no es lanzado sobre un acusado que no mató a su exmujer acaba no siendo lanzado por un empresario que, de lanzarlo, caería en un evidente mal gusto en el que no cae. Joder, que complicado, no?

Tuesday, November 14, 2006

Diario de Nueva York (o sobre Picasso e hijos)


En un tiempo en el que los museos se parecen cada vez más a enormes cajas de zapatos caros, es bueno acercarse al Whitney para ver un par de exposiciones que –a parte de exhibir arte remarcable- explican cosas, se mojan e instruyen.

“Picasso and American Art” pretende mostrar la influencia del pintor español en los creadores norteamericanos que tuvieron su acmé en la década de los treinta (léase Max Weber, Stuart Davis, John Graham, Arshile Gorky, Willem de Kooning, David Smith, Jackson Pollock, Roy Lichtenstein, y Jasper Johns).

Gracias a la inteligencia de su curator Michael FitzGerald, uno puede apreciar, por ejemplo, como Max Weber intuyó en su obra –tras ver las Demoiselles- las innovaciones que implicaría el cubismo en la pintura y su determinación espacial, o como Stuart Davis toma prestadas algunas temáticas callejeras utilizadas por anteriormente por Picasso. Algunos parecidos –como el retrato que hace Gorky de su madre, a imitación de la Mujer de Blanco- son realmente interesantes de apreciar.

Otras concomitancias temáticas, quizás un poco más forzadas, nos vuelven a traer al Guernika, cuya influencia se ata a las primeras telas de Pollock y de Koonig. Las investigaciones de FitGerald, documentadas en un estupendo catálogo, muestran como un autor tan distante (en apariencia) como Roy Lichtenstein veneró a Picasso y le tuvo en consideración para elaborar los cimientos del Pop Art. Obras conocidas y famosas, pero que –en definitiva- puestas juntas cobran un sentido mucho más vivificador, a parte de demostrar, nuevamente, la superioridad del padre con respecto a la familia numerosa…

Si tienen tiempo y ganas al acabar de ver esta muestra, en el piso superior del Whitney, el museo ha desplegado sus mejores pinturas de Eduard Hopper (obras también sobradamente conocidas) pero acompañadas de los numerosos bocetos preparatorios del autor, unos dibujos que muestran como la aparente facilidad del mejor pintor que han tenido los yankees son fruto de un esfuerzo tentativo constante. El arte cuesta, vamos…

Dos propuestas que, al menos, convierten al museo de la calle 75 en algo más que un hotel de pinturas de lujo. Como dicen los críticos de arte, en una frase que abomino, no se las pierdan.

Wednesday, November 01, 2006

DIARIO DE NY (o el personalismo electoral)

La concomitancia de dos procesos electorales en mis respectivas patrias (la de nacimiento y la de adopción) me ha sumido en un sándwich de comicios bastante difícil de digerir. Comparar estas dos elecciones (catalanas y estadounidenses, aclaro) podría parecer un ejercicio bastante surreal. Igualmente, me han sorprendido ciertos comportamientos estéticos que he detectado en el quehacer de los políticos catalanes que responden a hábitos mucho más cercanos a lo yankee que a la realpolitik de la vieja Europa.

Se acostumbra a decir –creo que justamente- que la política estadounidense es mucho menos partidista que la europea y mucho más personalista. Ello es así hasta el punto de que incluso vemos como los políticos europeos se mofan de la importancia que, para el electorado norteamericano, tienen aspectos personales y vitales de los políticos a elegir. Cierto es; uno no puede dejar de asombrarse ante la obsesión que tienen los estadounidenses con las creencias, los valores familiares o los deslices morales de sus mandatarios; ya saben a lo que me refiero…

Sea como fuere, me ha sorprendido ver cómo la campaña electoral catalana se ha centrado de una manera alarmante y cotillera en la vida de sus presidenciables. El diario La Vanguardia, por ejemplo, ha publicado unas magníficas entrevistas de Joana Bonet con las mujeres de cada candidato, a través de las cuales me he podido enterar –entre otras cosas- de que Artur Mas quiere aprender a planchar o que Joan Saura tiene hecha la vasectomía. Por otro lado, estrategias como las de ERC, que presentó a sus candidatos afeitándose o practicando el bricolaje, son cada vez más habituales.

Este giro no es casual; en Cataluña, todos los presidenciables –que saben perfectamente, resultados en mano, que deben pactar para formar un gobierno estable- han querido alejarse del discurso ideológico para resaltar su perfil personal. Querían así que nadie pensase en alianzas ni en futuros pactos ideológicos (unos pactos que, historia en mano, aceran a CIU al PP y mantienen más unido al tripartito). Un miedo que, por otro lado, certifica la inmadurez preocupante de la política catalana y española, muy poco acostumbrada a mezclar colores.

Esta personalización de la política catalana, insisto, ha acercado los métodos de captación del electorado (recuérdese el famoso DVD de CIU) a prácticas muy habituales en Estados Unidos. Sería deseable, igualmente, que esto viniese acompañado por un quehacer en donde los individuos de las formaciones políticas pudiesen –alguna vez- discrepar de las decisiones de su propio partido. De esa manera, al acercamiento publicitario de los políticos al electorado (el famoso “som com som” republicano) podríamos sumar el acercamiento de los políticos a la independencia intelectual. Sería un detalle.







Thursday, October 05, 2006

DIARIO DE NY (05-10-2006)

El concepto de naturaleza parece haber caído últimamente en desgracia y en un cierto olvido; para verlo basta echar una mirada superficial al lenguaje de la ciencia contemporánea, un código de signos cada vez más abstracto y alejado de la realidad sensible; un lenguaje que, en definitiva, parece haberse alejado de la esfera de lo natural para adentrarse en el terreno de las ideas, de los conceptos sublimes o –en cualquier caso- de las partículas invisibles.

Partículas, átomos, galaxias y otras materias –diría yo- en las que creemos sin pensarlo o de cuya existencia nos fiamos con espíritu ingenuo (seres ignorantes somos) de la misma manera con la que algunos creyentes se imaginaban que existía la virgen en la era medieval o en como creen algunos todavía en algo tan absurdo y cutre como los signos del zodiaco o la astrología televisiva.

Contrariamente, la idea de naturaleza como una totalidad e incluso como entidad personal –un concepto que es entera y netamente romántico- ha resurgido con una fuerza bastante persistente en el arte contemporáneo, y especialmente en la fotografía y el cine. Lo pensaba hoy, mientras hincaba el ojo en la nueva trienal del International Photography Center(IPC), un magnífico museo de fotografía que nunca me ha defraudado en sus planteamientos. Por otro lado, el IPC (Sexta Avenida con la calle 43) es de esos museos que me gustan; íntimos, pequeños y asequibles, uno de esos espacios en el que da gusto pasear y que, muy importante, tiene una librería fenomenal (solamente falla algo igualmente importante; la cafetería).

La trienal del IPC, Ecotopia, entronca con este retorno a la temática natural de manera clara. Si en el romanticismo la naturaleza era vista como la unidad orgánica por excelencia (un concepto que se mantiene en artistas como Fontcuberta o Noriko Furunishi), ahora parece ser que ésta ha sufrido un proceso de transformación; la “persona natural”, debido al maltrato que el hombre le ha “regalado” durante siglos, puede convertirse en algo que tome venganza de éste. En ese sentido, muchos artistas ya no solamente representan la naturaleza como algo susceptible de ser contemplado, sino también como algo que temer y que nos puede desbocar...

El hombre, ciertamente, intenta arropar a la naturaleza como un todo a proteger (de ahí el lenguaje ecologista postmoderno) pero ésta –parece ser- ya no es el espejo amable que creían ver nuestros antepasados cuando subían a las montañas a perderse en sus pensamientos. Quizás por ello, intelectuales como Michel Serres (léase su El Contrato Natural) vienen reclamando hace tiempo un nuevo contrato de los hombres con la naturaleza. Cito textualmente al filósofo francés; “Así pues; retorno a la naturaleza. Eso significa: añadir al contrato exclusivamente social un contrato natural de simbiosis y de reciprocidad, en el que nuestra relación con las cosas abandonaría dominio y posesión por la escucha admirativa, la reciprocidad, la contemplación y el respeto, en el que el conocimiento ya no implicaría la propiedad.”

Reflexiones importantes, porque –en un mundo en el que parece ser difícil crear canales de comunicación y lenguajes compartidos por todos- muchos piensan que la naturaleza podría llegar a ser el escondrijo que pudiese volver a hacer una hermandad del género humano. Esto implicaría, a mi modo de ver, no solamente una naturalización del hombre, sino también una humanización de la naturaleza.

He encontrado esta idea reflectada en las películas del director catalán Marc Recha, de quien he podido ver –en Nueva York y en ocasión de su Film Festival y de los actos del Catalan Center- Pau i el seu germà i Dies d’Agost. La aproximación de Recha a este problema –más allá de la impecable y original disposición de sus creaciones- me parece importante; porque, a diferencia de gente como Serres, Recha no se acerca al paisaje de manera melancólica o sentimental, sino afirmando el ligazón que existe entre las historias personales y sus entornos naturales, entre el sentimiento y el paisaje.

Quizás, como muestran estas reflexiones, la naturaleza sea –al fin y al cabo- nuestro último refugio. Un refugio que, sin embargo, no es lo suficientemente estúpido para dejarnos que lo aniquilemos…

Monday, September 25, 2006

DIARIO DE NY (24-09-2006)


El mundo del arte norteamericano, después de unos tormentosos lustros de crítica indiscriminada del poder, se ha sumido en una siesta intelectual bastante preocupante. No es que piense que el arte tenga su raíz en la crítica del poder, o incluso que toda forma estética sea una forma explícita o implícita de protesta política; sin embargo, la crítica social de hoy en día en el mundo del arte yankee es absolutamente insulsa y superficial. La pasada Bienal del museo Whitney, en la que sus autores repetían robóticamente ideas del pasado, reavivó esta sensación que sume al arte en la nostalgia y en la complacencia con un presente que no admite parcialidades.

El teatro ha sido sin duda la excepción a esa regla; los dramaturgos norteamericanos –muchos de ellos de procedencia extranjera- han pretendido analizar el presente histórico norteamericano con una valentía que les honra. Y digo analizar, porque precisamente –en una idea nuevamente vieja- los autores teatrales opinan que el mero describir la realidad política actual y sus consecuencias es ya una manera de crear una especie de conciencia crítica en la ciudadanía. Describir, en definitiva, sería una manera aproximada de analizar y responder a las demandas del espectador.

Pensaba en todo este embrollo hace unos días, al ver en The Culture Project el estreno de “The Treatment” (El Tratamiento), la última obra de Eve Ensler, autora mundialmente conocida por su exitosa “Los monólogos de la Vagina”. La pieza narra, en diversos episodios breves, la relación entre un excombatiente (sin mencionarlo, evidentemente, provinente de Irak) y su psiquiatra, también oficial militar. Una relación que pasa por la distancia inicial (el hombre, afirma, va a la consulta obligado por su mujer) hacia la previsible y hollywoodiana relación de atracción pasional entre dos personas perdidas y sin porvenir.

Todo narrativamente previsible, en definitiva; incluso unas actuaciones bastante peliculeras. Sin embargo, en un final ciertamente edulcorado (en el que descubrimos que el militar sufre trastornos porque fue inducido a torturar y matar presos de guerra) la psiquiatra exige a su paciente que le diga los nombres de los responsables, de los oficiales que le mandaron hacer tales atrocidades; que los “delate”, por así decirlo, no les dejará impunes. La obra se acaba precisamente con esta súplica, a la que nuestro militar no da un sí ni un no.

La moraleja es clara; en primer lugar, la tortura no solamente es de quien la ejerce (recuerden “La Chaqueta Metálica”) sino también de quien promueve la despersonalización y la impunidad legal ante este fenómeno. Hasta ahí totalmente de acuerdo. El problema es qué debemos hacer a partir de ahora, qué soluciones podemos dar a este análisis con el que se puede o no coincidir, pero que es válido; cuáles serían, en definitiva, las soluciones a esta problemática. Porque, como sabemos, ya hay soldados que han pringado por las torturas en Abu Grahib. Pero de oficiales y superiores (por no hablar de Secretarios de Defensa…) ni rastro.

Esta sigue siendo la asignatura pendiente del teatro americano y de su arte en general. Estamos en una situación –creo- en la que no basta analizar las contradicciones de nuestro tiempo. Hacen falta medidas para que la gente no solamente pueda comprender lo que pasa, sino que también pueda actuar, de manera privada o pública. Pero el intelectual de sofá que piensa el mundo desde su casita, en definitiva, no nos salva de que ahora mismo –en Guantánamo- a alguien, si se me permite la licencia, le estén metiendo un palo de madera por el culo. Y perdonen mi lenguaje, pero las cosas hay que llamarlas por su nombre.

Wednesday, September 13, 2006

DIARIO DE NY (13/09/2006)


Una noche, otra noche, en el solar del Word Trade Center. Son las cuatro de la madrugada y pensaba que las familias todavía tardarían un poco en llegar. Pero ya hay algunos paseantes, también policías y bomberos, en el memorial de la calle Greenwich. Ante las estatuas que recuerdan la evacuación del solar tras el derrumbe, un sargento aguanta estoicamente la bandera norteamericana.

En la calle Church, delante del enorme agujero, una mujer rezando un rosario sentada en una sillita, con un cartel que parece decir “Never Forget”. Su marido, vestido de bombero y con collarín, la tapa con una bandera estrellada, abrazándola. Un marine con la misma decoración –pero en forma de gorra y chaqueta- llega al lugar, se presenta a la decena de personas que vagamos en la reja del memorial y recita un poema de calidad ínfima ante el abrazo y el aplauso contenido de los presentes.

Todavía faltan casi cinco horas para la ceremonia en recuerdo a los muertos; algunos compañeros de la prensa toman declaraciones –supongo- para los primeros informativos matinales. La brisa neoyorquina hace días que nos ha obligado a sacar las mantas del armario; empieza el frío, la civilización.

Mientras dormimos, la gente todavía llora. Lloran los familiares de las hasta mil quinientas víctimas que todavía están sin identificar, esparcidas en un estercolero de Staten Island. También lloran las madres que veo pasar y que cuelgan fotos de sus hijos; los padres no lloran, miran hacia el infinito y aguantan a sus mujeres por la cintura. Nos miramos todos y nos reímos, un poquito aliviados.

Este es un mal día para un catalán afincado en Nueva York; hoy solamente puedo conmemorar la llegada de dos aviones asesinos y la posterior gesta y recuperación de mi segunda ciudad o la entrada de las tropas borbónicas en la caída de mi primera. Es una opción que no me entusiasma. Pero hay que estar aquí, aunque no sepamos nada de lo que pasó realmente, aunque la historia y la sangre sean o llegue a ser algún día algo remoto y desconocido; hay que estar aquí. Y estoy aquí.

Friday, September 08, 2006

DIARIO DE NY (07-09-2006)

La realidad norteamericana de esta semana mira hacia atrás, hacia el solar del World Trade Center neoyorquino. El lunes “celebraremos” cinco años del ataque a las Torres gemelas; y un lustro ya empieza a ser suficiente para alejarse del sentimentalismo barato, del recuerdo lagrimoso y de las ceremonias con trompeta y alzamiento de bandera. Los norteamericanos, conscientes de que el 11-S cambió parte de sus vidas en su ámbito cotidiano, empiezan a exigirse el enmarcar ese fenómeno no solamente en su historia particular, sino también en el quehacer político que nos llevará al próximo siglo. Suena difícil, pero lo están intentando.

Hay que mirar hacia atrás, decía antes. En primer lugar, para recordar, es bueno prestar atención a las reacciones globales al atentado de la Torres Gemelas. En los días posteriores a la debacle, la solidaridad con los ciudadanos de Nueva York tuvo una proyección mundial sorprendente; Nueva York, ya se sabe, es una ciudad conocida por todos, que todos teníamos claramente presente en nuestras retinas, cuyos símbolos –aunque turísticos- eran compartidos. Nueva York, decían algunos con cierta ironía, no es Norteamérica; es otra cosa. También hay que decir que muchos, en público o en privado, se alegraron de que –por fin- al monstruo le salieran heridas en la piel…

Paralelamente, muchos países de cultura islámica condenaron con decisión el atentado; el diario Le Monde –en un país no conocido excesivamente por su amor a los yanquis- abrió su portada con el titular “Nous sommes tous Américans” mientras el Corriere della Sera, en su editorial, repetía exactamente este titular, afirmando también que “Nuestras distancias con los EUA ya no pueden existir por más tiempo, porque nuestros valores también están en contra de cualquier forma de terror.” En Bruselas, los aliados de la OTAN resaltaron –quizás por única vez en la historia de la entidad y según el artículo V del Tratado Atlántico Norte- que un ataque a un país aliado era un atentado “contra todos” y que su contestación podría incluir la fuerza armada.

Por otro lado, cuando incluso los más optimistas esperaban una descontrolada reacción bushiana en forma de misiles, nuestro presidente viajó rápidamente a una mezquita de Washington para recordar que los atentados “no representan al Islam; Islam es sinónimo de paz.” En su última campaña electoral, Bush abogó –al menos teóricamente- por un conservadurismo compasivo que intentaría comprender con respeto todas las formas de pensamiento en el mundo. Pero las últimas declaraciones del presidente –insistiendo en el deber de luchar contra el “islamismo fascista”- denotan un cambio de tono que no es nada casual.

Igualmente, aunque todos sabíamos que tal solidaridad con Norteamérica sería transitoria, pocos podían prever que el antiamericanismo llegaría a cotas tan altas. En un libro interesantísimo, Andrew Kohut y Bruce Strokes han intentado buscar las bases del problema que ha llevado a los EUA a un cierto –como ellos mismos le llaman- excepcionalismo político. Uno de los motivos del creciente antiamericanismo que se respira en el mundo, dicen los autores, es la insistencia norteamericana en importar por la fuerza (y de manera evangélica) la democracia a todo el mundo. Sin embargo, una encuesta de Gallup muestra como –después del discurso del Estado de la Nación de G. W. Bush en 2005- solamente un 31% de los ciudadanos americanos encontraban que ésta tuviese que ser su primer interés internacional. Por otro lado, mientras dos de cada tres líderes de los EUA pretenden que el país devenga líder a un nivel internacional, solamente un 10% de los ciudadanos se sienten a gusto con un lideraje unilateral del país.

Por otro lado, esta misma encuesta muestra que los americanos –pese al prejuicio que afirma su infalibilidad casi papal- se muestran muy críticos con ellos mismos. Un 59% de la población cree que su quehacer político es violento, mientras –en lo que toca al fervor religioso- la mayoría de los americanos destinan sus creencias religiosas a problemas de política interior (el matrimonio homosexual, el aborto, etc.) pero no a asuntos que tocan a la política internacional, un aspecto de la actualidad que a los americanos (sólo hay que ver los telenoticias del país) pasan más bien por alto y tiempo durará.

En este sentido, los norteamericanos son perfectamente conscientes que su unilateralismo daña su imagen exterior. No obstante, y paradójicamente, apoyan a perfiles políticos como el de G.W. Bush, un caso de esquizofrenia que se vio perfectamente reflejado en una encuesta de la revista TIME de hace solo unos días con respecto al problema de las células madre; en ese estudio, dos de cada tres norteamericanos se mostraban contrario al veto presidencial de investigación de embriones con fondos públicos. Paralelamente, el mismo estudio afirmaba que –aun así- la mitad de la ciudadanía daba su apoyo al presidente por la fe que éste tenía en sus convicciones morales. Un caso aparentemente contradictorio que tiene explicación sencilla.

Las contradicciones no cesan; como decía antes, los americanos no acaban de creer en el unilateralismo (les sale muy caro, todo hay que decirlo). Aun así, no han mostrado ningún pudor en dar poderes casi ilimitados a su presidente, un capital político que –una vez ganado, dijo el mandatario justo después de su reelección- no dudaría en utilizar. Y la utilización de ese poder ha tenido resultados que caen bajo el estigma de Guantánamo. Igualmente, bajo Guantánamo se esconde algo más profundo, un estado –como diría el admirado Giorgio Agamben- que instaura el estado de excepción como el estado de normalidad.

Por ello, llegaron los secretos y –claro está- las torturas. Incluso John McCain, uno de los republicanos más conocidos por sus políticas centristas y que fue torturado en el conflicto de Vietnam, llegó a afirmar en un artículo en Newsweek que la tortura podría ser tolerada en el caso que uno pudiese evitar con ello un desastre como el 11-S. Pero estos medios interrogatorios, como hemos visto, no han conseguido sino más odio. No deja de ser curioso, como recuerda Jane Mayer en un excelente artículo del Newyorker de esta semana, que el terrorista que más haya contribuido a la información sobre Al Qaeda haya sido Jamal Ahmed Fado, un antiguo colaborador de Bin Laden al que éste hecho por fraude y que ahora vive de los yanquis. Sus captores no le torturan; llevan años costeándole una vida bastante digna (le pagan incluso caprichos como regalos y bolsos para su mujer) y éste canta que da gusto todos los secretos de las operaciones del enemigo…

Antes hablaba de un capital político que Bush está utilizando basándose en su aceptación como líder. Puede que Bush haya fracasado en sus políticas –el embrollo en Oriente Medio es evidente- pero lo que es innegable es que el bushianismo ha calado fondo en la filosofía del país. Baste un ejemplo aparentemente trivial; hoy en día, cualquier periódico norteamericano tiene en sus páginas una sección dedicada a la “war on terror”, y expresiones como el famoso “eje del mal” forman ya parte del orden del día.

Las palabras son muy importantes, y el vocabulario es la imagen del mundo que debemos tener. En cuanto el futuro, hacer ejercicios de proyección histórica es siempre bastante difícil. Lo intenta, por cierto, esta semana el historiador Niall Ferguson en la revista TIME. En un artículo interesante de historia ficción, el profesor de Harvard admite que –de no ser por la debacle de Irak- las políticas de Bush hubieran sido un triunfo y la gente lo hubiese considerado para siempre “el vengador del 11-S”. Cuando mira al futuro (al pasado, en este cuento de ficción) Ferguson ve como a partir de 2008 los norteamericanos habrían abandonado su influencia en la zona de Oriente Medio. Esta retirada haría que sus enemigos ya no estuviesen tan interesados en atacar ciudades americanas; por otro lado, ello implicaría el control de las zonas petrolíferas del mundo de la mano de Irán y Rusia, lo que implicaría –siempre según la ficción- la necesidad de rearmar tecnológicamente a los EUA y buscar energías alternativas.

Más allá de que la retirada americana de Oriente Medio me parece a todas luces inexplicable, resulta curioso como Ferguson afirma tajantemente que “la Gran Guerra de la Democracia (así llama a los conflictos actuales) no acabaría con una catástrofe que tantos habían temido, sino con el sonido imperceptible de una revolución tecnológica.” Curiosa predicción, estimado colega, siendo precisamente el terrorismo actual una forma de lucha armada absolutamente preparada tecnológicamente; los terroristas, creo yo, ya han hecho su particular revolución tecnológica…

Sea como fuere, los EUA viven –en la actualidad- en una encrucijada bastante salvaje. En primer lugar, han erigido un poder presidencial que se les escapa de las manos. Como decía el tío Hobbes, cuando un pueblo esculpe a un soberano con poderes ilimitados tiene que admitir el uso de esos poderes de manera ilimitada, aunque ello implique que el soberano está fuera de la ley y que éste pueda llegar a obrar contra sus súbditos. Esta es la situación actual en Norteamérica, que es metáfora de aquella paradoja maquiaveliana según la cual el soberano, para mantener la república, debe hacer cosas que van contra la misma. Preguntado por cualquier violación de las reglas del juego legal en América, Bush siempre contesta, automáticamente, que su responsabilidad personal es la conservación de su estado.

Está también el miedo. Las novelas de los escritores norteamericanos ya no hablan de florerillas. Hablan de ciudades que, en cualquier momento, pueden caer y desmoronarse. Los norteamericanos están viendo algo que explicaba muy bien Lacan, quien decía que lo más traumático que puede atravesar el hombre es ver como sus creencias devienen realidad. Ahora los norteamericanos están experimentando todas las “batallitas” que se imaginaron en el cine de los cincuenta. Ya sea en forma de alienígenas o monstruos marinos, los americanos temen que el cielo se les caiga encima de su cabeza. Pero, a diferencia de Astérix, no parecen tener ninguna poción mágica para solucionar sus problemas con los romanos…